Memory of a Free Festival

20180816_131608_copy

Fueron las gramíneas quienes salivaron resina sobre nosotros con la esperanza de llevar su semilla a fuera de la ciudad. Salimos temprano los tres en una furgoneta cargada con sendos equipajes, instrumentos de oficina, merchandising y una abstracta mixtape en bucle. El anecdotario no corrió como debía, por la fatiga no lubricamos bien las palabras. Nos quedaríamos cortos de temas sin las esporádicas charlas sobre la farándula y las particularidades de la meteorología mesetaria. Doce horas de carretera y dos pausas después nos recibieron en una cima de nombre gélido coronada por un hormiguero humano. La tormenta y el Montserrat deformaban el horizonte. ¿Caerían las semillas del origen sobre las banquetas de la terraza? Quizás las sacudieron los escalofríos que nos inspiraba la historia de terror sobre otro festival que haremos bien en olvidar.

20180817_150832

Que no os sorprenda saber que pasamos la resaca repasando seriales en streaming y fundiéndonos en el sofá y las buenas compañías. Afuera la lluvia caía como una premonición. Tan pronto escampó procedimos al avituallamiento oportuno al estilo universitario: pasta y salsa de tomate, la fórmula de la humildad. Los dolores, en las cabezas y en las tripas, alargaron los minutos, que parecían fundirse sobre los del día siguiente, provocando un aparente eterno retorno de jaquecas y retortijones. Terminamos este día de la marmota con socorridos entrepàs y cyberpunk de Netflix sin chilling.

Ya desintoxicados, nos quedamos dos dándoles vueltas y halagos a vídeos de un dúo de promesas grimosas, sujetos duchos en las artes oscuras musicales. Al poco, el impacto gentil de nuevos anfitriones, esta vez en Terrassa. Su hospitalidad mereció un hueco en mi ventrículo. Nos marcamos unos a otros con recuerdos, canciones, réplicas de cañones y los azotes del quinto jinete, el licor café. Con aires de palurdos de provincias picamos los billetes de acceso a la Ciudad Condal. Las fiestas de Gràcia se montaban solas. La memoria aún me guarda algunas escenas inquietantes de aquella noche. Los recuerdos corren como figuras difuminadas tras las ventanas de un tren que pasa.

20180819_072949

Amanecimos en una azotea, o quizás un fortín de mañaneo intenso. Los rendidos acabamos por volver al interior llenos de vergüenza y ganas de mear. Nos estrellamos en un sofá hasta que el calor del aire y los sofocos del cuerpo nos echaron del piso en busca de revitalizantes. El sol del mediterráneo nos peinaba de la cabeza a los pies con ardientes tangentes. Huimos de la superficie como vampiros que éramos y volvimos al nido por las tripas de las Rodalies. Después de tirar nuestra roña por el desagüe, un gatillazo en medio de ráfagas de Terminator: tocaba volver a mudarse. La familia, el amor y una jarra de gazpacho esperaban en la gema roja.

Volvimos a ser tres: una pareja y el tercero en multitud. Cargamos el monstruo de senseres y provisiones para la semana. La Bestia se revolvía bajo nuestros asientos, pero aprendimos a amansarla con coraje y palabrería edulcorada. Nos sobró cautela a la hora de encarrilar por el serpenteante camino que representaba el último obstáculo antes de nuestra meca. No acabamos de saborear el alivio y el aire del pantano cuando nos pusimos manos a la obra; el festival no se iba a montar solo.  Tres días de palés, tablas, tornillos, bolsas regalo y un largo viaje de compras de última hora. Tres noches de bebida, aniversarios, risas y un espectáculo de magia. Nunca me faltó la motivación, sin embargo me pesó no poder ser de más ayuda: «aprendiz de todo, maestro de nada». Durante los sueños de fatiga y cerveza, los únicos que parecían no dormir eran los chispas. La organización solo estaba calentando, quedaban por delante cuatro días de sudores, estrés, bailes de walkie-talkies y dormir poco y mal. Comenzaba el BioRitme.

20180823_074022

La primera mañana mis compañeros del voluntariado y yo nos encargamos de dirigir la riada de BioRitmeres y BioRitmers. Los más bordes del respetable me miraban como a un picoleto tartamudo. La mayoría aceptó con increible comprensión nuestras órdenes arbitrarias a pesar de la crueldad del Lorenzo. Tan pronto acabó el turno de mañana me convertí en otro lobo solitario, sin más responsabilidad que recibir el maná de la fiesta y las buenas ondas de la peña. He aquí mi bioagenda: desayuno, ducha, actividades matinales, comida, primer concierto de tarde, gin tonic, segundo concierto de tarde (de haberlo), otro gin tonic, cena, birra, primera mitad de conciertos nocturnos, otra birra y pizza, segunda mitad de conciertos nocturnos y lo que surja, que de algo hay que morir. La fiesta se sucedía con lo mejor de cada casa: artistas nacionales e internacionales, hermosas juventudes, espacio de actividades circenses, clases de defensa personal, talleres infantiles, sesiones de percusión, degustación de bafles, punto lila, alquiler de kayaks, castellers con cajas de cerveza y agua, por favor, agua. La siesta era para los débiles o para los que habían hecho trampas la noche anterior.

Ya nos lo habían anunciado los chaparrones de Gelida: se cumplieron las amenazas de lluvia al tercer día. A regañadientes corrimos bajo cubierta o buscamos esos chubasqueros que jamás quisimos usar. La lluvia trajo consigo aires de anarquía y comenzaron a pasar cosas extrañas. Los chispas improvisaron en el almacén una pequeña sound system que apenas descubrimos unos cuantos. Algunos volvimos a un estado mental primigenio hundiendo la cabeza en los bajos del BioFoc. Parecía que todo lo que habíamos construido se iba a disolver en unas horas. No cayó esa breva. Unos chaparrones intermitentes no iban a parar la maquinaria, porque el BioRitme se concibe en Galicia y se pare en Catalunya, ¡será por agua! The show must go on. ¡Queremos sangre! Amasamos el barro de la zona del escenario principal con bailes frenéticos. Así conocí a mi hermana de la danza detrás del espejo de una réflex. En el éxtasis corporal sentí que no había sido tan despreocupado y feliz en mucho tiempo. Al día siguiente me vi lavando el lodo de mi ropa bajo los tristes chorritos de la ducha.

¿Qué fue del cuarto y último día? A esa hora tardía en que los baños portátiles amagaban con rebosar reuní dinero y fuerzas para acabar a lo grande. Me despedí del sol con dos bolazos. En los destellos estroboscópicos por fin pude ver a la organización tomarse un merecido respiro al son de una batería y un didgeridoo.

The children of the summer’s end
Gathered in the dampened grass
We played our songs and felt the London sky
Resting on our hands
It was God’s land
It was ragged and naive
It was Heaven

20180822_014717

El desmontaje no pudo ser nada menos que duro. Deshacer bajo un sol en plena revancha trajo amargura que solo pudieron apagar sobras de polos de naranja, latas de refresco y un chapuzón en la piscina. Y agua, ¡por favor, agua! Tan pronto entraba en el cuerpo, allá que la perdíamos por la piel. Se notaba la tristeza en cada bocado de los restos del día anterior, pero teníamos un compromiso irrompible. Al final de la enésima carga de material en la furgoneta, la ducha caliente fue una señal extraña de civilización. Brindamos y cantamos por última vez en el balcón del comedor, más vacío que nunca. Para la parejita y un servidor, tercero en discordia, fue la mejor despedida que pudimos pedir.

Esta vez la Bestia supo aprovechar nuestras nuevas debilidades para imponer sus caprichos de vehículo veterano. Llegamos con los nervios repletos de nudos a Rubí y repusimos fuerzas. Esa noche, como en todos los buenos viajes que tocan a su fin, decidimos separarnos al día siguiente, cada cual por su ruta: los unos de travesía por el Pirineo y el otro de vuelta a la Comarca (de Vigo). De golpe volvieron a mí todos mis compromisos, deberes y planes. Poco a poco me cargaba de las preocupaciones que había dejado atrás, cuando se me pegaron las semillas de césped a la ropa.

Quedaba la última noche de perros en Barna. Ocupé un sofá y dejé que los pies desandasen lo que separaba Fabra i Puig del Arc de Triomf, porque uno es guiri de pueblo y lo del metro le suena a vicio de urbanitas. Me sorprendió sentirme plácido entre las corrientes de un enorme salón que entonces no era familiar.

El capitán pidió paciencia a los pasajeros del vuelo FR 245 | BCN-VGO cuando dio media para arreglar un fallo en los instrumentos de cabina. Mejor en tierra que en el aire, ¿no? Al despegar desapareció por completo el disgusto de la hora de retraso. Cuatro años sin volar desbordaron por mis ojos. Dos semanas de festival terminaron en tres lágrimas, tres puntos suspensivos que anunciaban una nueva entrega para el próximo año.

20180830_112844

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s