2049

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Tras la publicación del Final Cut en 2007, parecía que el legado de Blade Runner (1982) estaba por fin sellado: retoques digitales, un filtro de color y la canonización definitiva de la polémica secuencia del unicornio. Cuatro años después Alcon Entertainment anunciaba su interés por producir nuevas entregas tras adquirir los derechos de la franquicia. En 2011 se hablaba de que Ridley Scott repetiría su papel como director en la secuela, sin embargo en 2014 Scott dejó claro que finalmente actuaría como productor ejecutivo de la cinta, ya que estaba suficientemente enfrascado en la realización de The Martian (2015) y Alien: Covenant (2017). No fue hasta 2015 que eligieron a un prometedor cineasta canadiense para dirigir la esperada continuación: el quebequés Denis Villeneuve.

Desde las buenas reseñas de Prisoners (2013), Villeneuve se había hecho un hueco de renombre en la industria cinematográfica estadounidense. Previamente había destacado en su país de origen con Incendies (2010), nominada a un Oscar y a un BAFTA además de laureada con numerosos galardones internacionales. Su talento y su savoir faire acabaron por confirmarse mundialmente en una racha de excelentes trabajos aclamados por la crítica y muy beneficiados en ventas: Sicario (2015) y Arrival (2016). El canadiense dejó patente su carácter artístico: un estilo visual elegante y cuidado, por momentos muy estilizado mediante composiciones y colores que trabajaban conjuntamente para provocar la mayor cantidad de impactos en el imaginario del espectador. Por otra parte, parece que Villeneuve prefiere trabajar en base a guiones repletos de escenas y personajes brutales e icónicos, y de ideas grandilocuentes que rechazan clichés en pos de traicionar las expectativas del público. Un ejemplo paradigmático sería Enemy (2013), una obra surrealista estructurada en un ciclo aterrador, inspirada en la novela O homem duplicado (2002) del portugués José Saramago. En lo que respecta a la segunda parte de Blade Runner, Villeneuve comentaba en una entrevista que desde el inicio de su contratación contaba con todo el apoyo y la confianza de los creadores originales y de los mecenas. Disponía de carte blanche, total libertad creativa para dar vida al guión; no obstante sería el responsable último del resultado final, ya fuera un éxito tremendo o un rotundo fracaso. Poca broma. Ahora sabemos que el resultado de su labor lo ha catapultado aun más alto y que en consecuencia está preparando una nueva adaptación de Dune (1965), el primer libro de la saga del planeta Arrakis creada por Frank Herbert.

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El rodaje se efectuó entre julio y noviembre de 2016 en Budapest, entre los Korda Filmstúdió y los estudios Origo. Desde hace unos años Hungría se ha convertido en el escenario de muchas producciones gracias a las ventajas fiscales y a las preciosas localizaciones que el estado húngaro ofrece a los cineastas. Entre los procesos de grabación y de post-producción nos encontramos con un nombre muy venerado en el ámbito audiovisual: el director de fotografía  y amo de la luz Roger Deakins. Uno de los estrechos colaboradores de los hermanos Ethan y Joel Coen, Deakins ya había trabajado con Villeneuve en Prisoners y en Sicario, dos filmes muy diferentes pero que comparten un apartado visual impresionante, el primero centrado en el drama personal y el segundo más enfocado a crear paisajes y entornos opresivos. En vista de la imposibilidad de emular las luces de la Blade Runner original, Deakins optó por llevar la luz a su terreno de juego: cámaras digitales, énfasis en formas geométricas arquitectónicas, iluminación natural en exteriores, escenarios y escenas diferenciados cromáticamente, y la manipulación de niebla, humo y sombras. Las imágenes deseadas, empero, no siempre podían capturarse con lentes, por lo que había que acudir a los expertos en efectos especiales, entre ellos el afamado Weta Workshop, el taller neozelandés que hizo realidad las criaturas y los paisajes de la Tierra Media en las dos trilogías tolkienianas de Peter Jackson. Maquetas, simulaciones climatológicas, captura de movimiento, retoques digitales, modelos y animaciones 3D, y una infinidad de herramientas de tecnología puntera que aportaron el toque de realismo al futuro imposible.

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En octubre de 2017 se estrena mundialmente Blade Runner 2049, la segunda parte de la versión cinematográfica del universo ideado por Philip K. Dick en la novela Do Androids Dream of Electric Sheep? (1968). Este mundo distópico está construido sobre el zeitgeist de principios de los años 80: el acelerado sistema capitalista permitió el desarrollo explosivo de la tecnología espacial, siempre de la mano de la carrera armamentística de la Guerra Fría. Cuando la humanidad entró en el siglo XXI ya se habían colonizado numerosos planetas dentro y fuera de nuestro sistema solar. La Tierra, superpoblada y contaminada, acabó por convertirse en un yermo repleto de vertederos y zonas devastadas por la guerra nuclear. La desmesurada explotación agraria, la radiación antropogénica y el cambio climático llevaron a la extinción a gran parte de la biodiversidad terrestre. Los humanos se vieron obligados a hacinarse en ciudades estratificadas, divididas verticalmente en niveles diferenciados por clases sociales. La necesidad de explotar nuevos y cuantiosos recursos extraterrestres impulsó la producción de replicantes, mano de obra genéticamente desarrollada para realizar las labores más exigentes y peligrosas de las colonias. La empresa que más se benefició de la fabricación de estos esclavos artificiales fue la Corporación Tyrell, bajo el eslogan «más humano que los humanos». Sin embargo algunos replicantes, superiores a sus amos en capacidades físicas e intelectuales, eran capaces de ignorar su programación y huir de sus dueños. Ante esta posibilidad se aplicaron dos medidas: limitar la longevidad de estos sirvientes a unos pocos años y contratar mercenarios especializados, conocidos como blade runners, para localizar y retirar a los fugitivos.

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La tecnología ficticia de 2049 es un híbrido entre lo analógico y lo digital, desarrollada en una especie de civilización fetichista que se ha construido sobre prototipos de la década de 1980. En el aspecto narrativo y literario de la película, esta faceta del escenario no deja de ser poco más que un recurso estético. El cine es un texto articulado mediante lenguaje predominantemente visual, por lo que es necesario que las acciones que mueven la trama hacia su conclusión se representen como imágenes. A medida que los dispositivos digitales han ido apareciendo en largometrajes y series, muchos cineastas se han dado cuenta de que poner personajes delante de una pantalla y desarrollar la historia mediante textos en una computadora traiciona los principios del espectáculo cinematográfico. Las acciones de los personajes marcan el ritmo que pone en marcha la cadena de sucesos que forman el argumento, por lo que han de someterse a la dictadura del medio y, en consecuencia, ser ilustrativas y estimulantes visualmente. En 1982, cuando los ordenadores todavía no habían dejado obsoletos otros inventos mecánicos, tenía sentido proyectar las torpes máquinas de entonces en el 2019 de Blade Runner. ¿Y qué hacer para 2049?

¿Cómo paralizar el progreso científico lógico en un espacio de 30 años? La solución del equipo creativo fueron los sucesos de Blade Runner: Black Out 2022 (2017), un cortometraje de animación escrito y dirigido por Watanabe Shinichirō. El corto, disponible en streaming, está ambientado en Los Ángeles de 2022, cuando un atentado perpetrado por un grupo de replicantes revolucionarios provocó un pulso electromagnético que inutilizó los aparatos eléctricos y dañó los registros digitalizados de la ciudad. Este hito histórico, además de paralizar la fabricación de replicantes durante más de una década y llevar a la Corporación Tyrell a la bancarrota, puso en evidencia la fiabilidad de los soportes electrónicos. Este constructo diegético, por tanto,  permite desarrollar un nexo y una coherencia estética entre el filme original y el nuevo.

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La coherencia temática también se mantiene de un episodio a otro. Dos buenos guionistas, el retornado Hampton Fancher y el polifacético Michael Green, garantizan la continuidad entre cintas: el racismo sistemático, la economía esclavista, la insostenibilidad del sistema capitalista neoliberal, la condición del ser humano, etc. Sin embargo, bajo todos estos conceptos subyacen símbolos y mensajes distintivamente unidos a las religiones judeocristianas. Ridley Scott admitió haber influenciado enormemente la historia de 2049; dato que, conociendo su fama de ególatra controlador no extraña demasiado. Atendiendo a su filmografía, se intuye que una de las inquietudes que definen las tramas de sus metrajes es el conflicto sirviente-amo  —como se puede ver en Gladiator (2000) y en Exodus: Gods and Kings (2014)—, o creador-criatura —en Prometheus (2012) y Alien: Covenant (2017). Por extensión, muchos de sus trabajos hacen alusiones, implícitas o explícitas, al credo cristiano como la filosofía inherente a la virtud y a la trascendencia moral, ética y espiritual. Esta tesis también la encontramos en 2049 en forma de referencias a textos sagrados, a paralelismos narrativos y a estampas que imitan las representaciones pictóricas de la mitología abrahámica.

Uno de los personajes más importantes, Rachael, comparte nombre y circunstancias con Raquel, esposa de Jacob. Tanto una como otra son, en un principio, infértiles hasta que la figura del padre creador (Eldon Tyrell y Yahweh, respectivamente) les concede el don de la fecundidad para engendrar a los futuros líderes de su singular estirpe. Sin ir más lejos, el fruto de Rachael y Deckard recibe el mismo trato que Cristo: un personaje mesiánico que las autoridades quieren destruir cuanto antes para mantener el statu quo y frustrar la rebelión de los oprimidos. A este respecto, todos los replicantes, desde Roy Batty hasta Sapper Morton, representan mártires inmolados y santificados en la lucha por ser reconocidos como iguales. El lema de Tyrell se transforma en «morir por la causa justa es lo más humano que podemos hacer», una  alusión al martirio como medio hacia la constitución de la sociedad deseada, así concordando con los santorales de las religiones abrahámicas. Dicho esto, Niander Wallace se expresa mediante cháchara bíblica y se refiere a sí mismo como un dios frustrado. Vayamos por partes: Wallace desciende de su particular Reino de los Cielos, las colonias espaciales; presume de ser Sumo Hacedor, como fabricante de replicantes, la raza que ha permitido el avance de la civilización humana; concede el maná de sus granjas de proteínas; posee omnisciencia en forma de cámaras extracorporales que remedian su ceguera, y lidera su propio séquito celestial en la Tierra, o sea, Luv, su arcángel ejecutor. Quizás resulte algo confuso y contradictorio, pero, en conclusión, Wallace representa un dios corrupto o falso, realmente un empresario megalómano, que perturba el orden natural, a lo verdaderamente divino: la igualdad de humanos y replicantes en la creación.

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Una obra de Vladimir Nabokov también es parte de la metatextualidad de Blade Runner 2049. Pale Fire (1962), de por sí un texto metaliterario, contiene el poema homónimo del ficticio John Shade. En esta composición el autor relata sus intentos por descubrir el más allá tras leer sendas poesías de dos personas que, al parecer, habían compartido la misma visión cuando estuvieron al borde de la muerte: una alta fuente blanca (a tall white fountain). Cuál es la sorpresa de Shade cuando por fin le revelan que uno de estos cantos presentaba una errata que cambiaba por completo el significado original: una alta montaña blanca (a tall white mountain). En 2049, ‘K’ toma prestados y recita esos versos cruciales que definen y delatan su arco argumental:

And blood-black nothingness began to spin
A system of cells interlinked within
Cells interlinked within cells interlinked
Within one stem. And dreadfully distinct
Against the dark, a tall white fountain played.

Por si fuese poco, en uno de los dos cortos promocionales dirigidos por el hijo de Ridley, Luke Scott, también se echa mano de bibliografía para dar complejidad a los personajes. En 2048: Nowhere to Run, Sapper Morton regala a una niña un ejemplar de The Power and the Glory (1940), de Graham Greene. La novela está ambientada en Tabasco y narra el martirio de un sacerdote católico perseguido por el gobierno socialista mexicano durante los años que siguieron la Guerra de los Cristeros. No hace falta añadir mucho más para favorecer una lectura religiosa de 2049.

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Blade Runner 2049 es la secuela perfecta, superior a su antecesora en todos los aspectos. Por supuesto, el tiempo ha favorecido al producto más reciente, cuando las técnicas cinematográficas, en combinación con las últimas tecnologías en efectos visuales, ya pueden reproducir estas distopías cyberpunk con todo lujo de detalle. Las comparaciones son odiosas, así que diplomáticamente se puede decir que ambas cintas, cada cual por su parte, destacan por méritos propios. Es muy pronto para saber cuál de las dos será recordada con mayor admiración, pero desde aquí apostamos por las dos horas y cuarenta y tres minutos de Denis Villeneuve. El arte emana de obras colectivas, y es el cine, disciplina que requiere del esfuerzo combinado de cientos de artesanos para su realización, una de las manifestaciones artísticas definitivas. No queda mucho espacio para ahondar en los misterios y en las preguntas que inspiran personajes como Joi, tan enternecedora como inquietante, y localidades como el post-apocalíptico Las Vegas. La cantidad de detalles, dispuestos de manera fraccional, hablan de un universo invisible que solo se adivinan al poner en marcha la imaginación y la voluntad de explorar y vivir en nuevos mundos felices.

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