2019

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Es difícil hablar de Blade Runner.

La útlima vez que la vi sentí la arritmia y el desenfoque narrativo. Es una película lenta, de esas que hay que paladear a cada momento como un plato de haute cuisine. Pero esto roza lo absurdo, ¡y eso que una de mis películas favoritas es Barry Lyndon! La versión final empieza con una apertura violenta y excitante, seguida inmediatamente de una exposición de la trama: hay vidas en juego, intuyo. Debería haber tensión, pero no. La promesa de una persecución nos lleva a un lento divagar dentro de recortes de postales futuristas hacia una meta que no se hace evidente hasta el tercer acto. El guion presenta a dos antihéroes antagónicos: Rick Deckard y Roy Batty. Deckard, un cínico mercenario con aires de Philip Marlowe, sirve a una ley injusta derivada de un sistema esclavista; el megalómano Batty es un asesino frío y manipulador que lucha en vano contra sus opresores y su programación genética. Los continuos saltos de la perspectiva del uno a la de otro actúan continua y recíprocamente como interrupciones entre las programaciones de dos canales de televisión de temática cyberpunk. Las referencias o pistas que definen a estas personalidades y sus entornos son escasas e insuficientes, una pobreza que también se aplica a una composición de abundantes planos cortos en exteriores y a un montaje unido por empalmes chirriantes que alimentan la confusión. No es hasta el genial clímax que la confrontación de las dos tesis por fin unifica y, por tanto, transforma las líneas narrativas de los dos antagonistas en armonía temática y formal. ¿Hubiera sido mejor si el texto se limitase a un solo punto de vista? ¿Sentiríamos un mínimo de intriga si los dos frentes en conflicto interactuaran más?

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La figura de Rachael también supone otro problema, por estar malamente encorsetada en el tópico de femme fatale que no le corresponde. El propósito del neo-noir es subvertir los clichés y las fórmulas de los largometrajes detectivescos de los años 40 y 50: para Deckard, Rachael representa un seductor peligro por tratarse de la protegida del magnate Eldon Tyrell, pero esta ostentación de poder sobre el protagonista es un espejismo. El pasado de la chica no es más que una ilusión, recuerdos implantados en su cerebro de replicante. Ella no es la vampiresa que traza el camino hacia la perdición del detective; es inocente, es una víctima de su propia condición, otra esclava último modelo con cadenas de oro. A pesar de todo se la castiga en su momento de mayor vulnerabilidad para reforzar el símbolo del hard-boiled investigator. Confusa busca el consuelo del único hombre que parece tener las herramientas para discernir lo real de sus imitaciones. Deckard, borracho y lleno de resentimiento hacia sí mismo, acorrala y fuerza a la descorazonada Rachael a amarlo. La escena es inquietante: la torpe sensualidad de la melodía de Vangelis contrasta dolorosamente con las imágenes que desgraciadamente refuerzan el mito del ‘no’ quiere decir ‘sí’, de que  todo flirteo es señal de consentimiento y que es el hombre quien decide cuándo levantar las barreras. Como otras tantas escenas, esta no tiene peso alguno sobre la trama, porque realmente es Batty quien despierta la empatía de Deckard hacia los replicantes. ¿Por qué, entonces, este forcejeo innecesario? Por normas del género noir el simulacro de Sam Spades necesita un romance apasionado y violento.

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Es posible que estos sean los desperfectos inherentes al proceso de adaptar la novela original de 1968. En ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Philip K. Dick emplea la figura de Roy Batty como una profecía apocalíptica para crear incertidumbre a propósito del destino del cazarrecompensas Deckard. Y, la verdad, el peso que el líder de los androides tiene sobre la trama es minúsculo, razón por la que elevarlo a protagonista del film no acaba de cuajar con este tipo de historia. Por otro lado  la Rachael literaria, al contrario que su homónima del celuloide, sí cumple con los requisitos de mujer fatal que utiliza y ataca al investigador según se le antoje. El libro, por su parte, tiene sus propias taras, como unas largas parrafadas de paranoia delirante en la que se pone en tela de juicio la verdadera identidad de Deckard, una cuestión que acabaría siendo central en los montajes definitivos de Blade Runner. La cadena de desperfectos en el texto se extendió hasta la adaptación cinematográfica escrita por Hampton Fancher y David Peoples, que no solo tuvieron que negociar las múltiples modificaciones el estudio y los inversores, sino que lidiaron ego desmesurado del director Ridley Scott. En mi opinión, y haciendo oídos sordos de los que dicen lo contrario, no había manera posible de materializar fiel y coherentemente esta ficción tan compleja con la tecnología y los recursos disponibles en los 80, por lo que Blade Runner está condenada a ser una película incompleta, que no fallida, por aspirar a lo imposible.

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Ya lo he dicho, es difícil hablar de Blade Runner. Desde su concepción se presentó como un proyecto demasiado ambicioso: constantes luchas de egos, una producción estresante y agotadora, costes excesivos y una última intrusión de los mecenas. La versión de 1982 fue un fracaso en taquilla y dividió a la audiencia entre incrédulos y defensores a ultranza. Por si fuera poco esta primera encarnación era un producto bastardo adulterado con una voz en off horrenda y un final feliz metido con calzador. En 1992 Ridley Scott obtuvo permiso para publicar su director’s cut para regocijo de fans y profanos. Eso sí, este era un regalo envenenado: plantó la misma duda que había cultivado Philip K. Dick años atrás al preguntarse si Deckard no sería realmente un replicante. Mucho se ha discutido acerca de este interrogante: unos dicen que el autor es quien tiene la última palabra, pero otros razonan que la historia no se mantiene en pie con este capricho retroactivo. El realizador se había salido con la suya en una maniobra que difuminaba aún más la integridad artística de la obra, muy al pesar del frustrado guionista y de buena parte del equipo creativo.

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Mi indiferencia hacia la trama se mezcla con la fascinación del universo en el que  la humanidad se descompone física y moralmente entre una Tierra cada vez más inhóspita para la vida y una promesa de nuevas fronteras espaciales. Hay que apreciar el ingenio y la humildad necesarios para reconocer las propias limitaciones y crear un mundo realista mostrando una ínfima fracción de sus componentes. Debo reconocer el talento de Ridley Scott, un visionario capaz de componer las estampas más apabullantes de la historia del cine. No solo eso, sudor y lágrimas se perdieron en la lluvia artificial de los estudios donde se grabó Blade Runner, una película que ha hecho historia del cine y ha inspirado a cientos de autores que ansían ver el futuro oculto en nuestro presente.

Hasta que llegó 2049.

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