Aquelarre

cabecera

El 6 de marzo de 1610 el tribunal de inquisidores de Ciudad de México aprueba la sentencia y pena de María Blanca, propiedad de D. Antonio de Saavedra. Esta esclava, de origén congolés, fue declarada culpable de blasfemia, un delito verbal contra el Altísimo. La condena, de aquella ya considerada desproporcionada en la metrópolis española, se efectúa con carácter inmediato: acudir a misa y abjurar de sus creencias heréticas en la capilla del Santo Oficio para a continuación exponerse públicamente por las calles de la ciudad a lomos de una bestia de carga. Montada en el animal, desnuda de cintura para arriba, amordazada y con una soga atada al cuello, María Blanca recibe su penitencia en forma de doscientos latigazos mientras un pregonero anuncia su ofensa a los viandantes.

164 años después, en 1774, José de Ugalde, arriero español procedente de un pueblo cercano a Santiago de Querétaro, lleva ante la Inquisición mexicana a su esposa, una mestiza, acusándola de brujería. El hombre asegura que durante los 17 años que había durado su matrimonio ella había empleado hechizos para atontarlo y someterlo a sus malas artes. Bajo amenazas de muerte por parte del marido, la mujer admitió haberle suministrado a escondidas unas hierbas mezcladas con la comida y la bebida. Estas plantas, confesó, harían que Ugalde tuviese siempre presente su matrimonio, que fuese indulgente y que volviese a casa a las horas acordadas. Él acabó por descubrir que ella tenía un amante y, para colmo de males, la adúltera iba a confesarse y a comulgar como si tal cosa. Finalmente fue este sacrilegio lo que lo sacó de sus casillas.

*


vlcsnap-2018-08-06-21h10m18s473

En la ciudad de Monterrey se ha cometido un asesinato durante una fiesta benéfica. La policía toma nota de los testimonios de los vecinos. Los residentes sitúan en el centro del crimen una disputa entre cinco mujeres, la comidilla de la asociación de madres y padres. La discordia comenzó tiempo atrás, cuando Jane Chapman, madre soltera recién llegada a la localidad californiana, llevó a su hijo Ziggy a su primer día en la escuela Otter Bay. De camino al centro Jane hizo buenas migas con otras dos madres de alumnos: Madeline Mackenzie, una descarada productora teatral, y Celeste Wrigh, abnegada abogada retirada. Madeline presenta la recién llegada a su ex marido y a la esposa de este, Bonnie Carlson, una conciliadora monitora de yoga que Mckenzie no traga. A la salida de clase la profesora anunció a todos los padres que tenía algo importante que decirles: un niño había hecho daño a la pequeña Amabella. La niña señaló a su agresor: Ziggy intentó estrangularla, dice. El muchacho se defendía, él no había hecho nada. La madre de la víctima, la ambiciosa abogada Renata Klein, exigía una disculpa inmediata. Jane, convencida de la inocencia de su hijo, no cedió a las exigencias. Madeline, escandalizada por la actitud amenazadora de Renata, se puso del lado de su nueva amiga. Ese día el asunto no fue a más, pero se grabó un estigma en Jane y en Ziggy, y las cosas solo podrían ir a peor. Durante los interrogatorios policiales nadie es capaz de comprender cómo este episodio desagradable pudo derivar en un homicidio. Es cierto, admiten, que Monterrey es todo apariencia, una mascarada dorada bajo la que se ocultan muchos secretos y mezquinas conspiraciones. Lo que está claro, después de meses de cuchicheos, cotilleos y rumores, es que era cuestión de tiempo que el drama de estas cinco mujeres acabase por llevarse a alguien por delante.

La complicada sinopsis de Big Little Lies gira en torno a un gran tema: el machismo y sus consecuencias para la sociedad. El guion quizás falle a la hora de retratar el patriarcado dentro de la ficción como un mal que abarca todo un sistema de poder, pero acaso debamos buscar esta estructura hegemónica no en el contenido sino en el continente. Si atendemos a la estructura argumental de Big Little Lies, podemos situar en su punto de partida el crimen de un hombre, la encarnación de la toxicidad masculina, que pone en marcha los acontecimientos que finalmente madurarán en los conflictos de la trama. Este árbol cronológico crece y se ramifica a partir de un germen decisivo, un acto cruel y degradante que acaba definiendo el porvenir de varias mujeres y sus familias. El sexismo dicta el relato a su favor, con la habilidad terrorífica de perpetuarse en nuevos monstruos que no dudarán en someter todo lo que desafíe su dogma de sexo y violencia. Sin embargo es cuestión de tiempo que los cimientos se tambaleen y echen abajo esa parodia de pirámide trófica que es el machismo. En su texto Big Little Lies pone especial énfasis en las relaciones maternofiliales como un remedio contra la influencia de los malos hombres en las generaciones futuras. El patriarcado no es un mal inmanente al ser humano, sino un convencionalismo cultural arbitrario y dañino que puede reducirse paulatinamente.

Hemos avanzado mucho desde aquellos tiempos en que las mujeres luchaban por unos derechos y unos puestos de poder en la esfera pública de América. Desde comienzos del siglo XVII Monterrey formó parte de la Nueva España, territorio donde Estado e Iglesia convergían en la institución del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. La autoridad inquisitorial se topó muchas veces ante casos de brujería en el nuevo continente; al contrario que las cazas de brujas del norte de Europa y de las colonias inglesas de América, trataban estas leves transgresiones con escepticismo, tachándolas de supersticiones y síntoma de la ignorancia. En México muchas mujeres, de todas las castas y etnias, no compartían esta visión paternalista de la hechicería: para ellas era una forma de invertir su estado de subordinación a la sociedad patriarcal del imperio. Aquí el poder político en manos de mujeres se consideraba un disparate antinatural, negativo, ilegítimo y disruptivo. A pesar de que algunas mujeres interiorizaran el discurso devaluador de la magia procedente de las autoridades religiosas, otras tantas alimentaban su curiosidad y satisfacían sus deseos acudiendo a muchas de las sanadoras o alcahuetas que formaban una red clandestina dedicada a resolver males de amor. Muchos de los ataques que formaban la sabiduría mágica iban dirigidos al centro alegórico del poder masculino: el pene. La ligadura o nudo era uno de los maleficios preferidos, ya que buscaba provocar la impotencia del miembro viril, con toda la carga simbólica que conllevaba esta castración. Algunas iban más lejos, rechazando a Dios y adorando al Maligno cuando su modo de vida era completamente incompatible con las restricciones y los modelos católicos. Big Little Lies es una nueva encarnación de aquellas armas conceptuales: una fórmula de rebeldía que surge y actúa dentro de los parámetros hollywoodienses que una vez estableció el sistema patriarcal.

vlcsnap-2018-08-08-14h07m51s001

Desde el minuto uno Big Little Lies expone sus temáticas principales en un excelente montaje que resulta tan simbólico como hipnótico. La sucesión de imágenes sugiere la íntima relación cotidiana entre madres e hijos con sus respectivos primeros planos sucesivos. Los panoramas establecen el escenario del glamuroso litoral californiano, donde las olas se estrellan continuamente contra las rocas de la costa, un indicativo de las emociones viscerales que se revuelven dentro de los protagonistas. Sobre estos paisajes naturales se superponen escenas difuminadas que oscilan entre la sensualidad y la violencia, conceptos que se mezclan y confunden a lo largo de la serie. El contraste entre dos momentos despierta la inquietud del espectador: primero el elenco infantil posa ante la cámara en actitud juguetona; luego las cinco protagonistas desfilan una detrás de otra caracterizadas como Audrey Hepburn, sin embargo sus caras, sus gestos y sus miradas atraviesan la cuarta pared de modo desafiante. Es más, Cold Little Heart, el tema musical que abre cada episodio, del británico Michael Kiwanuka, transmite, a través de sus melodías melancólicas y una letra dolida, los sentimientos de un hombre que desea expiar las faltas que ha cometido en perjuicio de una relación aun sabiendo que, por su forma de ser, volverá a caer en los mismos errores. La introducción, en sí, es una versión en miniatura del impresionante ejercicio artístico fruto del savoir faire de un director excelente.

Hace años el realizador Jean-Marc Vallée me sorprendió con C.R.A.Z.Y., una genial cinta a la altura de los nuevos clásicos modernos del cine canadiense. Big Little Lies no es, para nada, una obra menor, sino un paradigma del lenguaje cinematográfico en manos del director quebequés, como demuestra Michal Zak en su fantástico vídeo-ensayo. Si entendemos las películas como mensajes, la composición es el vocabulario, y el montaje, la sintaxis. Las diferentes imágenes o palabras se ordenan linealmente de acuerdo con los códigos que comparten emisor y receptor; el proceso de selección y combinación de elementos permite obtener diversos resultados que finalmente transmiten un torrente de información cargado de matices en la forma y en el contenido. Vallée, primero, juega con la percepción: mediante planos subjetivos sitúa la mirada del público dentro de la ficción y, muchas veces, construye espacios siguiendo los ojos de los personajes. ¿Qué miran? ¿Quién los mira? Este punto de vista, la vigilancia y el voyerismo, es relevante a nivel temático dentro de la narrativa, ya que la trama no deja de ser un larguísimo flashback de los acontecimientos acotado por el sesgo de sus testigos. Y no solo eso, el motivo por el cual se reconstruye esta historia es el que define el género de la serie: el thriller policíaco que busca tanto al asesino (whodunit) como a la víctima; la ventana a la sala de interrogatorios es nuestra pantalla y los testimonios son audiovisuales. Vallée, segundo, nos introduce de lleno en el relato: la alternancia entre ritmos y las transiciones entre planos propician un estado de constante atención (esto es un interrogatorio, recuerda). Muchos recursos narrativos estilísticos (flashbacks, elipsis y metáforas) funcionan en el contexto que forma la cadena de imágenes, ya que la posición de los diferentes cuadros con respecto a otros es la que aporta significado al conjunto (hablo del efecto Kuleshov). Concretamente, la capacidad que tiene la serie para despertar nuestra empatía depende muchas veces de las relaciones que enlazan las sucesivas estampas y a la vez las que estas tienen con la música: planos o impresiones fugaces que rompen la continuidad de la escena representan ideas o recuerdos que nos meten de lleno en la mente de las protagonistas sin emplear una sola palabra, al mismo tiempo el uso de música diegética comunica y amplifica un estado de ánimo a la vez que aporta una experiencia compartida entre personaje y espectador borrando así la barrera que los separa. Esta es, sin lugar a dudas, la magia del cine.

Desde hace tiempo pienso que el aprecio viene del conocimiento. Pararse a estudiar las capas que componen obras como Big Little Lies desentierra tesoros ocultos a simple vista. Solo el hecho de revisionarla para esta extraña reseña me ha hecho reconocer detalles que enriquecen la experiencia de sentirse un detective. La lectura atenta descubre elementos literarios de la novela de misterio: varios red herrings o distracciones que llevan a sacar conclusiones precipitadas, otros tantos elementos premonitorios que pasan desapercibidos y una original y literal arma de Chéjov que vi venir de lejos. Las referencias a otros textos, por lo general en forma de esa música diegética (desde Bloody Motherfucking Asshole de Martha Wainwright hasta For Now del musical Avenue Q), refuerzan el mensaje y las temáticas que merecen una reflexión transversal a muchos medios. Está por ver si la segunda temporada, dirigida por Andrea Arnold, tendrá la relevancia y el valor artístico de su predecesora, que dejó bien cerrados todos los arcos narrativos en un final coherente con su discurso feminista.

vlcsnap-2018-08-08-14h53m59s912


*

Cuenta José de Ugalde ante las autoridades inquisitoriales cómo él, furioso por la impiedad y la profanía hipócrita de su esposa, ató a la adúltera a un mezquite para castigarla con una azotaina. Para sorpresa de Ugalde, las cuerdas se soltaron e hizo falta amarrar a la mujer una segunda vez; entonces la mano ejecutora de Ugalde quedó paralizada cuando ella clamó auxilio a todos los santos del Cielo. La tercera y última vez que el despechado se dispuso a fustigarla acabaron por hacer las paces y volver juntos a casa. José de Ugalde no entendía qué pasaba. ¿Por qué no podía corregir vehementemente a una pecadora? ¿Cómo lograba ella librarse siempre de su merecido? Un encantamiento, sin duda, había nublado su razón y amansado su fervor de hombre cristiano.

Montada en el burro María Blanca oye el pregón que anuncia su crimen de blasfemia. Las voces, pero sobre todo los varazos, le recuerdan el día en que intentó huir de sus amos. Durante la tortura que siguió a su fuga, el dolor de los lengüetazos del látigo la hicieron declarar su renuncia a Dios y a todos sus santos. Con sus injurias esperaba que la Inquisición y, por extensión, la Ley española interviniesen y reconociesen su derecho a ser tratada dignamente, por muy esclava que fuese. No hubo clemencia. Si no quería ser declarada hereje debía retractarse y repetir las fórmulas de los dogmas católicos. A regañadientes cedió ante el tribunal: padrenuestro, Ave María, credo, Salve y mandamientos. Y todo para nada.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s