The Mickey Mouse Club

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Para leer al Pato Donald se presenta como análisis y crítica, desde una perspectiva marxista, de las revistas infantiles de la marca Disney importadas al Chile de los años 60. La conclusión general de la lectura de las tiras nos dice que Disney —y por extensión sus editores y distribuidores en América del Sur— difunde mediante sus publicaciones el American dream, la way of life ideal y etérea en que se basan los principios liberales de los Estados Unidos. En vista de esto, queda claro que Walt Disney, ya desaparecido en el año de publicación del ensayo, no era más que un empresario muy próximo a las estrategias económicas que le otorgaron la fortuna y la fama. De este modo Ariel Dorfman y Armand Mattelart echan abajo el mito del home de provecho y sus risueñas criaturas que actuaban en nombre de la armonía, la caridad y el amor a nivel global, un plan que no se refleja ni en su obra ni en el proceso de producción de esta. El mundo del Pato Donald no es real, y no pretende serlo, pues omite conflictos, dilemas y puntos críticos en la distribución, composición y heterogeneidad de la sociedad hasta tal punto que actúa como panfleto propagandístico de un mundo donde no todos serían parte da utopía disneyana. La filosofía pública del magnate de Hollywood queda así vacua e invalidada por sí misma, convirtiéndose en una falacia al servicio de sus propósitos como gran ente empresarial.

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No es esta unha síntesis rebuscada y diabólica, como exclamarían, paralizados de miedo e indignación, muchos líderes de opinión, medios conservadores, progenitores insensatos y otros portavoces del buen gusto y lo políticamente correcto. En defensa de la tese, sólo hay que retroceder hacia el año 1942, cando se estrena Saludos Amigos, un mediometraje de animación compuesto por diferentes historias sobre personajes y personalidades típicos, estereotípicos y folclóricos de los grandes países al sur del canal de Panamá: los pueblos vestigiales incaicos de los Andes, Goofy (o Tribilín) encarnado en un gaucho, un niño-avión que atraviesa la gran cordillera andina (?) y  la samba brasileira de la mano del maestro cotorra José Carioca. Este filme y su secuela The Three Caballeros (1944) eran parte de la Good Neighbor Policy, una estrategia de publicidad aplicada por el Departamento de Estado durante el mandato de Franklin Delano Roosevelt. El plan perseguía mejorar las relaciones con los países meridionales en base a un principio de no-intervención, creando así una oportunidad de abrir nuevos tratos para el intercambio de materias primas y productos, al mismo tiempo que disipaban la influencia de sus enemigos, en ese momento la Alemania nazi y más tarde el Bloque Oriental soviético. Por supuesto, estos filmes no tuvieron una recepción unánimemente buena en los países de destino, debido a su torpe representación de los tipos sudamericanos y a que técnicamente eran obras relativamente mediocres. Pero alguien podría replicar que, a pesar de estar financiado por el gobierno estadounidense, Disney jamás tuvo intención de enviar mensajes políticos, que sus películas siempre trataban sobre emociones y conflictos atemporales. De nuevo se puede revocar esta respuesta citando los cortos de 1943 Der Fuehrer’s Face y Education for Death, paradigmas de la propaganda que trataba de vender bonos de guerra para financiar a las fuerzas armadas en la lucha contra el nazismo en Europa. Walt Disney no fue un elemento neutral en la política global, sino un agente al cargo del sistema estadounidense que hizo posible la empresa que hoy conocemos.

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Muy pertinentemente en Para leer al Pato Donald se cita el concepto de la aldea global de Marshall MacLuhan: un mundo de concienciación y consciencia unificada gracias a la instantaneidad de los mensajes informativos en soportes electrónicos. Este mundo ideal se parece al actual, onde internet une y sincroniza casi todos los puntos del globo  en un mismo espacio de acceso y participación públicos, pero solo en los países tecnológicamente avanzados. Del mismo modo quería actuar Disney cuando creó productos como The Three Caballeros o las revistas de cómic de Mickey Mouse y compañía, distribuyendo y emitiendo sus dibujos por todo el globo, pero en menor medida que en ese momento, más cercano temporalmente, en que aparecieron las emisiones por satélite o la aparición de soportes audiovisuales alcanzables; por otro lado, en los países subdesarrollados es mucho más sencillo adquirir tecnologías de recepción pasiva de emisores externos. El pato y el ratón se convierten en embajadores oficiales de los EE.UU., enseñando en sus mundos —dispares con los lugares de destino de sus mensajes— los beneficios y las bondades de la Tierra de la Libertad, de por sí una utopía aún inexistente. Cuarenta años lleva la compañía Disney acaparando los medios de comunicación para mostrar la cara amable del Uncle Sam, una mentira por omisión de la otra cara, menos amable con sus vecinos y bastante despreocupada por sus conciudadanos menos privilegiados. De por sí, los medios de comunicación son producto del capitalismo, ergo los grandes poderes económicos son aquellos que poseen la tecnología para crear información atractiva y exportable, inmediatamente relegando a los menos afortunados a un papel pasivo, en una comunicación unidireccional, sin feedback (de nuevo McLuhan: «el medio es el mensaje»). La exposición a estos comunicados, de los que Disney era uno de sus abanderados, evidenciaba los problemas que la Comisión MacBride denunciaría a finales de los 70: los países desarrollados saturan los medios con su presencia en las emisiones en países en desarrollo, dañando la identidad y la soberanía nacionales, y derivando hacia la homogeneidad imperialista. Este fenómeno no hace más que aumentar la disparidad entre propietarios y espectadores de medios; la aldea global quedaba  corrompida. Es la victoria de la cultura ajena frente a las alternativas propias, geográficamente próximas, que aportan variedad e puntos de vista con los que tratar problemas de nuevas maneras. El ágora queda sin diálogo, un solo coro con un monólogo único. Esta era –y sigue siendo- la principal arma de Disney, la sobrecarga de los medios y, por extensión, del mercado de sus símbolos y mitos, apoyados en las emociones y en la cultura de consumo.

Por suerte esta misma invasión genera resistencias como las ideas de Dorfman y Mattelart. Las mentes despiertas son capaces de distanciarse de los productos ideológicos extraños y de desintegrarlos cuidadosamente para su estudio. En la época en que fue concebido Para leer al Pato Donald el panorama político de Chile hervía por los enfrentamientos entre los dos extremos del espectro. Las reformas de Salvador Allende polarizaron a la ciudadanía y molestaban al sector conservador y de extrema derecha. Por si no fuese poco el gobierno del presidente norteamericano Richard Nixon, en comandita con los altos rangos militares chilenos, ya llevaba tiempo conspirando para derrocar a Allende. Fue esta una etapa tensa que alcanzó su clímax con el golpe militar del 11 de septiembre de 1973. Por supuesto, también fueron años de fuerte reflexión y reacción política, por lo que surgen cuestiones que llevan a mirar con lupa y desconfianza las novas técnicas y herramientas comunicativas importadas en el mundo binario de la Guerra Fría. Era imposible mantenerse neutral ante los constantes bombardeos de propaganda.

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Pudo ser por esta razón que los autores del libro son tan cautelosos y a la vez tan corrosivos ante las tiras de Disney. Teniendo esto en cuenta, un escéptico pode llegar a pensar que el trabajo tiene un tono de ironía: todas las lecturas ideológicas de los personajes, los símbolos y sus circunstancias, contradictorias y por momentos contrarias a toda coherencia, no hacen más que resaltar que los títulos Pato Donald, Tío Rico Dineylandia no son más que subproductos de pésima calidad literaria y material. En las mismas condiciones otra reacción puede surgir (como señala Umberto Eco, en Apocalittici e integrati): Tío Rico como alegoría y caricatura de la avaricia y la acumulación de capital. Sin embargo esto no echa por tierra el hecho de que estos tebeos se tratan de productos industriales de consumo, se justifican de la filosofía del liberalismo económico a varios niveles (narrativo, creativo y material). Los escenarios, los personajes y los argumentos de las historietas son derivados y reciclados de otros productos de la casa Disney de mejor calidad y mayor publicidad (digamos cortometrajes o películas) con el objetivo de seguir moviendo el molino de dinero que da vida a la empresa cinematográfica, o sea, la fábrica de mensajes y sueños. ¿Y cuáles son estos mensajes, en las que insisten Mattelart y Dorfman? Normalización de la sociedad de consumo, sumisión a las autoridades, omisión de conflictos sociales y del sector secundario, inmovilismo, segregación por sexos, pureza de la asexualidad, conflicto como actividad lúdica, comercialización del exotismo, acumulación de capital sin consecuencia, cinismo, delincuencia como elemento aislado de la economía, etc. Así vemos que Disney quiere proteger a los niños, hundiéndolos en la ignorancia casi total del funcionamiento de los sistemas políticos, económicos y sociales. Como lectura infantil deja bastante que desear, y no se puede poner en duda que de algún modo, en vista de la supuesta clarividencia y certeza de los personajes, acabe siendo un documento adoctrinante o, en mi opinión, lobotomizante.

Pese a todo, hay que admitir que el estudio de Dorfman y Mattelart pasa por alto dos detalles importantes:

  1. ¿Quiénes eran los autores de las tiras? Voces disconformes  señalan que Walt Disney no tenía influencia directa en los guionistas de los cómics y que autores como Carl Barks crearon sátiras antiimperialistas.
  2. ¿Cuál era el contexto original de los tebeos? El Donald de los cómics se remonta a los EE.UU de los años 40, momento del que salen los iconos e ideas de las historias. Esto explicaría el contraste entre el Norte e el Sur de América y daría una nueva dimensión a la hipótesis de la exportación de propaganda conservadora.

Además yo no puedo presumir de estar inmunizado contra el encanto de Disney. Mi generación estuvo expuesta a la explosión de contenidos televisivos dirigidos a la infancia, que podríamos situar entre los 80 y los 90. Como observación propia y para enriquecer las anotaciones de Para leer al Pato Donald, quisiera destacar dos de estas series animadas: Duck Tales (1980) y Quack Pack (1996). La primera, una continuación o extensión de las aventuras del Tío Rico y los tres sobrinos; se mantienen la mayor parte de las ideas, aún en los 80, cuando aparece una importante cantidad de alternativas y nuevas tendencias en los medios de masas. Hoy en día una proyección de esta serie la revelaría como escapista, maniquea, moralizante y paternalista a ojos de un público adulto crítico que no tuviese contacto con ella en la infancia. Así es cómo la empresa de Disney expandió sus valores -no muy alterados desde los años 40- para acaparar la atención de los espectadores con una estrategia family friendly, y sin embargo fue esta actitud la que lo llevó a una crisis económica y de identidad a finales de los 80. En respuesta nace Quack Pack (1996), un intento de capitalizar el zeitgeist rebelde, «radical» y cool del ambiente pop de los 90 convirtiendo a los sobrinos en tres adolescentes problemáticos en constante conflicto generacional con se tío Donald, la autoridade totally uncool del show. A pesar de este cambio meramente estético hacia la transgresión de la norma (no iba más allá del vestuario à la mode, de un amago de jerga juvenil y otros clichés del momento), seguían presentes los logros del American dream: chalé en la zona residencial de las afueras, consumo como forma de ocio, maniqueísmo y escapismo. En su evolución como empresa y productora para las masas, Disney es maleable en apariencia, pues siempre está al servicio de sus intereses de acuerdo con las modas e lo políticamente correcto. Todas las ideas de la compañía son prescindibles en nombre de los principios que le dan vida: llegar al mayor público posible  vendiendo entradas, videojuegos, muñecos, DVDs y suscripciones a la televisión por satélite. El capitalismo y sus actores pueden ausentarse o quedar mal parados en la diégesis de los tebeos y las animaciones, pero estos siguen y seguirán siendo un producto de consumo masivo, perpetuador primero del sistema, enriquecido con un alto valor emocional que finalmente es la principal defensa de Disney frente a sus detractores.

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El Estado Islámico, la Apple Store y los dueños de internet

Corto, pego y traduzco una de mis redacciones de la carrera sobre un tema aún vigente. Este artículo (tan redundante) fue escrito el 9 de febrero de 2015.

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Uno de miles de vídeos del portal YouTube que muestran ejecuciones

En un artículo de GIGAOM.com, Here’s why platforms like YouTube shouldn’t remove ISIS videos (Por qué plataformas como YouTube no deberían retirar vídeos del Estado Islámico), Mathew Ingram defendía la presencia de vídeos de ejecuciones en portales de internet como YouTube y Facebook, alegando que existe un deber de publicar información útil a la ciudadanía bajo el principio de la libertad de expresión. La tesis de Ingram es típicamente norteamericana: los ciudadanos tienen derecho a conocer la realidad, además del porqué de los gastos públicos en la lucha contra los yihadistas. De esta manera apela a Google y a la empresa de Mark Zuckerberg para que profesen su deber como soportes de la información masiva. Sin embargo el artículo da una respuesta de aparente validez por estar apoyada por otros profesionales de la información, y deja un par de preguntas en el aire: ¿Es completamente indispensable producir información con contenido tan chocante? ¿Y cuál es la verdadera razón por la que las redes sociales pueden negarse a almacenar ciertos contenidos?

En su columna Ingram teme pecar de «estar de acuerdo con Fox News», una cadena de televisión especialmente sensacionalista que [el 3 de febrero de 2015] emitió las imágenes de la muerte del piloto jordano a manos de militares del Estado Islámico (EI). Su temor es normal, pues Fox News siempre ha sido, desde comienzos del milenio, uno de los principales portavoces del conservadurismo norteamericano (casualmente Rupert Murdoch aparece como principal accionista de la News Corporation, empresa a la que pertence Fox News). Es este tipo de prensa amarilla la que apela a la libertad de expresión para mostrar actos de violencia, pero siempre esconden una intencionalidad política, en este caso en concreto es la war on terror, o sea, la guerra contra el terrorismo islámico. En este sentido, estos medios funcionan como propaganda, en busca de una reacción emocional en el espectador y evitando aportar una visión compleja del acontecimiento. Existe un mal uso de este tipo de contenidos chocantes que desvaloriza su utilidad como información, como pudimos ver en España en el semanario El Caso, pues no existe una intención informativa predominante, pero sí un reclamo a la curiosidad morbosa e incluso a la movilización política y social.

Otro aspecto a tener en cuenta es la estructura lineal de los medios tradicionales: para el público, acudir a un medio de comunicación generalmente significa someterse a los criterios informativos de una redacción ajena, pero no insensible, a sus necesidades informativas. Pongamos por caso que El País publica en portada una fotografía especialmente macabra de las consecuencias de una catástrofe natural; en este caso el lector no tiene ningún control sobre la elección de contenidos y es testigo accidental o involuntario de esta instantánea tan inquietante. Así entran en conflicto el deber de los periodistas y las sensibilidades del público, un fenómeno difícil de evitar cuando se supone que el periodista tiene la obligación de acercar el acontecimiento al ciudadano respetando la verdad. Este problema queda más o menos solucionado en los medios digitales gracias a la posibilidad de elección que da la Red. El usuario de internet puede acceder a diferentes contenidos complementarios a través de los hipervínculos de una noticia o simplemente acudiendo a un buscador, unas de las muchas ventajas de la personalización que ofrece la desestructuración de internet. Teniendo en cuenta que existen estas alternativas, los medios de comunicación tradicionales bien pueden evitar mostrar imágenes comprometedoras y adoptar una posición de cautela, solo haciendo referencia a estas para que el público adopte un papel más activo en el proceso informativo, pues el consumo de medios tradicionales no es excluyente en estos tiempos de saturación informativa. ¿A qué se arriesgan los medios tradicionales con los contenidos potencialmente hirientes? Básicamente, a perder el apoyo económico de empresas anunciantes, que prefieren aparecer en plataformas dirigidas a un sector social lo más amplio posible. Y es aquí donde entran en juego YouTube y Facebook.

A pesar de ser productos de la nueva era de las telecomunicaciones, las redes sociales y plataformas digitales como YouTube y Facebook no defienden la libre circulación de contenidos de todo tipo en internet. En algunos portales están prohibidos los contenidos ofensivos sin distinción (de carácter racial, sexual, político, etc.), pues están enfocados como foros de encuentro social y de entretenimiento, sin espacio para conflictos o debates acalorados. Hace unos meses los responsables de la tienda online Apple Store se negaron a poner a la venta el videojuego Papers, Please por contener escenas de nudismo, obligando a su creador a rehacer los gráficos para que no mostrasen las partes pudendas de los personajes. De por sí, estos portales no tienen por qué adaptarse a las obligaciones informativas de los medios de comunicación, pues cumplen un papel diferente, pero no incompatible, en la sociedad. Eso sí, cabe decir que esta actitud de corrección y censura es arbitraria, ya que, primero, existen una serie de pasos y barreras que el usuario (agente activo en un proceso informativo no lineal, no lo olvidemos) debe superar para acceder a cualquier tipo de contenido: descripción del contenido, advertencias y básicamente una serie de clicks que se deben realizar antes de llegar a la información deseada. El papel de buscador voluntario del usuario hace innecesaria la actitud paternalista y protectora de los administradores de estas redes sociales. El escándalo público, per se, no daña estos soportes, pues no se les debería exigir responsabilidad sobre los contenidos que crean personas ajenas a la organización, personas que, recuerdo, quedan expuestas públicamente, hagan buen o mal uso de los soportes.

Un punto que no trata la columna de Mathew Ingram es el incomprensible criterio de aceptabilidad de YouTube. Explico: efectivamente existen vídeos de ejecuciones, accidentes de tráfico, torturas, palizas y tiroteos (algunos cometidos por las fuerzas del orden de los EE.UU.) de violencia explícita, pero curiosamente no aparecen vídeos en los que se vea íntegramente el asesinato de un rehén [o prisionero] por un miembro del EI. No hablamos de documentos marginales; muchos de estos vídeos tienen más de 300.000 visitas, pasados casi dos años desde su subida, y no sería extraño que se marcasen como material ofensivo. Sin embargo ahí siguen, creando incógnita. ¿Puede ser que Google elimine en concreto la propaganda del EI por orden de la Agencia de Seguridad de los EE.UU.? La conexión entre la multinacional y el gobierno norteamericano existe, como descubrimos hace unos meses. ¿O acaso es por respeto a las familias de los rehenes asesinados? Si fuese así, ¿por qué existen imágenes de ciudadanos estadounidenses abatidos por agentes de la policía en circunstancias irregulares? ¿[Censuran] por interés económico y por contentar a la mayor cantidad de público y a las empresas anunciantes? ¿Y quién querría ser anunciado en la previa a una decapitación? No son estos vídeos violentos los que generan dinero ni el mayor tráfico. ¿Es por puritanismo? En todo el dominio se eliminan vídeos solo por insinuar las formas de un pezón femenino. ¿Pero por qué mantener la violencia? Por lo menos Facebook actúa de forma más acorde con este principio (violencia, discriminación y sexo, expresamente prohibidos), más que nada por su carácter de herramienta de enlace social y personal, sin pretensiones de plataforma informativa.

El verdadero debate no es sobre la libertad de expresión y la transparencia mediática, sino sobre las razones y el razonamiento que llevan a motores de búsqueda como el de Google, y por extensión a plataformas como YouTube y productos hermanos, a ocultar información sensible muy concreta. Google ya no es la inocente alternativa a Yahoo. Estamos frente a una multinacional que tiene la batuta para dirigir la atención del público activo. En la nueva era de la comunicación instantánea los medios tradicionales perdieron el rol de gatekeepers para pasárselo a los intermediarios de internet, que ni siquiera son periodistas, como mucho son mercaderes de la información.

«Go back to Africa!»

Adolescentes borrachos, uno de ellos sin edad para beber, increpan a un hombre, por lo que se intuye de sus exabruptos, porque este no es de origen inglés. Lo muchachos, visiblemente alterados por el alcohol, le ordenan reiteradamente al hombre de gafas que se apee del tranvía o lo harán bajar ellos a la fuerza. Finalmente los jóvenes salen del vagón no sin antes salpicar de cerveza a los pasajeros que se encontraban alrededor del objetivo de sus amenazas. Frustrado, la víctima de este claro ataque xenófobo ve cómo los chavales huyen. Un comentario final, de ser cierto y de no fallarme la intuición, ofrece un dato revelador: el supuesto inmigrante cumplió siete años de servicio militar en Reino Unido («Seven years in the military, I would—»).

Poco después de la publicación de este vídeo en las redes sociales la policía arrestó a tres sospechosos de 20, 18 y 16 años para interrogarlos por un delito de altercado público. Esto pasó en Manchester, la mañana del martes 28 de junio, sólo 5 días después del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE.

La web oficial True Vision, financiada por la policía británica, registró una subida de denuncias por delitos de odio del 57 % durante el fin de semana posterior a la votación por el llamado Brexit. El resultado del referéndum parece haberse consolidado como patente de corso entre los más reaccionarios de la pérfida Albión, un fenómeno que esperemos sea efímero. Concretamente sólo en Gales Victim Support registró 60 informes de comportamientos xenófobos entre el 24 y el 27 de junio; el jefe de sección de esta organización, Gareth Cuerden, opina que la decisión de la pasada votación se emplea como un catalizador «para decir cosas como “ya no estamos en Europa así que tú no puedes quedarte aquí” o “vuélvete a tu país”». Un mensaje semejante aparecía en tarjetas plastificadas repartidas por la localidad de Huntingdon; estas notas rezaban, en una gramática  y  una ortografía confusas, «Leave the EU/No more Polish Vermin» (Dejamos la UE (?)/No más Alimañas polacas). Dos días después apareció una pintada insultante en la entrada de la Asociación Social y Cultural Polaca del distrito londinense de Hammersmith. Varios abusos e incidentes han venido sucediendo estos últimos días, hasta tal punto que el alcalde de Londres, de ascendencia paquistaní y musulmana, se ha visto obligado a movilizar a la policía y ha llamado a los ciudadanos a adoptar una actitud de tolerancia cero frente al racismo. Esta situación de tensión se ilustra en el perfil de una usuaria de Facebook que ha reunido una serie de «signos preocupantes» en el Reino Unido post-Brexit.

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Nigel Farage, líder del UKIP, habla con los reporteros en Westminster tras anunciarse el resultado del referéndum, 24 de junio de 2016. Mary Turner/Getty Images

Nos queda por ver cómo reaccionan los sectores más chovinistas de los países miembro de la Unión. Son la pérdida de la soberanía nacional y las medidas impopulares de la Troika las que están alimentando los programas electorales de los partidos ultranacionalistas. La propia UE se ha pegado un tiro en el pie al dar la razón al discurso que insistentemente nos dice que no es igual un alemán que un griego, un italiano o un español; de hecho, por como se les trata, parece que no hay nada peor que ser un inmigrante ilegal procedente de África o de Oriente Medio. La semilla se plantó hace tiempo y ahora empiezan a brotar los retoños; puede que estemos a tiempo de cortar la planta de raíz, pero para eso harían falta votantes concienciados que renovasen la dirección de los diferentes gobiernos. Aquí, por desgracia, parece que andamos escasos de gente con sentido común y un mínimo de humanidad.

No nos queda nada.

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La líder del Front National Marine Le Pen durante una rueda de prensa en la que propuso un referéndum sobre la membresía de Francia en la UE, 24 de junio de 2016. Matthieu Alexandre/AFP/Getty Images

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Manifestación contra la reforma laboral en París, 28 de abril de 2016. Charles Platiau/Reuters

Odio el puto fútbol. Bueno, no. Odio la puta maquinaria mediática y mercantilista que se ha ido construyendo alrededor del balompié. Durante la segunda mitad del siglo pasado los medios audiovisuales han ido perfeccionando las técnicas del montaje y han tomado prestados los recursos líricos de la literatura épica para acabar convirtiendo un deporte popular en un panteón mitológico con sus particulares acólitos, sus predicadores, sus peregrinaciones, sus sectas y sus corruptelas. No siempre segrego bilis cada vez que oigo hablar del mundo de ensueño de las grandes ligas y las competiciones de élite, ese paraíso de cartón piedra  donde todo es camaradería interesada, patriotismo del palo y alguna que otra patada en la espinilla. Estos días les tengo especial tirria a televisiones, emisoras y deportistas por igual con razón de un conflicto de intereses, en el cual, a mi modo de ver, solamente hay una clara prioridad. Para unos lo importante es la fiesta del fútbol, la tradición que abandera los valores occidentales. Para otros, c’est la grève, la huelga, uno de los derechos e instrumentos que garantiza un estado democrático. El corazón de muchos tira hacia el calor de los aficionados en las gradas y el glamour de los futbolistas. El alma de otros tantos mira hacia el futuro de los trabajadores.

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Enfrentamientos entre manifestantes y agentes de policía en Lyon, 28 de abril de 2016. Laurent Cipriani/AP

Las protestas se han ido sucediendo en las principales urbes galas desde que a finales de febrero se anunciase la puesta en marcha de la reforma laboral. La nueva legislación, inspirada en la española de 2012, supondría un duro golpe para la clase trabajadora: las medidas en su conjunto favorecerían a los empresarios y abaratarían los costes laborales. Nos suena, ¿no? La reforma también ha creado un cisma dentro de la izquierda francesa, de la que el partido de François Hollande se desentiende al ceder ante las exigencias de la Comisión Europea. Del desacuerdo entre gobierno y sindicatos surgen las revueltas sociales en medio de una alerta terrorista que tiene razones para prolongarse indefinidamente. Eran pocos los quebraderos de cabeza cuando finalmente llega la Eurocopa, la gallina de los huevos de oro. Putain. De repente se habla de la Euro 2016 como una festividad necesaria para combatir el descontento y el terror. Tengamos la fiesta en paz, en esto están de acuerdo Hollande y los medios de comunicación. Parece que el fútbol se ha convertido en un pretexto perfecto para apaciguar a los manifestantes, que se verían perjudicados si interrumpiesen el transcurso normal del torneo; para evitar posibles altercados, el primer ministro Valls amenaza con prohibir preventivamente las movilizaciones convocadas para el 23 y el 28 de junio. Los grandes medios, en sincronía con el discurso oficial, apartan su foco de atención del Senado, donde se ha tramitado la reforma, y de la Asamblea Nacional, futuro escenario de la votación definitiva prevista para el 5 de julio, un día antes de las semifinales.  La lucha obrera sería en vano si periodistas y políticos lograsen deslegitimar la huelga en una campaña que la convirtiese, a ojos de la opinión pública,  en la ruina del campeonato de la UEFA. Ante semejante perspectiva sindicatos y manifestantes tienen las de perder tanto si salen a la calle como si no.

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“en cenizas todo se hace posible”. Graffiti en el Boulevard des Invalides de París, escrito durante la manifestación del 15 de junio de 2016. Jacques Demarthon/AFP/Getty Images

Como en una distopía una competición deportiva actúa igual que la droga de Huxley, otra forma de la manida metáfora del opio del pueblo. El fútbol no es el Mal, sino aquellos que lo usan como herramienta política y de control social. Volveremos a ver más manipulaciones en Río 2016; otra vez acapararán las portadas las victorias de los medallistas nacionales y quedará relegada a un segundo plano la violencia policial permitida por corruptos de… ¿Pero qué estoy diciendo? Somos malfollados como yo los que no sabemos disfrutar del espectáculo y de la pasión de apoyar a nuestros campeones. Mira, será mejor para todos que me deje de chorradas y me ponga a hacer lo que siempre he querido: un blog dedicado a las proezas del eminente Predrag Mijatović. ¡Me bajo al bar! Desde hoy gritarle a la tele y discutir con los patrones serán mi hobbies favoritos. Te quiero, Manolo Lama. ¡Vamos, España! ¡¿Ya la estás liando, Piqué?! ¡Que no te la metan, De Gea! ¡Fuera de juego, me cago en Dios! ¡Huy! Eso es roja, ¿no? ¡Me cago en tu pecho, árbitro! ¡Gol, hostia! ¡Goooooool! ¡Œ, œ, œ, œeeee…!

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Muestra de solidaridad con las víctimas del atentado de Orlando en París, 13 de junio de 2016. Geoffroy Van Der Hasselt/AFP/Getty Images

En noviembre de 2009 me disponía a salir del baño de un pub de Derry cuando el attendant junto al lavabo me llamó la atención: «¿Eres español?» Si la memoria no me falla se trataba de un ecuatoguineano venido a Irlanda desde España. Se ganaba la vida como podía para cuidar a su hijo y no tenía buen recuerdo de su paso por mi patria. Al parecer estuvimos hablando un rato largo, porque una amiga abrió la puerta para comprobar que no me había ahogado en la taza del váter. Cuando volvimos a estar solos mi interlocutor me preguntó si ella era mi novia. Le comenté que no era el caso, que de hecho mi colega era lesbiana. Pude ver su gesto de sorpresa ante revelación tan banal. La conversación perdió fuelle en el momento en que expresó su opinión de que a mi compañera le hacía falta un hombre. A mi réplica sobre la normalidad de las diferentes preferencias sexuales él confesó que nunca compartiría espacio con un hombre gay, no fuese a ser que este aprovechase para violarlo mientras durmiese. Caramba. Me despedí tras informarle educadamente que a lo largo de mi vida había pasado varias noches bajo el mismo techo que un homosexual y que jamás me había visto en la tesitura de que me quisieran separar las nalgas con intenciones aviesas. De vuelta en la mesa mis amigas no podían creerse que una víctima de la discriminación xenófoba no fuese capaz de ver esa misma repulsa en su actitud hacia los gays. Una cosa no quita la otra, me temo; cualquier persona puede ser homófoba, solo hace falta ignorancia.

Es un tópico destacar el descontento que algunos tienen con el Día del Orgullo: ¿Y por qué no un Día del Orgullo Hetero? Sin irnos muy lejos, encontramos buenas razones en la historia reciente de España, cuando el régimen franquista criminalizó la homosexualidad a partir del 15 de julio de 1954 al incluir a los homosexuales en el listado de indeseables dentro de la Ley de vagos y maleantes republicana. Durante la dictadura y parte de la Transición más de 5.000 personas, mujeres y hombres, fueron arrestadas por ser homosexuales, la mayoría ingresaría en prisión o en las llamadas colonias agrícolas entre uno y tres años bajo condena de trabajos forzados. El 6 de agosto de 1970 entró en vigor la Ley de Peligrosidad Social y Rehabilitación Social por la cual el gobierno fascista buscaba el tratamiento que curase la homosexualidad: ahora los invertidos detenidos se repartirían especialmente entre el penal de Badajoz (para los pasivos) y el de Huelva (para los activos), también eran destinados a otros centros, como el de Carabanchel en Madrid. Los reclusos no saldrían de la penitenciaría hasta cumplir penas que rondaban entre 3 meses y 3 años, dependiendo de cómo ‘mejorase’ su comportamiento. Las condiciones eran deplorables y muchos perdieron la cabeza al ver cómo su condena se prorrogaba constantemente. El calvario no acababa al salir de prisión, sino que se alargaba otro año durante el cual tenían que dar parte de su comportamiento ante las autoridades locales cada 15 días, lo que para muchos significaba estar lejos de sus hogares y familias. Para colmo los presos entraban a formar parte del registro de homosexuales peligrosos, como le sucedió a Antoni Ruiz, uno de tantos «pasivos» que fueron enviados a la cárcel de rehabilitación social de Badajoz aún tras la muerte de Franco. Se dice que en esta última etapa hubo reclusos que fueron torturados e incluso lobotomizados para reconducirlos por el camino recto de la heterosexualidad, si es que el tratamiento no los mataba. Para estas víctimas del franquismo no hubo amnistía durante la Transición; los últimos encarcelados por su orientación sexual fueron liberados en 1979. No fue hasta la llegada del nuevo siglo que sus antecedentes criminales fueron eliminados de los archivos policiales, así limpiando su nombre definitivamente.

Recientemente se oyeron voces disidentes en contra de la dirección mercantilista que está tomando la celebración del Día del Orgullo Gay. Quizás la actitud festiva ha ido apartando poco a poco el espíritu de protesta con el que se inició en Barcelona allá por 1977. En vista del avance del conformismo y de los constantes casos de violencia homófoba, dentro y fuera de nuestras fronteras, creo que el Orgullo debería acentuar mucho más su carácter de manifestación y de evento de concienciación social. Siguen existiendo nostálgicos y retrógrados incapaces de convivir con alternativas a la llamada heteronorma, por lo que se debe visibilizar la viabilidad de estilos de vida que no se ajusten a la moral puritana y conservadora. A todos nos beneficia exigir una educación sexual más completa, una en la que la sexualidad no sea tema tabú, una que haga obsoleto el arquetipo del macho patriarcal y que elimine los estereotipos y las falacias relativos al colectivo LGBTQ. Espero que algún día, no muy lejano, no exista la necesidad de celebrar el Orgullo y que este se convierta en un país (un mundo) donde la orientación sexual de una persona sea una trivialidad que solo importa a la hora de encontrar pareja. La sociedad no se va al garete si dos hombres van de la mano por la calle o, no lo quiera Dios, si dos mujeres crían a sus hijos en la intimidad de su casa. Y cabe recordar que mis amigos de la otra acera no me han dado por culo subrepticiamente y que vivo sin miedo a un apocalipsis marica donde camioneras feminazis me cortan la polla; más que nada porque resulta que muchas personas decentes son gays.

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Conchita Wurst durante el pregón del Orgullo de Madrid, 2 de julio de 2014. Carlos Rosillo

Phantassie

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Hace más o menos dos años estuve viviendo una temporada en un híbrido de remolque y casa prefabricada en el concejo de East Lothian. Mi compañero y anfitrión era un carpintero oriundo del D.F. y tenía doble nacionalidad azteca y canadiense. Fue la primera persona que me ofreció porros en Escocia («¿Gallo?») y era el alma de la fiesta en tanto que era imposible pararlo tan pronto se ponía a bailar. Puede que fuese la morriña o la facilidad con la que me embelesan los acentos y jergas foráneos, pero tengo que admitir que se ganó mi cariño tan pronto me llamó ‘carnal’ al final de una noche de acuarelas y caleidoscopios. Se sumó a su encanto particular el amor que sentía por el dubstep, género con el que yo ya había tenido algún que otro escarceo amoroso durante la carrera. Unos meses más tarde me enteré de que casi pierde un pulgar manejando una radial. Hoy en día Vicente sigue sembrando buen rollo y dándolo todo en las fiestas de Edimburgo, con su dedo reimplantado, como si nada.

Mi hogar temporal estaba a kilómetro y medio del centro de East Linton, pueblo al que sólo podía acceder siguiendo un camino que atravesaba un campo de ejercicios de hípica, en mi memoria siempre abonado con mierda de oveja. El cercano río Tyne cortaba el pueblo en dos y su ribera formaba parte de la ruta John Muir, un paseo de gran valor paisajístico que incluye  las curiosidades arquitectónicas locales del molino de Preston y el palomar de Phantassie. Precisamente Phantassie era el nombre de la granja donde había estado trabajando como voluntario a través de la organización WWOOF para productos orgánicos y ecológicamente viables. Mi voluntariado había terminado a comienzos de junio, por lo que ya no disfrutaba de mi derecho a dormir en la pequeña caravana que había sido mi refugio durante poco más de mes y medio. No sé qué hubiese pasado si mi estancia se hubiese prorrogado unas semanas más, porque al parecer había un avispero en construcción dentro del armario; nice. Mi antigua casa con ruedas estaba situada en un campamento de caravanas que rodeaban un tráiler verde, una vieja cocina y comedor móvil para uso de los trabajadores. A este remolque lo llamaban The Goddess quizás por una asociación simbólica con la Madre Tierra, que nos cuida y alimenta… a la vez que puede jodernos la vida, como demostraban las ortigas que brotaban alrededor de nuestra diosa verde.

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Lo mejor de Phantassie eran sus empleados y voluntarios. Estaba Lizz, mi jefa, un ejemplo del humor y el sarcasmo escoceses; por mi cumpleaños me regaló dos libros: una novela de Stephen Fry y una edición en inglés de El amor en los tiempos del cólera, ambas con dedicatorias que a día de hoy hacen que me tiemble el morrillo. También estaba la australiana Happy —lovely Happy— la nueva encarnación de la contracultura hippie y una de las criaturas más amables (dignas de ser amadas) que he conocido. Hice buenas migas con Gary, un autodenominado hobo (vagabundo) de Glasgow memorable por su descaro y sus canciones, sobre todo por su versión de Across 110th Street. Guillaume, de Lyon, se vino desde Francia en coche (¿era un Citroën o un Peugeot?) y calculaba los límites de velocidad de millas/hora a km/hora por la cuenta de la vieja. También coincidí con la risueña Patricia, actriz sevillana que, junto a otras anécdotas, me contó cómo montó un follón al comer jamón en una comuna de hare krishna. Kim, alemana venida de Nueva Zelanda, era difícil de tratar, y lo más extraño de ella era su fijación obsesiva por las gallinas. Merece una mención especial Travis, un auténtico kiwi que parecía sacado de una peli de Mad Max. Y estos son solo algunos de muchísimos personajes con los que conviví en Phantassie: Hana, Lela, Cécilia, Sarah, Monica, Michala, Fiona, Moss, Cindy, Kevin, Skye…

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A veces echo de menos esas noches en las que la vejiga me pedía salir al campo de madrugada. Mientras la meada rociaba la hierba me quedaba embobado mirando el horizonte, negro sobre casi negro. Una madrugada, cuando el cielo se tornaba azul por el este, pude ver a unos 20 metros de mí una cabeza con cornamenta que me devolvía la mirada. Huyó saltando antes de que pudiese adivinar qué era exactamente. La magia de viajar se encapsuló en ese corto instante de duermevela, en los primeros piares de pájaros madrugadores y el brillo de esos ojos de presa astada. Los días de bajón siempre había alguien dispuesto a alegrarte, ya fuese con partidas de ping-pong o una sesión de dibujo y filosofía vespertina. Algún fin de semana fue obligatorio ir al pub del pueblo a bajarse unas pintas, y de paso preguntarse por qué entre los juegos de mesa tenían a elegir el Twister. En otra ocasión fuimos a Edimburgo en el coche de Vicente, con un mix de dubstep retumbando en los bafles; ya en el garito (sesión de minimal/techno/acid) un tipo sudoroso me dijo que el MDMA le hacía hablar con desconocidos. You don’t say, mate?

Destaquemos este episodio del Studio 24, shall we? Afuera, lejos de los bucles insípidos del techno/minimal/acid/whatever, conocí a dos gallegos que estaban currando en Edimburgo. Como yo, las circunstancias económicas de la patria los obligaron a buscar trabajo en el sector servicios del Reino Unido. Muchos salen de la universidad o de formación profesional con lo justo de inglés para lanzarse a la aventura. Todos conocemos a alguien que ha encontrado mejores oportunidades en el extranjero, ya sea de lo suyo o de hosteleria. Muchos son curros en ETTs donde el sueldo es justo para permitirse vivir en un pisito compartido en Leith o en cualquier otro barrio obrero de Europa o América. Las pasan putas y luego se los trata como ciudadanos de segunda en el país de origen; y para colmo al final vienen cabezas cuadradas nacionalistas como los del UKIP a decirles que no hay sitio para usurpadores. Son tiempos jodidos en los que muchos tenemos la soga al cuello y estamos dispuestos a hacer lo que sea para evitarnos la miseria. Emigrar es un último recurso y a la vez un acto de protesta: pone en relieve el estado deplorable de un país cuya población se ha convertido en mercancía a repartir entre los conglomerados empresariales que se confunden con legisladores y altos funcionarios. Al final todo se reduce a hacer circular la moneda de cambio dentro de esa ilusión que es el consumismo global, donde el valor se expresa en números y en beneficios potenciales. No eres un ser humano consciente de tu condición en el mundo, sino otro engranaje prescindible en la maquinaria del cajero automático de una sucursal de un banco exclusivo para las élites. No hay derechos, hay CVs crecientes que repartir y una ansiedad que se alimenta de la incertidumbre. Arbeit macht frei, vivir es trabajar y trabajar es desvivirse para malvivir. El único consuelo que queda en este conato de distopía es que puedas sufrir en buena compañía. Viva. Bravo. Y si acaso un hurra.

Es increíble pensar que puedes sentirte más seguro lejos del hogar donde creciste.

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Cans sen dono

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Desde lejos ya se podían oír ecos de ladridos entre eucaliptos y fentos. Escondida tras las curvas de la carretera que serpentea la zona forestal entre Bueu y Moaña está la Protectora de Animais do Morrazo. Una puerta metálica se abre al camino de tierra, lacerado por los recientes chaparrones primaverales, y da paso al recinto de hormigón. A primera vista es un solar de poco más de un quilómetro cuadrado repartido en diferentes cuadrantes separados por verjas. Los restos de una estructura de cobertura a dos aguas coronan el patio de casetas de techo de uralita donde los residentes, tumbados sobre palés, pueden protegerse de la lluvia y el sol. En el suelo de la entrada las uñas de los peludos resuenan cuando corretean y saludan a las visitas. Los rabos baten sin tregua el aire húmedo y algunos intentan asomar el hocico por el enrejado. Varios pares de ojos castaños, brillando con ansia ingenua, vigilan atentamente a los bípedos recién llegados.

DSC_0096 Laura trabaja en la Protectora y me explica cómo funciona. El refugio se trata básicamente de un lugar de paso para perros extraviados o abandonados, o por lo menos ese es su propósito ideal. Por ley, los ayuntamientos están obligados a cubrir la recogida de animales abandonados. Las empleadas realizan un servicio a la comunidad pagado por los concellos de Bueu, Moaña y Cangas. Normalmente son los vecinos, la policía o el  Seprona los que contactan con el personal de la asociación en cuanto se localiza un perro sin compañía o víctima de maltrato. Acto seguido las trabajadoras entran en acción recogiendo al animal ―lo cual puede llevar días en caso de animales asilvestrados― para su posterior traslado al recinto del monte. En caso de abandono, se intenta localizar a la familia decodificando la información del chip que el perro está obligado a tener. De no haber chip de identificación, se publican anuncios en redes sociales y cuelgan carteles por las localidades cercana. Si al cabo de unas meses no aparecen los dueños, se procederá a la castración y al ingreso indefinido del perro. Actualmente la Protectora do Morrazo se encarga de la manutención de alrededor de 70 perros dentro de la instalación, a los que se suman otros 30 en viviendas de acogida, donde residen los que precisan de una atención constante debido a problemas de salud o a una intervención quirúrgica. No es su labor sacrificar perros, como sucede en las perreras, sino cuidarlos hasta el momento de su adopción o, en el peor de los casos, hasta que el animal muere. Una de las perras más veteranas lleva 9 años tras las verjas, y es preocupante saber que a medida que envejece y se deteriora su salud tiene menos posibilidades de encontrar una familia.

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La vida de los perros ingresados es difícil. Lo primero es acostumbrarse al nuevo entorno. Convivir con perros que no forman parte del ambiente familiar es complicado, por lo que hay que introducir al animal poco a poco en la manada, un proceso que requiere mucha paciencia y que puede requerir varios meses de tratamiento aislado. No se debe forzar la integración del nuevo inquilino, pues podría haber una reacción de rechazo que solo sirva para alargar su angustia. Existe la posibilidad de que perros traumatizados y salvajes, en estado de shock tras verse atrapados entre cuatro paredes, jamás sean capaces de acostumbrarse a compartir espacio en un lugar que perciben como opresivo. A pesar de los atentos cuidados de las trabajadoras y de la ayuda de voluntarios, el refugio siempre será una cárcel a los ojos de estas pobres criaturas. La mejor manera de combatir la claustrofobia y la ansiedad son los paseos regulares que les ofrecen los voluntarios. Por supuesto, un buen hogar donde se atiendan las necesidades de sus mascotas es la mejor cura para la depresión de los canes. La estancia en la protectora es una etapa en el tránsito hacia la solución al problema, que es la familia de reciba al perro.

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La actividad solidaria de la Protectora do Morrazo comenzó en 1993, cuando tras años de organizar adopciones de perros desde su hogar y de presionar con exigencias, Lela, la primera directora de la protectora, logró que el ayuntamiento de Moaña la ayudase a financiar el proyecto y a construir las primeras casetas. Hoy en día, con una nueva directiva y un espacio mayor, dos trabajadoras son las principales encargadas de limpiar las instalaciones, de reabastecer pienso, herramientas, enseres y materiales, y de recoger, transportar y asegurar la salud de los animales. Claramente el personal es insuficiente en un ámbito tan exigente, donde pueden surgir complicaciones impredecibles en cualquier momento. Lo que es peor, en las malas rachas el refugio puede endeudarse con los veterinarios, un gasto que los ayuntamientos no cubren inmediatamente. El estrés se ve aliviado por la intestimable labor de los voluntarios que emplean su tiempo libre en pasear a los perros, traer pienso e incluso ofrecer el coche para hacer una visita al veterinario, sin recibir nada a cambio. Más que un empleo o un pasatiempo, es una pasión en la que hay que invertir tiempo, esfuerzo y dedicación en grandes cantidades. Hay un desgaste motivacional constante que se refuerza con los comportamientos más inhumanos, gajes del oficio.

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Lo más triste es la actitud de algunas personas, ya sean los amos que se ahorran el precio del chip (entre 40 y 70 €) o los maltratadores. El maltrato en concreto tiene varias facetas, como los cazadores que abandonan sus podencos cuando ya no les sirven o tan pronto acaba la temporada de caza, esos desalmados que extirpan los chips del cuello de sus mascotas o, un ejemplo reciente, el energúmeno de Bueu que daba palizas a sus Amstaff, ahora a salvo en una casa de acogida. La cría clandestina es otro negocio ilegal que deriva en el sufrimiento animal: con suerte no va más allá de criadores carentes de permisos legales, pero a nivel de mafias podemos hablar de granjas donde a las hembras de raza las hacen parir una camada tras otra, en las peores condiciones imaginables y sin poner límites a la consanguineidad. Tampoco está de más nombrar a aquellos irresponsables que cada verano, en vista del incordio en que se ha convertido el cachorro de navidad o de la llegada de las vacaciones, dejan a sus mejores amigos en las cunetas. Este año la Xunta de Galicia ha aprobado el Anteproyecto de Ley de Protección y Bienestar de los Animales de Compañía y, si sigue adelante, por fin podría significar una mayor protección contra estas y otras prácticas dañinas.

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Por ahora existen personas concienciadas y con la firme iniciativa de ahorrarles sufrimientos a estos peludos. Un poco de cariño puede significar mucho en este recinto gris. Negocios locales, como la librería O Pontillón ofrecen descuentos a sus clientes a cambio de pienso destinado al refugio y a las casas de acogida. También existe el Grupo ACOPO, encargada de anunciar a través de su blog los animales que necesitan un hogar en la provincia de Pontevedra. Y dejémonos ya de rodeos: muchos de los perros de la prote no gozan de perfecta salud ni tienen pedigrí, y es su vulnerabilidad la que debería urgirnos a echarles una mano. La calidad de vida que ofrezcan unos dueños responsables —insisto, ‘responsables’—puede conducir a la recuperación del perro, o al menos le dará la oportunidad de vivir en paz lo que le quede de vida. Si vives por la zona do Morrazo pero no puedes permitirte tener otra boca que alimentar, tienes otras posibilidades de ayudar: apadrinar a un can desde 5 € al mes, hacerte socio y pagar una cuota anual, e incluso puedes colaborar con 1 € mensual a través de la plataforma de Teaming. Consulta la web y la página de Facebook de la Protectora de Animais do Morrazo para obtener más información. Finalmente, a los que no estáis en la zona las Rías Baixas os animo a descubrir vuestras protectoras locales y a darles una alegría a estos bichos tan entrañables.

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Actualización 3/6/2016: Se han corregido algunos datos que podrían dar lugar a equívocos: la situación de los American Staffordshire y la identidad de la fundadora y primera  directora de la prote.