Phantassie

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Hace más o menos dos años estuve viviendo una temporada en un híbrido de remolque y casa prefabricada en el concejo de East Lothian. Mi compañero y anfitrión era un carpintero oriundo del D.F. y tenía doble nacionalidad azteca y canadiense. Fue la primera persona que me ofreció porros en Escocia («¿Gallo?») y era el alma de la fiesta en tanto que era imposible pararlo tan pronto se ponía a bailar. Puede que fuese la morriña o la facilidad con la que me embelesan los acentos y jergas foráneos, pero tengo que admitir que se ganó mi cariño tan pronto me llamó ‘carnal’ al final de una noche de acuarelas y caleidoscopios. Se sumó a su encanto particular el amor que sentía por el dubstep, género con el que yo ya había tenido algún que otro escarceo amoroso durante la carrera. Unos meses más tarde me enteré de que casi pierde un pulgar manejando una radial. Hoy en día Vicente sigue sembrando buen rollo y dándolo todo en las fiestas de Edimburgo, con su dedo reimplantado, como si nada.

Mi hogar temporal estaba a kilómetro y medio del centro de East Linton, pueblo al que sólo podía acceder siguiendo un camino que atravesaba un campo de ejercicios de hípica, en mi memoria siempre abonado con mierda de oveja. El cercano río Tyne cortaba el pueblo en dos y su ribera formaba parte de la ruta John Muir, un paseo de gran valor paisajístico que incluye  las curiosidades arquitectónicas locales del molino de Preston y el palomar de Phantassie. Precisamente Phantassie era el nombre de la granja donde había estado trabajando como voluntario a través de la organización WWOOF para productos orgánicos y ecológicamente viables. Mi voluntariado había terminado a comienzos de junio, por lo que ya no disfrutaba de mi derecho a dormir en la pequeña caravana que había sido mi refugio durante poco más de mes y medio. No sé qué hubiese pasado si mi estancia se hubiese prorrogado unas semanas más, porque al parecer había un avispero en construcción dentro del armario; nice. Mi antigua casa con ruedas estaba situada en un campamento de caravanas que rodeaban un tráiler verde, una vieja cocina y comedor móvil para uso de los trabajadores. A este remolque lo llamaban The Goddess quizás por una asociación simbólica con la Madre Tierra, que nos cuida y alimenta… a la vez que puede jodernos la vida, como demostraban las ortigas que brotaban alrededor de nuestra diosa verde.

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Lo mejor de Phantassie eran sus empleados y voluntarios. Estaba Lizz, mi jefa, un ejemplo del humor y el sarcasmo escoceses; por mi cumpleaños me regaló dos libros: una novela de Stephen Fry y una edición en inglés de El amor en los tiempos del cólera, ambas con dedicatorias que a día de hoy hacen que me tiemble el morrillo. También estaba la australiana Happy —lovely Happy— la nueva encarnación de la contracultura hippie y una de las criaturas más amables (dignas de ser amadas) que he conocido. Hice buenas migas con Gary, un autodenominado hobo (vagabundo) de Glasgow memorable por su descaro y sus canciones, sobre todo por su versión de Across 110th Street. Guillaume, de Lyon, se vino desde Francia en coche (¿era un Citroën o un Peugeot?) y calculaba los límites de velocidad de millas/hora a km/hora por la cuenta de la vieja. También coincidí con la risueña Patricia, actriz sevillana que, junto a otras anécdotas, me contó cómo montó un follón al comer jamón en una comuna de hare krishna. Kim, alemana venida de Nueva Zelanda, era difícil de tratar, y lo más extraño de ella era su fijación obsesiva por las gallinas. Merece una mención especial Travis, un auténtico kiwi que parecía sacado de una peli de Mad Max. Y estos son solo algunos de muchísimos personajes con los que conviví en Phantassie: Hana, Lela, Cécilia, Sarah, Monica, Michala, Fiona, Moss, Cindy, Kevin, Skye…

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A veces echo de menos esas noches en las que la vejiga me pedía salir al campo de madrugada. Mientras la meada rociaba la hierba me quedaba embobado mirando el horizonte, negro sobre casi negro. Una madrugada, cuando el cielo se tornaba azul por el este, pude ver a unos 20 metros de mí una cabeza con cornamenta que me devolvía la mirada. Huyó saltando antes de que pudiese adivinar qué era exactamente. La magia de viajar se encapsuló en ese corto instante de duermevela, en los primeros piares de pájaros madrugadores y el brillo de esos ojos de presa astada. Los días de bajón siempre había alguien dispuesto a alegrarte, ya fuese con partidas de ping-pong o una sesión de dibujo y filosofía vespertina. Algún fin de semana fue obligatorio ir al pub del pueblo a bajarse unas pintas, y de paso preguntarse por qué entre los juegos de mesa tenían a elegir el Twister. En otra ocasión fuimos a Edimburgo en el coche de Vicente, con un mix de dubstep retumbando en los bafles; ya en el garito (sesión de minimal/techno/acid) un tipo sudoroso me dijo que el MDMA le hacía hablar con desconocidos. You don’t say, mate?

Destaquemos este episodio del Studio 24, shall we? Afuera, lejos de los bucles insípidos del techno/minimal/acid/whatever, conocí a dos gallegos que estaban currando en Edimburgo. Como yo, las circunstancias económicas de la patria los obligaron a buscar trabajo en el sector servicios del Reino Unido. Muchos salen de la universidad o de formación profesional con lo justo de inglés para lanzarse a la aventura. Todos conocemos a alguien que ha encontrado mejores oportunidades en el extranjero, ya sea de lo suyo o de hosteleria. Muchos son curros en ETTs donde el sueldo es justo para permitirse vivir en un pisito compartido en Leith o en cualquier otro barrio obrero de Europa o América. Las pasan putas y luego se los trata como ciudadanos de segunda en el país de origen; y para colmo al final vienen cabezas cuadradas nacionalistas como los del UKIP a decirles que no hay sitio para usurpadores. Son tiempos jodidos en los que muchos tenemos la soga al cuello y estamos dispuestos a hacer lo que sea para evitarnos la miseria. Emigrar es un último recurso y a la vez un acto de protesta: pone en relieve el estado deplorable de un país cuya población se ha convertido en mercancía a repartir entre los conglomerados empresariales que se confunden con legisladores y altos funcionarios. Al final todo se reduce a hacer circular la moneda de cambio dentro de esa ilusión que es el consumismo global, donde el valor se expresa en números y en beneficios potenciales. No eres un ser humano consciente de tu condición en el mundo, sino otro engranaje prescindible en la maquinaria del cajero automático de una sucursal de un banco exclusivo para las élites. No hay derechos, hay CVs crecientes que repartir y una ansiedad que se alimenta de la incertidumbre. Arbeit macht frei, vivir es trabajar y trabajar es desvivirse para malvivir. El único consuelo que queda en este conato de distopía es que puedas sufrir en buena compañía. Viva. Bravo. Y si acaso un hurra.

Es increíble pensar que puedes sentirte más seguro lejos del hogar donde creciste.

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