Hazte un katamari

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Faltaba una alegría en mi estantería, algún juego que no implicase liquidar hordas de mellizos de madres distintas. Un día de bochorno gris firmo mi condena a muerte cerebral, dulce coma envuelto en paquete de mensajería. Marqué, en unas pocas horas, las primeras plusmarcas en las cuentas de S.M. El RoboRey. Acumulo toda materia en mi prodigio esférico de constante crecimiento exponencial. Tiemblan los continentes a mi paso ―firme, constante, imparable― y naciones enteras sucumben al oír la música del fin del mundo ―etérea, arrebatadora, incomprensible. Está clara mi misión: devolver al universo su resplandor pretérito forjando los nuevos astros. Un nuevo firmamento se dibuja de la mano del monarca autómata, a quien proveo de las esencias que forman las estrellas. Nunca es suficiente, debo apuntar a la perfección en nombre de mi Señor del Cosmos.

Creado por Namco en 2004, Katamari Damacy, exclusivo para PS2, cogió por banda a Occidente llevando al extremo el non sequitur propio de Japón. A lo largo de los años fueron apareciendo sucesivas secuelas para las consolas de Sony y otras plataformas, todas ellas con la misma o semejante mecánica, simple y a la vez desconcertante. Las reglas son las siguientes: manejar el rodamiento del katamari, esfera multicolor provista de protuberancias, desde su tamaño original y adherir a su superficie objetos de igual o menor tamaño. A medida que el katamari crece su poder de adherencia aumenta, por lo que es capaz de atraer objetos más y más grandes. Motivado por mandato real del extravagante y pomposo Rey de Todo el Cosmos, el jugador debe cumplir una serie de objetivos reglados por unas normas: generalmente se trata de alcanzar cierto tamaño dentro de un tiempo determinado o de las diferentes variantes de recoger objetos que obedecen a una temática concreta. Al final de cada sesión es el mismísimo Rey quien califica y puntúa la bola de miscelánea según un criterio quizás demasiado exigente. Resultan de estas pelotas nuevos cuerpos celestes, de las más estrafalarias formas, que permanecerán como recordatorios de tus hazañas hasta que decidas romper tu propio récord.

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Quisiera destacar el humor de la entrega que nos concierne, un capítulo no tan sorprendente llamado Katamari Forever, publicado en 2009 en exclusiva para Playstation 3. Uno tiene a elegir dos frentes de comedia muy diferentes, clasificados según la participación activa del jugador. El primero es el que ofrecen los monólogos del Rey (y también su sustituto, el RoboRey) y los sketches protagonizados por  la Familia Real y por secundarios variopintos; en estos casos las personalidades extremas de los personajes y los elementos incoherentes del mundo virtual son los que pueden provocar alguna sonrisa. El segundo caso, que pasaremos a explicar en detalle, se da cuando el jugador interactúa con los elementos de cada escenario y descubre motu proprio los estímulos hilarantes del juego. Será largo de describir, así que pasemos al siguiente párrafo, no sin antes apreciar un humilde katamari de 796.933 kilómetros de diámetro a punto de absorber un agujero negro.

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Una partida usual de Katamari Forever implica aterrizar en un mundo colorido envuelto en música machacona o naif, dependiendo de los antojos de los programadores. No atender a la explicación del Rey es normal teniendo en cuenta el abanico de excitantes posibilidades que se presentan ante tu balón mágico. Miras a tu alrededor y te encuentras con un diorama móvil atrapado en un instante que se repite una y otra vez. Este cuadro bucólico con constantes referencias a la cultura pop nipona se ve finalmente desgarrado por la fuerza gravitatoria de una esfera rodada torpemente por un ser diminuto. Los gritos de auxilio fruto del terror cósmico enmudecen frente a las melodías machaconas y el carácter imperturbable del día de la marmota, en el futuro siempre recordado por este pequeño genocidio. O te vuelves loco al darte cuenta de lo destructivo que es el atractivo del katamari rodante o te cagas de risa ante el contraste entre el J-pop y el caos que siembras. Capaces sois de tomároslo a mal, si os pilla de malas. Otro elemento que frivoliza estos desastres es el estilo low poly de los gráficos, o sea, que los modelos en 3D se definen con un número relativamente pequeño de polígonos, como si fuesen figuras de papel. Todo realismo es prescindible y con él lo es nuestra empatía con los damnificados por los caprichos del ególatra Rey. ¡Oh, Magnánimo! ¡No somos dignos! Así se pierde la poca cordura que te queda cuando conviertes un mercado de abastos  —personal y clientela incluidos— en componentes para una estrella en forma de caja registradora. ¡Zas! Olvídate de volver a mirar a tu madre a los ojos.

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Desde hoy tendréis el gusanillo de rodar katamaris cual escarabajos peloteros. El juego tiene varias versiones —ojo, de calidad fluctuante— repartidas en diferentes plataformas: Playstation 2, PSP, Playstation 3, Playstation Vita, Xbox360, iOS, Android, Windows Phone e incluso un mod no oficial para Minecraft. Creo recordar que mi primera experiencia con esta saga ineludible fue con un mini-juego flash, un buen comienzo para los profanos. Una cosa está clara, si queréis disfrutar de este juegazo en todo su esplendor tendríais que haberos comprado una consola de séptima generación. Igual os libráis de pagar si recurrís a métodos poco legales, pero este no es lugar para recomendar emuladores. Daos cuenta que sumergirse demasiado en una sesión de Katamari podría significar viciar de 16:20 a 4:20. Avisados estáis.

¡Ósculos de arcoíris!
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