Los ecos del cuerpo

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Las noches de verano invitan a perderse en las calles y en las arboledas de la ciudad. El encanto tras el crepúsculo hace salir de sus sarcófagos a las criaturas que no pueden moverse durante las horas del cénit solar. Las sombras resguardan a los pequeños vampiros maleantes de las miradas de las criaturas más censoras, dormidas ya por la prudencia que los paraliza. Con suerte, el coto de caza de estas aves nocturnas hace frontera con parques o solares donde las hierbas, el cardo y la zarza sitian al laurel y al roble; se oyen los cantos de insectos que parecen amenazas de caricias de múltiples patas. Si aquí existiera un cine al aire libre (proyector apuntando a la pared lateral pintada de blanco de una casa con fachada de piedra granítica) el proyeccionista que ame la nocturnidad elegiría una película inquietante y voluptuosa como esta primera medianoche cinéfila.

Eraserhead (David Lynch, 1977) es un ejemplo magistral de creación de atmósfera a través del diseño de sonido. Los escenarios industriales no tendrían el mismo cariz opresivo de no ser por el constante zumbido que, como en una sesión de tortura china, ataca los nervios empleando los mínimos recursos y una creatividad desatada en la mesa de mezclas. Yamaoka Akira, a través de la influencia lynchiana de Angelo Badalamenti, utilizaría una técnica igual de sutil en siete entregas de la saga Silent Hill para dar mayor fisicidad —y una desagradable sensación táctil— al inframundo de óxido y carne que se oculta en el pueblo turístico que quizás oscile, como localidad hipotética y simbólica, entre Maine y Pennsylvania. En Eraserhead, Lynch,en colaboración con Alan Splet, culminó más de cinco años de tortuosa producción con la realización de varias pistas superpuestas que crean un paisaje sonoro que va más allá de la diégesis para darnos una idea del relieve granulado de la imagen. El ruido de la banda sonora en consonancia con el volumen que adquiere el mundo de luces y sombras monocromáticas transmite las texturas del mundo onírico en un fenómeno sinestésico que nos recuerda al body horror (véase David Cronenberg).

Puede que Eraserhead no sea una historia de terror al uso, pero hay que concederle el mérito de transmitir la ansiedad y la aversión que acompañan a la paternidad. En sus partes más comprensibles, este clásico refleja un mundo cruel e indiferente desde la perspectiva de un hombre neurótico incapaz de hacer frente a los compromisos de la madurez. La mirada del protagonista exagera el carácter oscuro de las relaciones humanas más exigentes emocionalmente. Los resultados de un monstruoso idilio no son los deseados, son más bien un súbito despertar a una realidad en la que, aún aturdidos por el sueño de la juventud, debemos sacrificar parte de lo que somos para una causa que nos tiene moralmente atrapados. Es el miedo a la responsabilidad, a dar la cara por las consecuencias más desagradables de nuestros actos.

El cine de noche estival debe introducirnos en la oscuridad artrópoda del nido del subconsciente. Las entradas de la madriguera de la psique nos espantan en un delirio tripofóbico. Solo necesitamos un estímulo, un empujoncito, que nos lleve más allá del umbral para ver los ojos incorpóreos de los temores cotidianos. Siguiendo esa mirada flotante, descendemos poco a poco por los túneles de nuestra guarida envueltos en una capa de sudor veraniego. Al final del túnel nos detenemos y esperamos a que la criatura se deje ver. Frente a nosotros, en la cálida tiniebla de la madriguera del ego, solo distinguimos los horribles rasgos de nuestra propia cara.

ohrwsjt

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