Más que dos carretas

Hola, buenas. ¿Es el Internet? Mire, que quería contribuir a la bilis online con un apunte insignificante sobre una obra que yo, desde mi punto de vista subjetivo y limitado, aprecio no sin algo de vergüenza. Sí, le cuento. Quería dejar claro mi descontento a todo aquel al que le importa un culo mi opinión. Pues es sobre el tipo este, ¿cómo era? Shirow. Shirow Masamune, o Masamune Shirow. Lo mismo da, es un nom de plume. Estaba yo sentado en el retrete, con perspectivas de hacer de vientre, y entre mis manos sostenía el tomo, copia del manga realizado por este señor japonés. Este volumen es la semilla del fruto de mi descontento por la página en la que mis ojos repararon al azar. Ponte en situación: las ilustraciones son una representación del espacio virtual en el que se enfrentan dos conciencias digitales del futuro 2035, donde la barrera entre máquina y ser humano está a punto de desaparecer. Primera viñeta, a la izquierda está el cyborg Motoko, espía informática que vende sus servicios al mejor postor, en este caso intenta hackear la mente de Millenium, una pirata que está saboteando a sus benefactores.

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En esta página se aglomeran los elementos idiosincráticos de este manga de título Man-Machine Interface, secuela de Ghost in the Shell publicada en 2001. El clásico Ghost in the Shell (1989) se puede resumir en un manga de acción que en esencia especula sobre la dirección que puede tomar la evolución humana con la ayuda de cuerpos cibernéticos, inteligencias artificiales y una Red informática en constante expansión. En cambio Man-Machine es un despropósito afectado por tecnicismos, jerga ininteligible, abstracciones incoherentes, ilustraciones recargadas, anotaciones innecesarias, detallismo obsesivo, forzados puntos en común con las religiones asiáticas y mujeres clónicas vestidas según los fetichismos más sugerentes. Uno de los pecados que comete repetidamente Shirow podemos encontrarlo, sin ir más lejos, en el texto a pie de página; léelo y pregúntate dos cosas: ¿Cómo afecta esta información al desarrollo de la historia? ¿Por qué no dibujar la acción de manera que no entre en conflicto con este detalle al que el autor parece darle suficiente importancia como para meterla con calzador en los márgenes de la página? En páginas sucesivas descubrimos que estos datos son completamente irrelevantes, ya que ni la apariencia ni la visibilidad de las representaciones virtuales de los personajes afecta a su toma de decisiones. Desde el comienzo del manga se entiende que el espacio virtual es una abstracción artística y que en la práctica Motoko y Millenium están alterando códigos e intercambiando malware. Este comentario al margen es, en definitiva, una confesión desde el propio autor admitiendo que su dibujo deja mucho que desear y que no hace justicia a la parte literal del relato.

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Me atrevería a decir que esta torpeza narrativa se ve acentuada por el ansia por colocar el mayor número de modelos femeninas por pulgada cuadrada: proporciones propias de El Greco, ropa ajustada, materiales plásticos, generosos senos desafiantes y bragas, muchas bragas. Man-Machine Interface padece del tipo de estímulos más básicos que puedes encontrar en un producto japonés, el fanservice. Masamune Shirow parece haber caído erróneamente en la cuenta de que los cuerpos estilizados de sus féminas son más interesantes que el contexto histórico y filosófico de sus mundos de ciencia ficción, y no digo que sus obras anteriores no tuviesen sus dosis de sílfides semidesnudas pero es que esto ya clama al cielo. Con la llegada del siglo XXI Shirow pasó de ser un filósofo del cyberpunk (Appleseed sería su obra más compleja jamás acabada) a un maestro del hentai digital de gran calidad artística [ojo, que lo que sigue es porno: W Tails Cat 2]; es una conversión que aún a día de hoy me parece una lástima. El erotismo visual cobra fuerza frente al argumento real del tebeo, así este último se pone al servicio del primero como un simple escenario de peli porno. El esteticismo, la adoración del imposible canon  de belleza y la estética industrial futurista, es la meta, por lo que el producto físico resta importancia al mensaje que va más allá de las tintas. Sin embargo, Man-Machine no deja de ser un relato en un formato visual, ciertamente existe un afán por explicar una visión del mundo a través de una fábula. Shirow se ve en una encrucijada: debe darnos una continuación de su discurso posthumanista sin renunciar a su concepto fetichista y cosificador del erotismo visual. Para entender la historia de Man-Machine hay que leer bloques cargados de texto que muchas veces narran procesos paralelos o ajenos a la acción ilustrada, centrada por defecto en las siluetas voluptuosas de la protagonista. La atención del lector se divide en dos frentes que por lo general son piezas difíciles de encajar en el corpus de Ghost in the Shell. Cuando los lenguajes gráfico y literario por fin se aúnan en la misma línea argumental los diálogos pueden arrojar algo de luz sobre el despliegue de gráficos 3D, pornografía mecánica, interfaces de realidad aumentada y el recurrente plano de tetas y culo. A pesar de los esfuerzos de redacción muchas veces es difícil descifrar el ruido visual de cada página,  por lo que siempre queda el recurso del personaje que explica malamente los acontecimientos y de paso ralentiza el ritmo de la lectura. Es la victoria de la superficialidad frente al contenido contextual. Shirow Masamune confiesa así su entrega total al arte por el amor al arte, ¡y que se pudran los filisteos bajo el peso de sus libros de filosofía fútil!

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Este es uno de esos libros que duele leer, a nivel físico, quiero decir. El despliegue de información es tan excesivo que cerebro y ojos se ponen de acuerdo en desconectarse para ahorrarles el esfuerzo inútil a las pobres neuronas. A medida que el lector pasa páginas —muy a su pesar— se da cuenta de que muchas tramas no afectan a la conclusión final del cómic o simplemente quedan sin resolver. Las aventuras cibernéticas de Motoko son una lectura definitivamente prescindible, incluso  si las situamos dentro del canon de Ghost in the Shell. De hecho apenas tiene nexos con el argumento de la obra original, y los que tiene son pocos y mal integrados en la nueva historia. Es una pena que un artista de gran calibre como Shirow haya decidido encerrarse en su casa de muñecas. Al igual que una figurilla a escala de la esbelta protagonista de un anime, Man-Machine Interface es un hermoso cascarón que aliena constantemente todo significado trascendental que pudiese contener el modelo original para apaciguar los instintos más básicos del público.

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