La vida de la mente

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Una nota grave y vibrante se sostiene en el cielo abotargado de luz. Los rayos solares cargan contra las estructuras grises de la ciudad, en cuyo interior los fotófobos vuelven a un estado reptiliano, inmóviles, a ras de suelo, buscando consuelo por debajo de los 30º. El escritor es uno de estos dinosaurios retroactivos, atado al parásito de mecanográfico (años ha un fósil metálico y ahora un siseante circuito de todo y nada) que le da poder en el mundo a través de la transfiguración de la mente hacia el reino de la materia. El escribano ha llegado a un punto en el que el blanco del folio ofusca por completo su proceso creativo. A medida que la humedad de su dermis se va acumulando en su asiento, el tiempo pasa inclemente, ajeno a la angustia que inspira la fecha de entrega, la musa más desagradecida de todas.

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En 1941 Barton Fink, protagonista del film homónimo, es un escritor obsesionado con captar la sustancia de la clase obrera o, como el lo llama, el «hombre corriente». Su visión romántica del proletariado lo ha llevado a hacerse un nombre en Broadway con obras de contenido social. Los ecos de su fama han llegado al otro extremo del país y ha aceptado la oferta de escribir una película para un gran estudio de Hollywood. Desde su residencia en Los Ángeles, una destartalada habitación del decadente Hotel Earle, se planta frente a la máquina de escribir sin saber qué hacer: le han encargado el guión de un drama sobre lucha libre y él no tiene la mínima idea sobre el día a día de un luchador. Su obstinación con el proceso creativo lo lleva a ignorar las anécdotas de su vecino Charlie, un verdadero «hombre corriente» que quiere ayudarle a encontrar la inspiración. Fink es incapaz de empatizar con la realidad del ser humano ordinario, pues no entiende una situación social ajena al ambiente burgués en el que se aprecian sus obras de teatro, y de hecho adopta una actitud condescendiente hacia el vendedor de seguros que vive al lado. El artista ha encontrado una temática en la reivindicación del papel de la clase obrera ―o al menos la visión romántica de una sociedad que se vuelve virtuosa en función de su miseria―, sin embargo su única preocupación es hacer llegar sus ideas, la vida de la mente, al público para recibir ovaciones y las congratulaciones de los académicos. Barton Fink ansía ponerse del lado de los menos privilegiados, pero jamás querría ponerse en su pellejo, pues cree que la vida de sus héroes está llena de sufrimiento.

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Hollywood es el otro protagonista de esta historia. Los hermanos Coen encontraron en la industria del espectáculo previa a la II Guerra Mundial la esencia de la mala praxis de los estudios de cine. En esta película el dueño de Capitol Pictures, el impulsivo Jack Lipnick, somete a sus empleados a la constante presión de escribir obras insulsas hasta provocarles verdaderas secuelas psicológicas que merman su capacidad creativa, y por consiguiente la del medio. Hollywood es aquí un ente que debe mantenerse explotando las ideas de artistas, no para convertirse en mecenas de proyectos memorables, sino para sacar el mayor beneficio de productos defectuosos de rápido consumo.La mentalidad de los magnates fluctúa con las cifras de recaudación en taquilla, por lo que la empresa  existe solamente para complacer la demanda de cine definido por fórmulas y modas que los propios estudios de cine han creado. Es irónico pensar que la clase baja, la misma que Fink idolatra, sea la que decide, con su beneplácito o su repulsa, la hoja de ruta de los empresarios de la gran pantalla. Hollywood es un organismo que se niega a renovarse y prefiere perpetuarse empleando esquemas obsoletos, solo crece cuando un agente exterior acerca nuevos conceptos que lo ayuden en su proceso de alcanzar la antinatural inmortalidad.

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Barton Fink es un ejemplo extraño de metacine. Más que una cinta sobre la realización de películas, se trata de un ejercicio de autorrealización por parte de Ethan y Joel Coen. La catarsis sacude a Barton Fink de tal manera que cabe preguntarse si los propios creadores han convertido la historia del escritor neurótico en un manifiesto sobre las reglas que rigen la génesis de la literatura. El argumento no es tan importante como el mensaje que irradia el texto. Barton Fink entra en un mundo en el que las formas son irrelevantes y lo único que importa es la conclusión del diálogo de ideas con forma humana. Es en este momento cuando la película es consciente de su condición y reflexiona sobre sí misma en un movimiento de análisis introspectivo. Ya no hace falta fingir que necesita un escenario, un contexto histórico y geográfico, y unas pautas que definan una sucesión lógica de eventos. El mensaje es una prioridad que se sitúa por encima de los adornos, de los elementos de la fábula. El film se rebela para mostrarnos los convencionalismos arbitrarios de su estructura narrativa e inmediatamente romperlos, porque no debemos limitar la expresividad que ofrece el séptimo arte. Barton Fink es una lección de cine que, coherente con su discurso, solo se puede estudiar a través de las posibilidades y los recursos estilísticos del medio audiovisual que la inspiró.

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