[She] only found another orphan.

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Desde 2008 llevo la cuenta de los libros que he leído. En total he contado 132 títulos en casi ocho años. Por supuesto, algunos se repiten (American Psycho, Miedo y asco en Las Vegas, Para leer al Pato Donald…) y además no he contado la ingente cantidad de cómics, revistas y artículos que he devorado en estos ocho años. ¿Por qué este registro? En general no he sido buen lector; en mi peor año leí solo nueve novelas cortas. Creo que me estoy malcriando engullendo medios más estimulantes para la vista. Controlar mi consumo de literatura acaba siendo una medida que debo imponer para fortalecer mi disciplina, inherentemente laxa. Debo tener en cuenta que el esfuerzo y dedicación que exige un libro es uno de los mejores ejercicios al que se puede someter el cerebro. A veces, durante mis sesiones de clavar codos, me pierdo en pensamientos y preocupaciones y me doy cuenta de que estoy repasando las líneas con la vista para aguantar el tipo hasta el final de la lectura; una parte de mi cerebro ha registrado las palabras, pero no su significado. A mi edad aún necesito mejorar. Como lector y receptor mi labor es comprender de dónde surgen estas palabras y cuál es el lugar que ocupa la obra (el mensaje) en el mundo. Descifrar la tinta dentro de un bloque de papel (o el negro sobre blanco de una columna de texto digital) es un proceso costoso hasta instante en que pasa la última página. Cuando todo queda atrás una nueva pieza encaja en el rompecabezas. Siempre. Incluso cuando la lectura ha sido más que dolorosa e inane salimos de la experiencia más sabios.

Recientemente el título más duro de parir ha sido el Moby Dick de Herman Melville. Recibí un golpe bajo en cuanto descubrí que me encontraba ante un estudio biológico sobre el misterio de los cetáceos a principios del siglo XIX. Ahab e Ishmael comparten su obsesión por los leviatanes, no tanto por la bestia per se como por el monstruo representante de una ínfima fracción de Dios. El primero desafía el poder descomunal que le desposeyó de parte de sí mismo mientras el segundo, años después de los hechos que conforman el argumento, intenta estudiar al animal descomunal que no obedece ni la voluntad ni a la comprensión humana. El uno fracasó al intentar tomar el mundo por la fuerza y el otro perdió menos al intentar dar sentido a la ballena albina. De esta filosofía se puede realizar una lectura metaliteraria del ladrillo que es Moby Dick: la recompensa se encuentra en descubrir la anatomía de la inmensa obra y situarla dentro de una filosofía de acuerdo con sus referencias. Abordar esta novela/ensayo con una idea preconcebida de su contenido es una mala idea, no saldrás bien parado. Puedo recomendarla si posees la paciencia y la curiosidad que hacen ver el mundo desde la lente de la fascinación. No es imprescindible, pero sí muy interesante.

Ahora el delirio de cachalotes descansa bajo la sobria prosa de Cormac McCarthy. Mi estantería corre el peligro de derrumbarse en cualquier momento. Encima de las tablas los lomos escritos atraen la mirada a combinaciones de letras como Woolf, Sade, Fole, Welsh, Márquez, Fallaci, Tusset, Gibson, Salas… El colmo de las listas de espera. Como grimorios encantados mi colección parece respirar en notas de resuellos pesados. Las páginas silban lascivamente y susurran obscenidades en pentámetros yámbicos. Muchos tienen la esperanza de reposar por sus cantos en mis manos tiernas, promesas de caricias en cada dedo. Sueñan con la mirada del voyeur repasando sus pliegues y las sombras de su piel nívea. Algunos fantasean con atraer a los abejorros más exigentes con los perfumes que otorga el tiempo. Dos almas colisionan en cada encuentro, transformándose progresivamente al perderse y mezclarse en el cuerpo del otro. La cita llegará a su fin, pero el recuerdo prevalece en la nostalgia de un romance o en el trauma de una relación tumultuosa.

Tengo que irme. Ulysses me hace ojitos. ¡Leed, malditos!

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