No homo, bro

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Muestra de solidaridad con las víctimas del atentado de Orlando en París, 13 de junio de 2016. Geoffroy Van Der Hasselt/AFP/Getty Images

En noviembre de 2009 me disponía a salir del baño de un pub de Derry cuando el attendant junto al lavabo me llamó la atención: «¿Eres español?» Si la memoria no me falla se trataba de un ecuatoguineano venido a Irlanda desde España. Se ganaba la vida como podía para cuidar a su hijo y no tenía buen recuerdo de su paso por mi patria. Al parecer estuvimos hablando un rato largo, porque una amiga abrió la puerta para comprobar que no me había ahogado en la taza del váter. Cuando volvimos a estar solos mi interlocutor me preguntó si ella era mi novia. Le comenté que no era el caso, que de hecho mi colega era lesbiana. Pude ver su gesto de sorpresa ante revelación tan banal. La conversación perdió fuelle en el momento en que expresó su opinión de que a mi compañera le hacía falta un hombre. A mi réplica sobre la normalidad de las diferentes preferencias sexuales él confesó que nunca compartiría espacio con un hombre gay, no fuese a ser que este aprovechase para violarlo mientras durmiese. Caramba. Me despedí tras informarle educadamente que a lo largo de mi vida había pasado varias noches bajo el mismo techo que un homosexual y que jamás me había visto en la tesitura de que me quisieran separar las nalgas con intenciones aviesas. De vuelta en la mesa mis amigas no podían creerse que una víctima de la discriminación xenófoba no fuese capaz de ver esa misma repulsa en su actitud hacia los gays. Una cosa no quita la otra, me temo; cualquier persona puede ser homófoba, solo hace falta ignorancia.

Es un tópico destacar el descontento que algunos tienen con el Día del Orgullo: ¿Y por qué no un Día del Orgullo Hetero? Sin irnos muy lejos, encontramos buenas razones en la historia reciente de España, cuando el régimen franquista criminalizó la homosexualidad a partir del 15 de julio de 1954 al incluir a los homosexuales en el listado de indeseables dentro de la Ley de vagos y maleantes republicana. Durante la dictadura y parte de la Transición más de 5.000 personas, mujeres y hombres, fueron arrestadas por ser homosexuales, la mayoría ingresaría en prisión o en las llamadas colonias agrícolas entre uno y tres años bajo condena de trabajos forzados. El 6 de agosto de 1970 entró en vigor la Ley de Peligrosidad Social y Rehabilitación Social por la cual el gobierno fascista buscaba el tratamiento que curase la homosexualidad: ahora los invertidos detenidos se repartirían especialmente entre el penal de Badajoz (para los pasivos) y el de Huelva (para los activos), también eran destinados a otros centros, como el de Carabanchel en Madrid. Los reclusos no saldrían de la penitenciaría hasta cumplir penas que rondaban entre 3 meses y 3 años, dependiendo de cómo ‘mejorase’ su comportamiento. Las condiciones eran deplorables y muchos perdieron la cabeza al ver cómo su condena se prorrogaba constantemente. El calvario no acababa al salir de prisión, sino que se alargaba otro año durante el cual tenían que dar parte de su comportamiento ante las autoridades locales cada 15 días, lo que para muchos significaba estar lejos de sus hogares y familias. Para colmo los presos entraban a formar parte del registro de homosexuales peligrosos, como le sucedió a Antoni Ruiz, uno de tantos «pasivos» que fueron enviados a la cárcel de rehabilitación social de Badajoz aún tras la muerte de Franco. Se dice que en esta última etapa hubo reclusos que fueron torturados e incluso lobotomizados para reconducirlos por el camino recto de la heterosexualidad, si es que el tratamiento no los mataba. Para estas víctimas del franquismo no hubo amnistía durante la Transición; los últimos encarcelados por su orientación sexual fueron liberados en 1979. No fue hasta la llegada del nuevo siglo que sus antecedentes criminales fueron eliminados de los archivos policiales, así limpiando su nombre definitivamente.

Recientemente se oyeron voces disidentes en contra de la dirección mercantilista que está tomando la celebración del Día del Orgullo Gay. Quizás la actitud festiva ha ido apartando poco a poco el espíritu de protesta con el que se inició en Barcelona allá por 1977. En vista del avance del conformismo y de los constantes casos de violencia homófoba, dentro y fuera de nuestras fronteras, creo que el Orgullo debería acentuar mucho más su carácter de manifestación y de evento de concienciación social. Siguen existiendo nostálgicos y retrógrados incapaces de convivir con alternativas a la llamada heteronorma, por lo que se debe visibilizar la viabilidad de estilos de vida que no se ajusten a la moral puritana y conservadora. A todos nos beneficia exigir una educación sexual más completa, una en la que la sexualidad no sea tema tabú, una que haga obsoleto el arquetipo del macho patriarcal y que elimine los estereotipos y las falacias relativos al colectivo LGBTQ. Espero que algún día, no muy lejano, no exista la necesidad de celebrar el Orgullo y que este se convierta en un país (un mundo) donde la orientación sexual de una persona sea una trivialidad que solo importa a la hora de encontrar pareja. La sociedad no se va al garete si dos hombres van de la mano por la calle o, no lo quiera Dios, si dos mujeres crían a sus hijos en la intimidad de su casa. Y cabe recordar que mis amigos de la otra acera no me han dado por culo subrepticiamente y que vivo sin miedo a un apocalipsis marica donde camioneras feminazis me cortan la polla; más que nada porque resulta que muchas personas decentes son gays.

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Conchita Wurst durante el pregón del Orgullo de Madrid, 2 de julio de 2014. Carlos Rosillo

Phantassie

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Hace más o menos dos años estuve viviendo una temporada en un híbrido de remolque y casa prefabricada en el concejo de East Lothian. Mi compañero y anfitrión era un carpintero oriundo del D.F. y tenía doble nacionalidad azteca y canadiense. Fue la primera persona que me ofreció porros en Escocia («¿Gallo?») y era el alma de la fiesta en tanto que era imposible pararlo tan pronto se ponía a bailar. Puede que fuese la morriña o la facilidad con la que me embelesan los acentos y jergas foráneos, pero tengo que admitir que se ganó mi cariño tan pronto me llamó ‘carnal’ al final de una noche de acuarelas y caleidoscopios. Se sumó a su encanto particular el amor que sentía por el dubstep, género con el que yo ya había tenido algún que otro escarceo amoroso durante la carrera. Unos meses más tarde me enteré de que casi pierde un pulgar manejando una radial. Hoy en día Vicente sigue sembrando buen rollo y dándolo todo en las fiestas de Edimburgo, con su dedo reimplantado, como si nada.

Mi hogar temporal estaba a kilómetro y medio del centro de East Linton, pueblo al que sólo podía acceder siguiendo un camino que atravesaba un campo de ejercicios de hípica, en mi memoria siempre abonado con mierda de oveja. El cercano río Tyne cortaba el pueblo en dos y su ribera formaba parte de la ruta John Muir, un paseo de gran valor paisajístico que incluye  las curiosidades arquitectónicas locales del molino de Preston y el palomar de Phantassie. Precisamente Phantassie era el nombre de la granja donde había estado trabajando como voluntario a través de la organización WWOOF para productos orgánicos y ecológicamente viables. Mi voluntariado había terminado a comienzos de junio, por lo que ya no disfrutaba de mi derecho a dormir en la pequeña caravana que había sido mi refugio durante poco más de mes y medio. No sé qué hubiese pasado si mi estancia se hubiese prorrogado unas semanas más, porque al parecer había un avispero en construcción dentro del armario; nice. Mi antigua casa con ruedas estaba situada en un campamento de caravanas que rodeaban un tráiler verde, una vieja cocina y comedor móvil para uso de los trabajadores. A este remolque lo llamaban The Goddess quizás por una asociación simbólica con la Madre Tierra, que nos cuida y alimenta… a la vez que puede jodernos la vida, como demostraban las ortigas que brotaban alrededor de nuestra diosa verde.

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Lo mejor de Phantassie eran sus empleados y voluntarios. Estaba Lizz, mi jefa, un ejemplo del humor y el sarcasmo escoceses; por mi cumpleaños me regaló dos libros: una novela de Stephen Fry y una edición en inglés de El amor en los tiempos del cólera, ambas con dedicatorias que a día de hoy hacen que me tiemble el morrillo. También estaba la australiana Happy —lovely Happy— la nueva encarnación de la contracultura hippie y una de las criaturas más amables (dignas de ser amadas) que he conocido. Hice buenas migas con Gary, un autodenominado hobo (vagabundo) de Glasgow memorable por su descaro y sus canciones, sobre todo por su versión de Across 110th Street. Guillaume, de Lyon, se vino desde Francia en coche (¿era un Citroën o un Peugeot?) y calculaba los límites de velocidad de millas/hora a km/hora por la cuenta de la vieja. También coincidí con la risueña Patricia, actriz sevillana que, junto a otras anécdotas, me contó cómo montó un follón al comer jamón en una comuna de hare krishna. Kim, alemana venida de Nueva Zelanda, era difícil de tratar, y lo más extraño de ella era su fijación obsesiva por las gallinas. Merece una mención especial Travis, un auténtico kiwi que parecía sacado de una peli de Mad Max. Y estos son solo algunos de muchísimos personajes con los que conviví en Phantassie: Hana, Lela, Cécilia, Sarah, Monica, Michala, Fiona, Moss, Cindy, Kevin, Skye…

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A veces echo de menos esas noches en las que la vejiga me pedía salir al campo de madrugada. Mientras la meada rociaba la hierba me quedaba embobado mirando el horizonte, negro sobre casi negro. Una madrugada, cuando el cielo se tornaba azul por el este, pude ver a unos 20 metros de mí una cabeza con cornamenta que me devolvía la mirada. Huyó saltando antes de que pudiese adivinar qué era exactamente. La magia de viajar se encapsuló en ese corto instante de duermevela, en los primeros piares de pájaros madrugadores y el brillo de esos ojos de presa astada. Los días de bajón siempre había alguien dispuesto a alegrarte, ya fuese con partidas de ping-pong o una sesión de dibujo y filosofía vespertina. Algún fin de semana fue obligatorio ir al pub del pueblo a bajarse unas pintas, y de paso preguntarse por qué entre los juegos de mesa tenían a elegir el Twister. En otra ocasión fuimos a Edimburgo en el coche de Vicente, con un mix de dubstep retumbando en los bafles; ya en el garito (sesión de minimal/techno/acid) un tipo sudoroso me dijo que el MDMA le hacía hablar con desconocidos. You don’t say, mate?

Destaquemos este episodio del Studio 24, shall we? Afuera, lejos de los bucles insípidos del techno/minimal/acid/whatever, conocí a dos gallegos que estaban currando en Edimburgo. Como yo, las circunstancias económicas de la patria los obligaron a buscar trabajo en el sector servicios del Reino Unido. Muchos salen de la universidad o de formación profesional con lo justo de inglés para lanzarse a la aventura. Todos conocemos a alguien que ha encontrado mejores oportunidades en el extranjero, ya sea de lo suyo o de hosteleria. Muchos son curros en ETTs donde el sueldo es justo para permitirse vivir en un pisito compartido en Leith o en cualquier otro barrio obrero de Europa o América. Las pasan putas y luego se los trata como ciudadanos de segunda en el país de origen; y para colmo al final vienen cabezas cuadradas nacionalistas como los del UKIP a decirles que no hay sitio para usurpadores. Son tiempos jodidos en los que muchos tenemos la soga al cuello y estamos dispuestos a hacer lo que sea para evitarnos la miseria. Emigrar es un último recurso y a la vez un acto de protesta: pone en relieve el estado deplorable de un país cuya población se ha convertido en mercancía a repartir entre los conglomerados empresariales que se confunden con legisladores y altos funcionarios. Al final todo se reduce a hacer circular la moneda de cambio dentro de esa ilusión que es el consumismo global, donde el valor se expresa en números y en beneficios potenciales. No eres un ser humano consciente de tu condición en el mundo, sino otro engranaje prescindible en la maquinaria del cajero automático de una sucursal de un banco exclusivo para las élites. No hay derechos, hay CVs crecientes que repartir y una ansiedad que se alimenta de la incertidumbre. Arbeit macht frei, vivir es trabajar y trabajar es desvivirse para malvivir. El único consuelo que queda en este conato de distopía es que puedas sufrir en buena compañía. Viva. Bravo. Y si acaso un hurra.

Es increíble pensar que puedes sentirte más seguro lejos del hogar donde creciste.

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Radix malorum est cupiditas

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Hace unos meses tuve la oportunidad de vivir una temporada en Madrid. La razón del viaje a la capital no fue otra que la búsqueda de un trabajo que me permitiese ahorrar lo suficiente para acabar mis estudios. Pensaba que allá la oferta de empleo sería mayor y que podría sacarme algunas perras de algún curro poco degradante. Tan pronto anidé en el sofá cama de una amiga, me sumergí en las páginas de anuncios y comencé a enviar CVs a todas las empresas que se ajustasen a mi perfil: bachiller y estudiante universitario sin título pero con experiencia remunerada en emisora de radio y en huertos orgánicos. Pobre iluso, reímos a coro.

La primera llamada llegó de Cristina, representando a BySunrise. Quedamos en hacer una entrevista pocos días después en las oficinas de la calle Cronos, dentro del distrito de Ciudad Lineal, según ella. Una consulta posterior reveló que la oficina en realidad está situada en San Blas-Canillejas. En vista del equívoco y de la ausencia de la identidad del empleador en el texto del anuncio, decidí presentarme en el lugar un día antes de la cita para reconocer el terreno y de paso amortizar el Abono Joven del metro: Lucero, Alto de Extremadura, Puerta del Ángel, Príncipe Pío, Ópera, Callao, Gran Vía, Chueca, Alonso Martínez, Rubén Darío, Núñez de Balboa, Diego de León, Ventas, El Carmen, Quintana, Ciudad Lineal, Suanzes. Efectivamente las oficinas estaban en Cronos número 10, 2ª planta, en el interior de un edificio que poco destacaba por su fachada cenicienta y el bar irlandés a pie de calle, único símbolo de ocio en un polígono industrial gris y hostil con el viandante. Suanzes, Ciudad Lineal, Quintana… Resueltas mis dudas volví puntual al día siguiente (Lucero, Alto de Extremadura, Puerta del Ángel…) y descubrí la trama, porque no puedo darle otro nombre. ¿Dónde te metes, alma de cántaro?

Me convertiría en comercial colaborador de BySunrise Sales Force S.L. Concretamente mi labor consistiría en captar y fidelizar clientes para Gas Natural Fenosa, previo período de prueba no remunerado. Realizaría ventas a puerta fría, o sea, me presentaría en hogares y en pequeños negocios y, con nula formación sobre ventas y marketing, compararía el servicio eléctrico actual del inquilino/residente/empresario/cliente con ofertas de la compañía eléctrica que yo representase. Cada día viajaría a una localidad diferente de la Comunidad de Madrid con una pareja asignada; si ninguno de los dos poseía coche, tomaríamos el transporte público, para aprovechar mi abono. Mi horario laboral sería «flexible», con 8 horas diarias de lunes a viernes. Sobre ser «colaborador»: debería darme de alta como autónomo y recibiría un porcentaje de las ganancias de BySunrise que variaría en función del número de clientes que canalizase hacia los servicios de Fenosa.

La sonrisa desapareció de la cara de Cristina cuando me explicó rápidamente los pormenores del no contrato. Más que una entrevista me habían hecho una propuesta bastante extraña. ¿Qué cojones hago yo haciéndome autónomo para predicar la cobertura eléctrica de una multinacional que ni siquiera me tiene en plantilla?

Ese mismo día aparece en mi bandeja de entrada un mensaje de Progedsa, otra subcontratada. Google me previene de esta nueva oferta: enfrentamientos con la CNT, reclutamientos turbios, prácticas cuestionables y comportamiento sectario. Sin ir más lejos, hace unos años Antena 3 y el difunto canal Veo realizaron reportajes sobre empresas semejantes, si no la misma, y es que descubro que esto viene sucediendo como mínimo desde 2005. Progedsa aparece inmediatamente como un ente tóxico que se aprovecha, primero, de la desesperación de parados y jóvenes sin experiencia, y, segundo, de la ingenuidad de muchas personas que reciben a estos comerciales en sus hogares. Hurgando un poco más descubrimos que este fenómeno tiene nombre genérico: falsos autónomos. El blog citapreviainem.es advierte sobre estos contratos mercantiles, en el que básicamente el trabajador es despojado de sus derechos como autónomo  a la vez que se desloma igual o más que un asalariado. El empleador no cotiza a la seguridad social, no hay vacaciones ni días libres, no existe un sueldo fijo y no hay ningún tipo de compensación por despido. Esta situación es ilegal y, sin embargo, anuncios como el que me llevó a BySunrise siguen apareciendo en portales de búsqueda de empleo. Y sabiendo la irregularidad de todo esto, ¿cómo es posible que haya gente que siga cayendo en esta trampa? ¿Cómo afecta a a las estadísticas de empleo? ¿Por qué este escándalo no salpica a las grandes multinacionales que están detrás de estos facinerosos?

No existen muchos datos objetivos o críticos sobre BySunrise fuera de los boletines oficiales y la propia página de Gas Natural Fenosa, así que me propuse investigar por mi cuenta. Finalmente encontré dos direcciones diferentes para su oficina central, ninguna dentro de la ciudad de Madrid. Esto me hizo sospechar que las personas de Cronos 10 podrían ser un grupo de timadores que actuaban bajo el nombre de la empresa real. De nuevo, menudo ingenuo. Tomé el cercanías hacia Alcalá de Henares, primera parada en el barrio de La Garena: en el número 5 de la Avenida de Juan Carlos I no aparece por ninguna parte el cartel de BySunrise o de Gas Natural, preguntando a una vecina supe que habían trasladado el negocio a otro local, esta vez en el centro de Alcalá. Un cartel en un escaparate confirma la segunda dirección: «Vía Complutense 42, posterior. Entrada por plaza Avenida Guadalajara 5». Se trata de una sucursal de atención al cliente donde se tramitan servicios de alta y de modificación de servicios. Entré e inmediatamente después de saludar una mujer de uniforme me pidió que cogiese número. Petición absurda si tenemos en cuenta que dentro no había más personas que yo mismo y los empleados. Me dirigí al escritorio de la misma mujer y le pregunté sobre la llamada que había recibido acerca de una entrevista de trabajo en Cronos… «Cronos 10», completó ella. Me confirmó que efectivamente la empresa buscaba comerciales y que no había razón para desconfiar. A la pregunta de por qué no figuraba BySunrise en la oferta, ella se encogió de hombros y no supo o no quiso responderme, simplemente insinuó que la razón era evidente. La verdad, muy a mi pesar, es que los timadores trabajan para la eléctrica, responsable directa de los beneficios de esta estafa. La única esperanza que me queda es que BySunrise no sea tan sectaria como la infame Progedsa.

Vienen a cuento las recientes declaraciones de Juan Rosell al respecto del futuro de la vida laboral en España, que básicamente vienen a decirnos que la precariedad es el bastión del progreso. Este discurso de superación diaria —que me recuerda al del capitalismo luterano— pierde bastante credibilidad si tenemos en cuenta el legado del que se beneficia el empresario. No digo que este hombre no haya dado un palo al agua en su vida, pero es obvio que por muchos riesgos que asuma siempre tendrá una red de seguridad en su familia. El ideal de este burgués de libro es que todo español sea un autónomo incansable que salta de encargo en encargo, hipotéticamente haciendo una fortuna en un ambiente de competitividad constante e impasible. Teniendo en cuenta la indefensión que hoy en día sufre la clase obrera en España, cuesta imaginar que este futuro ideal pueda existir en una sociedad donde corporaciones e incluso algunas PYMEs son capaces de engañar, estafar y desinformar con tal de rascar en busca de la mínima ganancia. El neoliberalista es una criatura amoral que solamente actúa por y para su propio beneficio, sin tener en cuenta la escasez de recursos o los desequilibrios sociales. Nos gusta pensar que estos gigantes acabarán por derrumbarse bajo su propio peso, pero esto es prácticamente una quimera si el colectivo social no se conciencia y actúa. Lo peor de todo es que muchas facetas de nuestro modo de vida alimentan este despropósito, la principal sería el conformismo seguida por ámbitos de consumo que perpetúan los comportamientos delictivos, inmorales y destructivos.

«Si no te gusta, es lo que hay» es un mantra que se repite mucho en las historias de fraude laboral. «Lo que hay» es el derivado de una gran falacia a la que uno se somete voluntariamente o a coacción de ciertos agentes. Dependemos tanto de nuestro bienestar que a la mínima señal de conflicto nos encogemos y nos retiram1os a nuestra madriguera. Si queremos cambiar pero no somos capaces de cuestionar el anterior aforismo, incluso podemos adoptar la postura filosófica del Sr. Rosell y pensar: si actúo hoy podría labrarme un futuro mejor para mí y mis conciudadanos. Los tiempos mejores para el trabajador no volverán por causa de una fuerza invisible y benévola. La fortuna, por consiguiente, hay que ganársela en otros frentes tan importantes como la economía. Implícate y toma las riendas de tu vida, porque la política rige todos los aspectos de tu vida y la de millones. Protesta, denuncia y desenmascara a los farsantes en el escenario de la res publica, porque solo si el público tiene conciencia de la injusticia entonces el problema se hace más real.

Se acercan las elecciones. Vosotros veréis si elegís al caos bueno, al caos neutral o al caos maligno.

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Fotos movidas. Grabaciones saturadas. Un cardenal por brazo y viernes de resaca. Un momento dichoso dilatado en tres años de Éxtasis y uno de amnesia. Bailábamos ciegos y sordos, encadenados por los golpes que se daban nuestros cuerpos entre sí. Unidos en un coro de Mierda de ciudad sobre el Gaudeamus igitur. Éramos mis hermanos (sin parentesco) y yo, y que ardiese el mundo.

Y en el momento en que dejamos de vernos a diario me despedí de mi juventud. La parca reclamó el tiempo suspendido, pero no pude reclamar el título de mi madurez. Desde entonces he vivido bajo un umbral. Un impasse burocrático prorrogado por mi deseo de revivir el pasado, de mejor manera, para tallar un presente ideal. Hoy sé, demasiado tarde, que la nostalgia es lento veneno.

Al final de aquel verano volví a la carga. Me ahogué en una soledad autoimpuesta, la penitencia por mi desidia. Fracasé de nuevo por todo lo que me estaba devorando por dentro, tanto el alma como la carne misma. Para el dolor de la realidad encontré mi opio particular en las escapadas. Me rendí. ¿Por qué? La razón era yo mismo, sin más. ¿Cómo destruirse y empezar de nuevo?

Seguramente fue la desolación de la meseta la que me inspiró en la víspera del nuevo año: viajaría a tierra de flores de cardos, a buscarme en el ciclo de la semilla y el estiércol. No sé si logré transcender a base de apreciar esta metáfora a diario, pero al menos reuní fuerzas y lana para volver a las aulas. El optimismo me hizo precipitarme con mayor fuerza. Resultó ser otra derrota estrepitosa en casi todos los frentes, que ya empezaban a ser pocos. Ya apenas había nada en juego, pues se acumulaban las pérdidas.

El último verano se filtra en mi memoria dejando nombres de calles desconocidas, regresos a un río de inocencia, las agujetas de la envidia, proyectos hechos jirones y hechos añicos, la parálisis de la potencialidad, huidas a los tiempos del Éxtasis, el arte de perder el tiempo, una calavera entre un tulipán y una ampolleta, la angustia bajo la careta impasible y el alivio del sueño.

En la capital fue donde me carbonicé por completo. Una nueva huida se convirtió en un siniestro total; colisión frontal contra mis miedos de inactividad y necesidad. Podría resumir el viaje en la figura del mendigo tambaleante de barbas canas en la línea 6, tras ver que su reiterado relato de frío y calamidades no sacaba a la luz limosna alguna: «Gracias por su miserabilidad».

Vivimos en constante disonancia cognitiva, exigimos soluciones a problemas al mismo tiempo que repelemos o ignoramos las consecuencias de estos. La responsabilidad se difumina en un efecto espectador a gran escala. Yo voy a tomar las riendas. Tengo una misión didáctica para mí y para con la sociedad. No tengo credenciales, pero sí formación y un código deontológico.

Voy a redescubrir el mundo hasta hacerme daño.