The Mickey Mouse Club

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Para leer al Pato Donald se presenta como análisis y crítica, desde una perspectiva marxista, de las revistas infantiles de la marca Disney importadas al Chile de los años 60. La conclusión general de la lectura de las tiras nos dice que Disney —y por extensión sus editores y distribuidores en América del Sur— difunde mediante sus publicaciones el American dream, la way of life ideal y etérea en que se basan los principios liberales de los Estados Unidos. En vista de esto, queda claro que Walt Disney, ya desaparecido en el año de publicación del ensayo, no era más que un empresario muy próximo a las estrategias económicas que le otorgaron la fortuna y la fama. De este modo Ariel Dorfman y Armand Mattelart echan abajo el mito del home de provecho y sus risueñas criaturas que actuaban en nombre de la armonía, la caridad y el amor a nivel global, un plan que no se refleja ni en su obra ni en el proceso de producción de esta. El mundo del Pato Donald no es real, y no pretende serlo, pues omite conflictos, dilemas y puntos críticos en la distribución, composición y heterogeneidad de la sociedad hasta tal punto que actúa como panfleto propagandístico de un mundo donde no todos serían parte da utopía disneyana. La filosofía pública del magnate de Hollywood queda así vacua e invalidada por sí misma, convirtiéndose en una falacia al servicio de sus propósitos como gran ente empresarial.

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No es esta unha síntesis rebuscada y diabólica, como exclamarían, paralizados de miedo e indignación, muchos líderes de opinión, medios conservadores, progenitores insensatos y otros portavoces del buen gusto y lo políticamente correcto. En defensa de la tese, sólo hay que retroceder hacia el año 1942, cando se estrena Saludos Amigos, un mediometraje de animación compuesto por diferentes historias sobre personajes y personalidades típicos, estereotípicos y folclóricos de los grandes países al sur del canal de Panamá: los pueblos vestigiales incaicos de los Andes, Goofy (o Tribilín) encarnado en un gaucho, un niño-avión que atraviesa la gran cordillera andina (?) y  la samba brasileira de la mano del maestro cotorra José Carioca. Este filme y su secuela The Three Caballeros (1944) eran parte de la Good Neighbor Policy, una estrategia de publicidad aplicada por el Departamento de Estado durante el mandato de Franklin Delano Roosevelt. El plan perseguía mejorar las relaciones con los países meridionales en base a un principio de no-intervención, creando así una oportunidad de abrir nuevos tratos para el intercambio de materias primas y productos, al mismo tiempo que disipaban la influencia de sus enemigos, en ese momento la Alemania nazi y más tarde el Bloque Oriental soviético. Por supuesto, estos filmes no tuvieron una recepción unánimemente buena en los países de destino, debido a su torpe representación de los tipos sudamericanos y a que técnicamente eran obras relativamente mediocres. Pero alguien podría replicar que, a pesar de estar financiado por el gobierno estadounidense, Disney jamás tuvo intención de enviar mensajes políticos, que sus películas siempre trataban sobre emociones y conflictos atemporales. De nuevo se puede revocar esta respuesta citando los cortos de 1943 Der Fuehrer’s Face y Education for Death, paradigmas de la propaganda que trataba de vender bonos de guerra para financiar a las fuerzas armadas en la lucha contra el nazismo en Europa. Walt Disney no fue un elemento neutral en la política global, sino un agente al cargo del sistema estadounidense que hizo posible la empresa que hoy conocemos.

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Muy pertinentemente en Para leer al Pato Donald se cita el concepto de la aldea global de Marshall MacLuhan: un mundo de concienciación y consciencia unificada gracias a la instantaneidad de los mensajes informativos en soportes electrónicos. Este mundo ideal se parece al actual, onde internet une y sincroniza casi todos los puntos del globo  en un mismo espacio de acceso y participación públicos, pero solo en los países tecnológicamente avanzados. Del mismo modo quería actuar Disney cuando creó productos como The Three Caballeros o las revistas de cómic de Mickey Mouse y compañía, distribuyendo y emitiendo sus dibujos por todo el globo, pero en menor medida que en ese momento, más cercano temporalmente, en que aparecieron las emisiones por satélite o la aparición de soportes audiovisuales alcanzables; por otro lado, en los países subdesarrollados es mucho más sencillo adquirir tecnologías de recepción pasiva de emisores externos. El pato y el ratón se convierten en embajadores oficiales de los EE.UU., enseñando en sus mundos —dispares con los lugares de destino de sus mensajes— los beneficios y las bondades de la Tierra de la Libertad, de por sí una utopía aún inexistente. Cuarenta años lleva la compañía Disney acaparando los medios de comunicación para mostrar la cara amable del Uncle Sam, una mentira por omisión de la otra cara, menos amable con sus vecinos y bastante despreocupada por sus conciudadanos menos privilegiados. De por sí, los medios de comunicación son producto del capitalismo, ergo los grandes poderes económicos son aquellos que poseen la tecnología para crear información atractiva y exportable, inmediatamente relegando a los menos afortunados a un papel pasivo, en una comunicación unidireccional, sin feedback (de nuevo McLuhan: «el medio es el mensaje»). La exposición a estos comunicados, de los que Disney era uno de sus abanderados, evidenciaba los problemas que la Comisión MacBride denunciaría a finales de los 70: los países desarrollados saturan los medios con su presencia en las emisiones en países en desarrollo, dañando la identidad y la soberanía nacionales, y derivando hacia la homogeneidad imperialista. Este fenómeno no hace más que aumentar la disparidad entre propietarios y espectadores de medios; la aldea global quedaba  corrompida. Es la victoria de la cultura ajena frente a las alternativas propias, geográficamente próximas, que aportan variedad e puntos de vista con los que tratar problemas de nuevas maneras. El ágora queda sin diálogo, un solo coro con un monólogo único. Esta era –y sigue siendo- la principal arma de Disney, la sobrecarga de los medios y, por extensión, del mercado de sus símbolos y mitos, apoyados en las emociones y en la cultura de consumo.

Por suerte esta misma invasión genera resistencias como las ideas de Dorfman y Mattelart. Las mentes despiertas son capaces de distanciarse de los productos ideológicos extraños y de desintegrarlos cuidadosamente para su estudio. En la época en que fue concebido Para leer al Pato Donald el panorama político de Chile hervía por los enfrentamientos entre los dos extremos del espectro. Las reformas de Salvador Allende polarizaron a la ciudadanía y molestaban al sector conservador y de extrema derecha. Por si no fuese poco el gobierno del presidente norteamericano Richard Nixon, en comandita con los altos rangos militares chilenos, ya llevaba tiempo conspirando para derrocar a Allende. Fue esta una etapa tensa que alcanzó su clímax con el golpe militar del 11 de septiembre de 1973. Por supuesto, también fueron años de fuerte reflexión y reacción política, por lo que surgen cuestiones que llevan a mirar con lupa y desconfianza las novas técnicas y herramientas comunicativas importadas en el mundo binario de la Guerra Fría. Era imposible mantenerse neutral ante los constantes bombardeos de propaganda.

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Pudo ser por esta razón que los autores del libro son tan cautelosos y a la vez tan corrosivos ante las tiras de Disney. Teniendo esto en cuenta, un escéptico pode llegar a pensar que el trabajo tiene un tono de ironía: todas las lecturas ideológicas de los personajes, los símbolos y sus circunstancias, contradictorias y por momentos contrarias a toda coherencia, no hacen más que resaltar que los títulos Pato Donald, Tío Rico Dineylandia no son más que subproductos de pésima calidad literaria y material. En las mismas condiciones otra reacción puede surgir (como señala Umberto Eco, en Apocalittici e integrati): Tío Rico como alegoría y caricatura de la avaricia y la acumulación de capital. Sin embargo esto no echa por tierra el hecho de que estos tebeos se tratan de productos industriales de consumo, se justifican de la filosofía del liberalismo económico a varios niveles (narrativo, creativo y material). Los escenarios, los personajes y los argumentos de las historietas son derivados y reciclados de otros productos de la casa Disney de mejor calidad y mayor publicidad (digamos cortometrajes o películas) con el objetivo de seguir moviendo el molino de dinero que da vida a la empresa cinematográfica, o sea, la fábrica de mensajes y sueños. ¿Y cuáles son estos mensajes, en las que insisten Mattelart y Dorfman? Normalización de la sociedad de consumo, sumisión a las autoridades, omisión de conflictos sociales y del sector secundario, inmovilismo, segregación por sexos, pureza de la asexualidad, conflicto como actividad lúdica, comercialización del exotismo, acumulación de capital sin consecuencia, cinismo, delincuencia como elemento aislado de la economía, etc. Así vemos que Disney quiere proteger a los niños, hundiéndolos en la ignorancia casi total del funcionamiento de los sistemas políticos, económicos y sociales. Como lectura infantil deja bastante que desear, y no se puede poner en duda que de algún modo, en vista de la supuesta clarividencia y certeza de los personajes, acabe siendo un documento adoctrinante o, en mi opinión, lobotomizante.

Pese a todo, hay que admitir que el estudio de Dorfman y Mattelart pasa por alto dos detalles importantes:

  1. ¿Quiénes eran los autores de las tiras? Voces disconformes  señalan que Walt Disney no tenía influencia directa en los guionistas de los cómics y que autores como Carl Barks crearon sátiras antiimperialistas.
  2. ¿Cuál era el contexto original de los tebeos? El Donald de los cómics se remonta a los EE.UU de los años 40, momento del que salen los iconos e ideas de las historias. Esto explicaría el contraste entre el Norte e el Sur de América y daría una nueva dimensión a la hipótesis de la exportación de propaganda conservadora.

Además yo no puedo presumir de estar inmunizado contra el encanto de Disney. Mi generación estuvo expuesta a la explosión de contenidos televisivos dirigidos a la infancia, que podríamos situar entre los 80 y los 90. Como observación propia y para enriquecer las anotaciones de Para leer al Pato Donald, quisiera destacar dos de estas series animadas: Duck Tales (1980) y Quack Pack (1996). La primera, una continuación o extensión de las aventuras del Tío Rico y los tres sobrinos; se mantienen la mayor parte de las ideas, aún en los 80, cuando aparece una importante cantidad de alternativas y nuevas tendencias en los medios de masas. Hoy en día una proyección de esta serie la revelaría como escapista, maniquea, moralizante y paternalista a ojos de un público adulto crítico que no tuviese contacto con ella en la infancia. Así es cómo la empresa de Disney expandió sus valores -no muy alterados desde los años 40- para acaparar la atención de los espectadores con una estrategia family friendly, y sin embargo fue esta actitud la que lo llevó a una crisis económica y de identidad a finales de los 80. En respuesta nace Quack Pack (1996), un intento de capitalizar el zeitgeist rebelde, «radical» y cool del ambiente pop de los 90 convirtiendo a los sobrinos en tres adolescentes problemáticos en constante conflicto generacional con se tío Donald, la autoridade totally uncool del show. A pesar de este cambio meramente estético hacia la transgresión de la norma (no iba más allá del vestuario à la mode, de un amago de jerga juvenil y otros clichés del momento), seguían presentes los logros del American dream: chalé en la zona residencial de las afueras, consumo como forma de ocio, maniqueísmo y escapismo. En su evolución como empresa y productora para las masas, Disney es maleable en apariencia, pues siempre está al servicio de sus intereses de acuerdo con las modas e lo políticamente correcto. Todas las ideas de la compañía son prescindibles en nombre de los principios que le dan vida: llegar al mayor público posible  vendiendo entradas, videojuegos, muñecos, DVDs y suscripciones a la televisión por satélite. El capitalismo y sus actores pueden ausentarse o quedar mal parados en la diégesis de los tebeos y las animaciones, pero estos siguen y seguirán siendo un producto de consumo masivo, perpetuador primero del sistema, enriquecido con un alto valor emocional que finalmente es la principal defensa de Disney frente a sus detractores.

No homo, bro

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Muestra de solidaridad con las víctimas del atentado de Orlando en París, 13 de junio de 2016. Geoffroy Van Der Hasselt/AFP/Getty Images

En noviembre de 2009 me disponía a salir del baño de un pub de Derry cuando el attendant junto al lavabo me llamó la atención: «¿Eres español?» Si la memoria no me falla se trataba de un ecuatoguineano venido a Irlanda desde España. Se ganaba la vida como podía para cuidar a su hijo y no tenía buen recuerdo de su paso por mi patria. Al parecer estuvimos hablando un rato largo, porque una amiga abrió la puerta para comprobar que no me había ahogado en la taza del váter. Cuando volvimos a estar solos mi interlocutor me preguntó si ella era mi novia. Le comenté que no era el caso, que de hecho mi colega era lesbiana. Pude ver su gesto de sorpresa ante revelación tan banal. La conversación perdió fuelle en el momento en que expresó su opinión de que a mi compañera le hacía falta un hombre. A mi réplica sobre la normalidad de las diferentes preferencias sexuales él confesó que nunca compartiría espacio con un hombre gay, no fuese a ser que este aprovechase para violarlo mientras durmiese. Caramba. Me despedí tras informarle educadamente que a lo largo de mi vida había pasado varias noches bajo el mismo techo que un homosexual y que jamás me había visto en la tesitura de que me quisieran separar las nalgas con intenciones aviesas. De vuelta en la mesa mis amigas no podían creerse que una víctima de la discriminación xenófoba no fuese capaz de ver esa misma repulsa en su actitud hacia los gays. Una cosa no quita la otra, me temo; cualquier persona puede ser homófoba, solo hace falta ignorancia.

Es un tópico destacar el descontento que algunos tienen con el Día del Orgullo: ¿Y por qué no un Día del Orgullo Hetero? Sin irnos muy lejos, encontramos buenas razones en la historia reciente de España, cuando el régimen franquista criminalizó la homosexualidad a partir del 15 de julio de 1954 al incluir a los homosexuales en el listado de indeseables dentro de la Ley de vagos y maleantes republicana. Durante la dictadura y parte de la Transición más de 5.000 personas, mujeres y hombres, fueron arrestadas por ser homosexuales, la mayoría ingresaría en prisión o en las llamadas colonias agrícolas entre uno y tres años bajo condena de trabajos forzados. El 6 de agosto de 1970 entró en vigor la Ley de Peligrosidad Social y Rehabilitación Social por la cual el gobierno fascista buscaba el tratamiento que curase la homosexualidad: ahora los invertidos detenidos se repartirían especialmente entre el penal de Badajoz (para los pasivos) y el de Huelva (para los activos), también eran destinados a otros centros, como el de Carabanchel en Madrid. Los reclusos no saldrían de la penitenciaría hasta cumplir penas que rondaban entre 3 meses y 3 años, dependiendo de cómo ‘mejorase’ su comportamiento. Las condiciones eran deplorables y muchos perdieron la cabeza al ver cómo su condena se prorrogaba constantemente. El calvario no acababa al salir de prisión, sino que se alargaba otro año durante el cual tenían que dar parte de su comportamiento ante las autoridades locales cada 15 días, lo que para muchos significaba estar lejos de sus hogares y familias. Para colmo los presos entraban a formar parte del registro de homosexuales peligrosos, como le sucedió a Antoni Ruiz, uno de tantos «pasivos» que fueron enviados a la cárcel de rehabilitación social de Badajoz aún tras la muerte de Franco. Se dice que en esta última etapa hubo reclusos que fueron torturados e incluso lobotomizados para reconducirlos por el camino recto de la heterosexualidad, si es que el tratamiento no los mataba. Para estas víctimas del franquismo no hubo amnistía durante la Transición; los últimos encarcelados por su orientación sexual fueron liberados en 1979. No fue hasta la llegada del nuevo siglo que sus antecedentes criminales fueron eliminados de los archivos policiales, así limpiando su nombre definitivamente.

Recientemente se oyeron voces disidentes en contra de la dirección mercantilista que está tomando la celebración del Día del Orgullo Gay. Quizás la actitud festiva ha ido apartando poco a poco el espíritu de protesta con el que se inició en Barcelona allá por 1977. En vista del avance del conformismo y de los constantes casos de violencia homófoba, dentro y fuera de nuestras fronteras, creo que el Orgullo debería acentuar mucho más su carácter de manifestación y de evento de concienciación social. Siguen existiendo nostálgicos y retrógrados incapaces de convivir con alternativas a la llamada heteronorma, por lo que se debe visibilizar la viabilidad de estilos de vida que no se ajusten a la moral puritana y conservadora. A todos nos beneficia exigir una educación sexual más completa, una en la que la sexualidad no sea tema tabú, una que haga obsoleto el arquetipo del macho patriarcal y que elimine los estereotipos y las falacias relativos al colectivo LGBTQ. Espero que algún día, no muy lejano, no exista la necesidad de celebrar el Orgullo y que este se convierta en un país (un mundo) donde la orientación sexual de una persona sea una trivialidad que solo importa a la hora de encontrar pareja. La sociedad no se va al garete si dos hombres van de la mano por la calle o, no lo quiera Dios, si dos mujeres crían a sus hijos en la intimidad de su casa. Y cabe recordar que mis amigos de la otra acera no me han dado por culo subrepticiamente y que vivo sin miedo a un apocalipsis marica donde camioneras feminazis me cortan la polla; más que nada porque resulta que muchas personas decentes son gays.

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Conchita Wurst durante el pregón del Orgullo de Madrid, 2 de julio de 2014. Carlos Rosillo