Apuntes sobre solarística

solaris
En un sistema solar binario, cuyo centro son dos estrellas (una roja, otra azul), se encuentra el planeta Solaris. Las primeras suposiciones sobre el nuevo cuerpo celeste lo clasificaban dentro de una tipología al uso: la órbita de Solaris se veía afectada constantemente por las oscilantes fuerzas gravitatorias generadas por sus dos soles, por lo que su clima alternaba entre eras de desertización y de glaciación sucesivas y muy próximas en el tiempo, así convirtiendo su superficie en un yermo donde la proliferación y la evolución de organismos resultaba imposible. O eso pensábamos. Posteriores observaciones y predicciones más pormenorizadas establecieron que este fascinante cuerpo celeste, de manera inesperada, realmente presentaba una órbita estable. ¿Estable?, exclamaron otros con incredulidad. ¡Es claramente inestable! Informaciones y teorías contradictorias provocaron numerosas colisiones ideológicas entre los primeros solaristas. Todo apuntaba a que no podría haber acuerdo mientras no organizase una expedición científica. Lo cierto era que había que mirar más de cerca los fenómenos de Solaris para reconocer su verdadera particularidad.

Un océano inmenso cubre  casi por completo la superficie solariana, se trataba de una masa de densidad variable capaz de generar estructuras sólidas efímeras («árboles-montaña», «longus», «fungoides», «mimoides», «simetríadas», «asimetríadas», «vertébridas» y «agilus» según la nomenclatura y la tipología de Giese). La aparente frecuencia sistemática de estas formaciones, de una complejidad inusitada, se sumaron a la atrevida suposición de que la masa oceánica era la que, mediante mecanismos que alteraban las fuerzas magnética y gravitatoria, alteraba a gusto su órbita alrededor de los dos soles. Estas dos observaciones fueron la base de la teoría de que el mar de Solaris era una «formación prebiológica», en vista de los biólogos, o acaso una «máquina plasmática», según los astrónomos y los físicos, que funcionaba autónomamente.

La clasificación del mar de Solaris como ente orgánico fue calando entre la comunidad solarista. ¿Era esto un primer contacto con vida inteligente extraterrestre? Dieron comienzo las primeras pruebas en la superficie del planeta. Los científicos se lanzaron a sumergir aparatos emisores de estímulos en el océano alienígena: los dispositivos receptores registraron innumerables señales, pero saber si eran auténticos mensajes indescifrables o simplemente fenómenos físicos propios de las dinámicas del líquido era imposible. Los filósofos más pesimistas advertían que el silencio de Solaris significaría la negación absoluta de la posibilidad de contactar con otros mundos, una lección de humildad que muchos no estaban dispuestos a aceptar. Entraron en juego los matemáticos, quienes creyeron detectar ciertos patrones en las descargas eléctricas; llamaron a estas señales un «monólogo prodigioso e inacabable». ¿Cómo interpretar todas estas conclusiones?

La prensa y los misticistas comenzaban a hablar del «yogui cósmico», un eremita colosal sometido al voto de silencio, al rechazo de la materialidad y a la meditación absoluta. En los foros alienistas y de psicología pop infundada circulaban términos como «océano-autista», «mundo introvertido» y «entidad reclusa». Por otro lado, los sabios más críticos, o más bien ofendidos, veían una implícita subestimación de las capacidades de la mente humana, ya que la atención que recibía la teoría del «cerebro gigante» no era más que el deseo de confirmar el estado evolutivo definitivo de los seres inteligentes. No les faltaba razón. Desde un punto de vista antropológico el «asunto Solaris» representaba una prueba definitiva que establecería las limitaciones del conocimiento humano. La deriva religiosa no se hizo esperar cuando un tal Mutius predijo que «el contacto» interestelar se trataba, nada más y nada menos, que de la Revelación divina oculta bajo las olas de Solaris. Los materialistas utópicos vieron en estas nuevas profecías una disciplina que permitiese explotar las energías y los recursos naturales que se descubriesen durante las pruebas de comunicación. La polémica estaba servida.

Décadas de solarística, de una idiosincrasia repleta de conflictos, enfrentamientos, contradicciones y revisiones, solo dejaron una cosa clara: las incopatibilidades entre disciplinas científicas evidenciaban el aislamiento y la incomprensión que separaban a los estudiosos. La Ciencia, con todas sus ramificaciones, no podía explicar un objeto tan extraño como Solaris. El océano del planeta no encajaba con ninguna referencia conocida: no hubo avances, no había lugar para certezas, todo era conocimiento negativo (sabían que actuaba sin sistema nervioso, sin células, sin estructura proteiforme). Cuando los recursos y los fondos destinados a las investigaciones solarísticas comenzaban a mermar, Gibarian propouso un nuevo enfoque basado en la observación y en la medición de los fenómenos físicos de Solaris, sin recurrir a esquemas ni a referentes antropocentristas. La nueva remesa de investigadores, formada por el propio Gibarian, Snaut y Sartorius, partió a Solaris con la esperanza de revitalizar los estudios solarísticos. Es una pena que acaben por provocar una reacción que pondrá a prueba su cordura.

No.

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Solaris es una novela del autor Stanisław Lem  [staˈɲiswaf ˈlɛm] publicada por primera vez en Varsovia en 1961. La obra sigue de cerca las experiencia y los pensamientos de Kris Kelvin durante su improvisada estancia en la estación que sobrevuela el océano del misterioso planeta. La obra comparte una estructura semejante a la de Moby-Dick, aunque, donde Herman Melville ofrecía análisis reales sobre los cetáceos, Lem prefiere citar libros y autores ficticios para construir el universo y los principios filosóficos que conforman el texto. La trama per se, cuando Kelvin no consulta los gruesos volúmenes sobre solarística, gira en torno al trauma, la soledad, la psicología y la búsqueda constante de lo incognoscible. Desde la primera página se puede oler el tufo del pesimismo, que acaba por impregnar toda la obra hasta su temido anticlímax. No son tan importantes los sucesos como las reflexiones que hacen los personajes, atrapados en una situación casi surrealista del estilo de Luis Buñuel.

En la novela, Solaris es el catalizador de «fantasmas» o «quistes psíquicos», sepultados durante años hasta el olvido, que se materializan para atormentar y a la vez aliviar a las mentes de las que han surgido. Estos «visitantes» son «supercopias», reproducciones superiores a las impresiones de la memoria más enquistadas. El mar de Solaris establece contacto con los terrícolas a través de estos recuerdos corpóreos, un experimento comunicativo que, a ojos de los investigadores, no tiene ninguna finalidad concreta. Alguien dice que podría tratarse de un castigo diabólico, pero no se le pueden asociar sentimientos humanos a un ser tan diferente de todo lo que comprende la ciencia. Sin embargo, el método del planeta parece defectuoso: repite sus operaciones sin cambiar los factores ni una sola vez. Si este ser inmenso, tan reverenciado por los misterios que ocultaba, cae en estos errores, ¿no se tratará de un reflejo de los defectos de la mente humana? Fue Snaut quien dijo que la exploración espacial está adornada de cháchara aparentemente humanista cuando en realidad se trata de una búsqueda absurda de una versión superior de nuestra antigua Tierra, la cual rechazamos como una copia bastarda de su ideal platónico. La Nueva Tierra no se trata más que de un fantasma que atesoramos a la vez que nos avergonzamos de él, porque nos recuerda todo lo que hemos dejado atrás. Cuando queda clara la constante cíclica del trauma (o quizás de la culpa), Kelvin comprende que todo lo que ha sucedido en su viaje interestelar le pesará durante toda su vida; podrá volver a la normalidad de la vida en la Tierra, no sin esfuerzo, pero cada vez que mire a las estrellas en la noche los fantasmas, esos «milagros crueles», volverán a atormentarlo como fragmentos de un espejo roto. De la misma manera, el ser humano busca alcanzar metas imposibles y, cuando por fin las tiene a su alcance, descubre que existen retos más grandes.

El contacto con Solaris es el comienzo de su corrupción. El control y el dominio sobre la existencia es una misión infructuosa y absurda frente al infinito. La aplicación del pensamiento y de la lógica, inherentemente limitadas a la conflictiva y heterogénea raza humana, es en sí la negación de la esencia del objeto de estudio, complicado e incomprensible a un nivel total. Por tanto, a nivel conceptual, es el observador el que altera, a través de su percepción y de sus circunstancias, la realidad. Todo nuestro bagaje cultural, científico y filosófico es insuficiente a la hora de decodificar el todo incomprensible. ¿Cómo podremos entender seres completamente extraños si no somos capaces de comprendernos individual y colectivamente?

Kelvin cierra en libro con una idea desesperada: «un dios limitado, falible, incapaz de prever las consecuencias de un acto», surgió de Solaris. Por su ambición, un deseo mayor que sus fuerzas, está obligado a crear fenómenos que provocan horror. Es un dios que quisiera librarse del mundo de la materia. Podría pensarse que es un ser humano, mas a nosotros nos definen unas metas acordes a nuestro contexto; el ser humano no puede concebir metas de manera aislada, necesita a sus iguales. Este dios enfermo, por tanto, «no puede existir en plural». Solaris no es este dios, porque lo divino jamás se repite. Dios simplemente es.

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