Cans sen dono

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Desde lejos ya se podían oír ecos de ladridos entre eucaliptos y fentos. Escondida tras las curvas de la carretera que serpentea la zona forestal entre Bueu y Moaña está la Protectora de Animais do Morrazo. Una puerta metálica se abre al camino de tierra, lacerado por los recientes chaparrones primaverales, y da paso al recinto de hormigón. A primera vista es un solar de poco más de un quilómetro cuadrado repartido en diferentes cuadrantes separados por verjas. Los restos de una estructura de cobertura a dos aguas coronan el patio de casetas de techo de uralita donde los residentes, tumbados sobre palés, pueden protegerse de la lluvia y el sol. En el suelo de la entrada las uñas de los peludos resuenan cuando corretean y saludan a las visitas. Los rabos baten sin tregua el aire húmedo y algunos intentan asomar el hocico por el enrejado. Varios pares de ojos castaños, brillando con ansia ingenua, vigilan atentamente a los bípedos recién llegados.

DSC_0096 Laura trabaja en la Protectora y me explica cómo funciona. El refugio se trata básicamente de un lugar de paso para perros extraviados o abandonados, o por lo menos ese es su propósito ideal. Por ley, los ayuntamientos están obligados a cubrir la recogida de animales abandonados. Las empleadas realizan un servicio a la comunidad pagado por los concellos de Bueu, Moaña y Cangas. Normalmente son los vecinos, la policía o el  Seprona los que contactan con el personal de la asociación en cuanto se localiza un perro sin compañía o víctima de maltrato. Acto seguido las trabajadoras entran en acción recogiendo al animal ―lo cual puede llevar días en caso de animales asilvestrados― para su posterior traslado al recinto del monte. En caso de abandono, se intenta localizar a la familia decodificando la información del chip que el perro está obligado a tener. De no haber chip de identificación, se publican anuncios en redes sociales y cuelgan carteles por las localidades cercana. Si al cabo de unas meses no aparecen los dueños, se procederá a la castración y al ingreso indefinido del perro. Actualmente la Protectora do Morrazo se encarga de la manutención de alrededor de 70 perros dentro de la instalación, a los que se suman otros 30 en viviendas de acogida, donde residen los que precisan de una atención constante debido a problemas de salud o a una intervención quirúrgica. No es su labor sacrificar perros, como sucede en las perreras, sino cuidarlos hasta el momento de su adopción o, en el peor de los casos, hasta que el animal muere. Una de las perras más veteranas lleva 9 años tras las verjas, y es preocupante saber que a medida que envejece y se deteriora su salud tiene menos posibilidades de encontrar una familia.

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La vida de los perros ingresados es difícil. Lo primero es acostumbrarse al nuevo entorno. Convivir con perros que no forman parte del ambiente familiar es complicado, por lo que hay que introducir al animal poco a poco en la manada, un proceso que requiere mucha paciencia y que puede requerir varios meses de tratamiento aislado. No se debe forzar la integración del nuevo inquilino, pues podría haber una reacción de rechazo que solo sirva para alargar su angustia. Existe la posibilidad de que perros traumatizados y salvajes, en estado de shock tras verse atrapados entre cuatro paredes, jamás sean capaces de acostumbrarse a compartir espacio en un lugar que perciben como opresivo. A pesar de los atentos cuidados de las trabajadoras y de la ayuda de voluntarios, el refugio siempre será una cárcel a los ojos de estas pobres criaturas. La mejor manera de combatir la claustrofobia y la ansiedad son los paseos regulares que les ofrecen los voluntarios. Por supuesto, un buen hogar donde se atiendan las necesidades de sus mascotas es la mejor cura para la depresión de los canes. La estancia en la protectora es una etapa en el tránsito hacia la solución al problema, que es la familia de reciba al perro.

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La actividad solidaria de la Protectora do Morrazo comenzó en 1993, cuando tras años de organizar adopciones de perros desde su hogar y de presionar con exigencias, Lela, la primera directora de la protectora, logró que el ayuntamiento de Moaña la ayudase a financiar el proyecto y a construir las primeras casetas. Hoy en día, con una nueva directiva y un espacio mayor, dos trabajadoras son las principales encargadas de limpiar las instalaciones, de reabastecer pienso, herramientas, enseres y materiales, y de recoger, transportar y asegurar la salud de los animales. Claramente el personal es insuficiente en un ámbito tan exigente, donde pueden surgir complicaciones impredecibles en cualquier momento. Lo que es peor, en las malas rachas el refugio puede endeudarse con los veterinarios, un gasto que los ayuntamientos no cubren inmediatamente. El estrés se ve aliviado por la intestimable labor de los voluntarios que emplean su tiempo libre en pasear a los perros, traer pienso e incluso ofrecer el coche para hacer una visita al veterinario, sin recibir nada a cambio. Más que un empleo o un pasatiempo, es una pasión en la que hay que invertir tiempo, esfuerzo y dedicación en grandes cantidades. Hay un desgaste motivacional constante que se refuerza con los comportamientos más inhumanos, gajes del oficio.

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Lo más triste es la actitud de algunas personas, ya sean los amos que se ahorran el precio del chip (entre 40 y 70 €) o los maltratadores. El maltrato en concreto tiene varias facetas, como los cazadores que abandonan sus podencos cuando ya no les sirven o tan pronto acaba la temporada de caza, esos desalmados que extirpan los chips del cuello de sus mascotas o, un ejemplo reciente, el energúmeno de Bueu que daba palizas a sus Amstaff, ahora a salvo en una casa de acogida. La cría clandestina es otro negocio ilegal que deriva en el sufrimiento animal: con suerte no va más allá de criadores carentes de permisos legales, pero a nivel de mafias podemos hablar de granjas donde a las hembras de raza las hacen parir una camada tras otra, en las peores condiciones imaginables y sin poner límites a la consanguineidad. Tampoco está de más nombrar a aquellos irresponsables que cada verano, en vista del incordio en que se ha convertido el cachorro de navidad o de la llegada de las vacaciones, dejan a sus mejores amigos en las cunetas. Este año la Xunta de Galicia ha aprobado el Anteproyecto de Ley de Protección y Bienestar de los Animales de Compañía y, si sigue adelante, por fin podría significar una mayor protección contra estas y otras prácticas dañinas.

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Por ahora existen personas concienciadas y con la firme iniciativa de ahorrarles sufrimientos a estos peludos. Un poco de cariño puede significar mucho en este recinto gris. Negocios locales, como la librería O Pontillón ofrecen descuentos a sus clientes a cambio de pienso destinado al refugio y a las casas de acogida. También existe el Grupo ACOPO, encargada de anunciar a través de su blog los animales que necesitan un hogar en la provincia de Pontevedra. Y dejémonos ya de rodeos: muchos de los perros de la prote no gozan de perfecta salud ni tienen pedigrí, y es su vulnerabilidad la que debería urgirnos a echarles una mano. La calidad de vida que ofrezcan unos dueños responsables —insisto, ‘responsables’—puede conducir a la recuperación del perro, o al menos le dará la oportunidad de vivir en paz lo que le quede de vida. Si vives por la zona do Morrazo pero no puedes permitirte tener otra boca que alimentar, tienes otras posibilidades de ayudar: apadrinar a un can desde 5 € al mes, hacerte socio y pagar una cuota anual, e incluso puedes colaborar con 1 € mensual a través de la plataforma de Teaming. Consulta la web y la página de Facebook de la Protectora de Animais do Morrazo para obtener más información. Finalmente, a los que no estáis en la zona las Rías Baixas os animo a descubrir vuestras protectoras locales y a darles una alegría a estos bichos tan entrañables.

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Actualización 3/6/2016: Se han corregido algunos datos que podrían dar lugar a equívocos: la situación de los American Staffordshire y la identidad de la fundadora y primera  directora de la prote.