La lección de la máscara

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Decía el mitólogo Joseph Campbell que el teatro y las festividades religiosas comparten el fingimiento de la interpretación y la performance: el chamán, imam, párroco, sacerdote o autoridad del credo representa e interpreta la voluntad divina. Ya sea el teatro, el cosplay, o las crucifixiones en Filipinas, los actores reniegan de su identidad y se someten a la posesión de lo intangible, del ideal platónico, del bigger than life. Por otra parte los espectadores, feligreses, creyentes o acólitos se imponen la suspensión de la incredulidad: el rechazo puntual de la razón y la lógica en pos de someterse a las figuras, técnicas, convenciones y defectos propios de una narración ficticia. Johan Huizinga -citado por Campbell- añadía que a pesar de esta aceptación de la farsa siempre hay «una concienciación subyacente de que las cosas “no son reales”». Continúa Campbell que esta actitud mística o transcendental es la respuesta a los deseos lúdicos del ser humano, convertido en un Homo ludens. El símbolo ya no es una referencia a la divinidad, sino la manifestación divina del Paraíso perdido en la tierra.

En un ámbito más terrenal, podríamos decir que la obsesión de ciertas personas con la continuidad y los sucesos de seriales de televisión y sagas literarias podría considerarse parte de este fenómeno. En vez de aceptar la obra adorada como un corpus delimitado o una narrativa cerrada con un significado abstracto, prefieren centrarse en la corporeidad irreal del relato y expandir la parábola en base a sus detalles más insubstanciales. Muchas empresas sacan provecho y con suerte son capaces de generar la venta desbordada de merchandising de las franquicias (antes relatos) más populares (hablemos de  Star Wars o de Shin Seiki Evangelion). La idea se vuelve táctil, real, y por tanto adquiere aún más fuerza al justificarlo su propia existencia. El ser humano quiere transubstanciar el concepto de tal manera que adquiera un cuerpo físico y geográficamente localizado. Como alquimistas creamos fetiches, símbolos de la condición divina y, por contraste, de nuestra propia imperfección, para rendirles pleitesía  y consumirlos: la Meca, el Vaticano, la Tierra Prometida, el Partenón, el Potala, el Santuario Itsukushima, Silicon Valley, Disneyland, New York, Hollywood, etc.  De este materialismo religioso surge el consumismo de los devotos y los sacros negocios. Es un juego pasado de vueltas.
masks-of-god-primitive-mythology-1Somos animales convencidos de que hay un motivo, de que hay un propósito por el que existimos, aunque no parezca cierto. Nos aterran los agüeros de nihilistas y el aparente absurdo de vivir para morir y caer en el olvido. Queremos ser parte de lo inmortal. ¿Pero qué es realmente eterno? Las montañas, la tierra, el mar, los ríos, los cuerpos celestes, la lluvia, las estaciones, las cosechas… ¿Tienen todos ellos voluntad propia? ¿Hay un demiurgo detrás de lo aparente? Está claro que hay grandes verdades en estos elementos y si queremos vivir larga y placenteramente debemos someternos a los designios de la grandeza inconmensurable. Y así nos acercamos a la inmortalidad y con el tiempo asociamos historias y personajes perpetuos. ¿Qué hay más imperecedero que los dogmas, los Grandes y lugares que se les asocian? Mientras exista la humanidad siempre habrá arquetipos que dicten nuestras vidas.

En la introducción a la primera parte de Primitive Mythology, Joseph Campbell concluye:

Cuando un mito se acepta literalmente, su mensaje se pervierte; pero además, en respuesta, cuando se reduce a mero fraude sacerdotal o signo de inteligencia inferior, la verdad se nos escabulle.

En nuestra sociedad abotargada de productos de los medios de masas cabe preguntarse si debemos invertir tanto tiempo en el escapismo de las parábolas, si no sería mejor aprender las tendencias de la realidad de primera mano y con ayuda de ensayos, teorías y crónicas. No quiero decir que rechacemos por completo el arte, pues es lo más parecido a la magia, ni que esta no tenga base alguna en la realidad. Como la conclusión de Campbell, prefiero una respuesta equilibrada: un conocimiento y apreciación crítico de las obras creativas dentro de sus contextos concretos. Las historias surgen de circunstancias que deben suscitar nuestra reflexión y provocar una reacción que nos involucre en lo terrenal. A veces hay que dejar de jugar si queremos descubrir o, como mínimo, especular sobre qué hay fuera del escenario de nuestra vida. No caigáis en la trampa del sesgo confirmatorio.

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