El Estado Islámico, la Apple Store y los dueños de internet

Corto, pego y traduzco una de mis redacciones de la carrera sobre un tema aún vigente. Este artículo (tan redundante) fue escrito el 9 de febrero de 2015.

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Uno de miles de vídeos del portal YouTube que muestran ejecuciones

En un artículo de GIGAOM.com, Here’s why platforms like YouTube shouldn’t remove ISIS videos (Por qué plataformas como YouTube no deberían retirar vídeos del Estado Islámico), Mathew Ingram defendía la presencia de vídeos de ejecuciones en portales de internet como YouTube y Facebook, alegando que existe un deber de publicar información útil a la ciudadanía bajo el principio de la libertad de expresión. La tesis de Ingram es típicamente norteamericana: los ciudadanos tienen derecho a conocer la realidad, además del porqué de los gastos públicos en la lucha contra los yihadistas. De esta manera apela a Google y a la empresa de Mark Zuckerberg para que profesen su deber como soportes de la información masiva. Sin embargo el artículo da una respuesta de aparente validez por estar apoyada por otros profesionales de la información, y deja un par de preguntas en el aire: ¿Es completamente indispensable producir información con contenido tan chocante? ¿Y cuál es la verdadera razón por la que las redes sociales pueden negarse a almacenar ciertos contenidos?

En su columna Ingram teme pecar de «estar de acuerdo con Fox News», una cadena de televisión especialmente sensacionalista que [el 3 de febrero de 2015] emitió las imágenes de la muerte del piloto jordano a manos de militares del Estado Islámico (EI). Su temor es normal, pues Fox News siempre ha sido, desde comienzos del milenio, uno de los principales portavoces del conservadurismo norteamericano (casualmente Rupert Murdoch aparece como principal accionista de la News Corporation, empresa a la que pertence Fox News). Es este tipo de prensa amarilla la que apela a la libertad de expresión para mostrar actos de violencia, pero siempre esconden una intencionalidad política, en este caso en concreto es la war on terror, o sea, la guerra contra el terrorismo islámico. En este sentido, estos medios funcionan como propaganda, en busca de una reacción emocional en el espectador y evitando aportar una visión compleja del acontecimiento. Existe un mal uso de este tipo de contenidos chocantes que desvaloriza su utilidad como información, como pudimos ver en España en el semanario El Caso, pues no existe una intención informativa predominante, pero sí un reclamo a la curiosidad morbosa e incluso a la movilización política y social.

Otro aspecto a tener en cuenta es la estructura lineal de los medios tradicionales: para el público, acudir a un medio de comunicación generalmente significa someterse a los criterios informativos de una redacción ajena, pero no insensible, a sus necesidades informativas. Pongamos por caso que El País publica en portada una fotografía especialmente macabra de las consecuencias de una catástrofe natural; en este caso el lector no tiene ningún control sobre la elección de contenidos y es testigo accidental o involuntario de esta instantánea tan inquietante. Así entran en conflicto el deber de los periodistas y las sensibilidades del público, un fenómeno difícil de evitar cuando se supone que el periodista tiene la obligación de acercar el acontecimiento al ciudadano respetando la verdad. Este problema queda más o menos solucionado en los medios digitales gracias a la posibilidad de elección que da la Red. El usuario de internet puede acceder a diferentes contenidos complementarios a través de los hipervínculos de una noticia o simplemente acudiendo a un buscador, unas de las muchas ventajas de la personalización que ofrece la desestructuración de internet. Teniendo en cuenta que existen estas alternativas, los medios de comunicación tradicionales bien pueden evitar mostrar imágenes comprometedoras y adoptar una posición de cautela, solo haciendo referencia a estas para que el público adopte un papel más activo en el proceso informativo, pues el consumo de medios tradicionales no es excluyente en estos tiempos de saturación informativa. ¿A qué se arriesgan los medios tradicionales con los contenidos potencialmente hirientes? Básicamente, a perder el apoyo económico de empresas anunciantes, que prefieren aparecer en plataformas dirigidas a un sector social lo más amplio posible. Y es aquí donde entran en juego YouTube y Facebook.

A pesar de ser productos de la nueva era de las telecomunicaciones, las redes sociales y plataformas digitales como YouTube y Facebook no defienden la libre circulación de contenidos de todo tipo en internet. En algunos portales están prohibidos los contenidos ofensivos sin distinción (de carácter racial, sexual, político, etc.), pues están enfocados como foros de encuentro social y de entretenimiento, sin espacio para conflictos o debates acalorados. Hace unos meses los responsables de la tienda online Apple Store se negaron a poner a la venta el videojuego Papers, Please por contener escenas de nudismo, obligando a su creador a rehacer los gráficos para que no mostrasen las partes pudendas de los personajes. De por sí, estos portales no tienen por qué adaptarse a las obligaciones informativas de los medios de comunicación, pues cumplen un papel diferente, pero no incompatible, en la sociedad. Eso sí, cabe decir que esta actitud de corrección y censura es arbitraria, ya que, primero, existen una serie de pasos y barreras que el usuario (agente activo en un proceso informativo no lineal, no lo olvidemos) debe superar para acceder a cualquier tipo de contenido: descripción del contenido, advertencias y básicamente una serie de clicks que se deben realizar antes de llegar a la información deseada. El papel de buscador voluntario del usuario hace innecesaria la actitud paternalista y protectora de los administradores de estas redes sociales. El escándalo público, per se, no daña estos soportes, pues no se les debería exigir responsabilidad sobre los contenidos que crean personas ajenas a la organización, personas que, recuerdo, quedan expuestas públicamente, hagan buen o mal uso de los soportes.

Un punto que no trata la columna de Mathew Ingram es el incomprensible criterio de aceptabilidad de YouTube. Explico: efectivamente existen vídeos de ejecuciones, accidentes de tráfico, torturas, palizas y tiroteos (algunos cometidos por las fuerzas del orden de los EE.UU.) de violencia explícita, pero curiosamente no aparecen vídeos en los que se vea íntegramente el asesinato de un rehén [o prisionero] por un miembro del EI. No hablamos de documentos marginales; muchos de estos vídeos tienen más de 300.000 visitas, pasados casi dos años desde su subida, y no sería extraño que se marcasen como material ofensivo. Sin embargo ahí siguen, creando incógnita. ¿Puede ser que Google elimine en concreto la propaganda del EI por orden de la Agencia de Seguridad de los EE.UU.? La conexión entre la multinacional y el gobierno norteamericano existe, como descubrimos hace unos meses. ¿O acaso es por respeto a las familias de los rehenes asesinados? Si fuese así, ¿por qué existen imágenes de ciudadanos estadounidenses abatidos por agentes de la policía en circunstancias irregulares? ¿[Censuran] por interés económico y por contentar a la mayor cantidad de público y a las empresas anunciantes? ¿Y quién querría ser anunciado en la previa a una decapitación? No son estos vídeos violentos los que generan dinero ni el mayor tráfico. ¿Es por puritanismo? En todo el dominio se eliminan vídeos solo por insinuar las formas de un pezón femenino. ¿Pero por qué mantener la violencia? Por lo menos Facebook actúa de forma más acorde con este principio (violencia, discriminación y sexo, expresamente prohibidos), más que nada por su carácter de herramienta de enlace social y personal, sin pretensiones de plataforma informativa.

El verdadero debate no es sobre la libertad de expresión y la transparencia mediática, sino sobre las razones y el razonamiento que llevan a motores de búsqueda como el de Google, y por extensión a plataformas como YouTube y productos hermanos, a ocultar información sensible muy concreta. Google ya no es la inocente alternativa a Yahoo. Estamos frente a una multinacional que tiene la batuta para dirigir la atención del público activo. En la nueva era de la comunicación instantánea los medios tradicionales perdieron el rol de gatekeepers para pasárselo a los intermediarios de internet, que ni siquiera son periodistas, como mucho son mercaderes de la información.

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