«Go back to Africa!»

Adolescentes borrachos, uno de ellos sin edad para beber, increpan a un hombre, por lo que se intuye de sus exabruptos, porque este no es de origen inglés. Lo muchachos, visiblemente alterados por el alcohol, le ordenan reiteradamente al hombre de gafas que se apee del tranvía o lo harán bajar ellos a la fuerza. Finalmente los jóvenes salen del vagón no sin antes salpicar de cerveza a los pasajeros que se encontraban alrededor del objetivo de sus amenazas. Frustrado, la víctima de este claro ataque xenófobo ve cómo los chavales huyen. Un comentario final, de ser cierto y de no fallarme la intuición, ofrece un dato revelador: el supuesto inmigrante cumplió siete años de servicio militar en Reino Unido («Seven years in the military, I would—»).

Poco después de la publicación de este vídeo en las redes sociales la policía arrestó a tres sospechosos de 20, 18 y 16 años para interrogarlos por un delito de altercado público. Esto pasó en Manchester, la mañana del martes 28 de junio, sólo 5 días después del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE.

La web oficial True Vision, financiada por la policía británica, registró una subida de denuncias por delitos de odio del 57 % durante el fin de semana posterior a la votación por el llamado Brexit. El resultado del referéndum parece haberse consolidado como patente de corso entre los más reaccionarios de la pérfida Albión, un fenómeno que esperemos sea efímero. Concretamente sólo en Gales Victim Support registró 60 informes de comportamientos xenófobos entre el 24 y el 27 de junio; el jefe de sección de esta organización, Gareth Cuerden, opina que la decisión de la pasada votación se emplea como un catalizador «para decir cosas como “ya no estamos en Europa así que tú no puedes quedarte aquí” o “vuélvete a tu país”». Un mensaje semejante aparecía en tarjetas plastificadas repartidas por la localidad de Huntingdon; estas notas rezaban, en una gramática  y  una ortografía confusas, «Leave the EU/No more Polish Vermin» (Dejamos la UE (?)/No más Alimañas polacas). Dos días después apareció una pintada insultante en la entrada de la Asociación Social y Cultural Polaca del distrito londinense de Hammersmith. Varios abusos e incidentes han venido sucediendo estos últimos días, hasta tal punto que el alcalde de Londres, de ascendencia paquistaní y musulmana, se ha visto obligado a movilizar a la policía y ha llamado a los ciudadanos a adoptar una actitud de tolerancia cero frente al racismo. Esta situación de tensión se ilustra en el perfil de una usuaria de Facebook que ha reunido una serie de «signos preocupantes» en el Reino Unido post-Brexit.

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Nigel Farage, líder del UKIP, habla con los reporteros en Westminster tras anunciarse el resultado del referéndum, 24 de junio de 2016. Mary Turner/Getty Images

Nos queda por ver cómo reaccionan los sectores más chovinistas de los países miembro de la Unión. Son la pérdida de la soberanía nacional y las medidas impopulares de la Troika las que están alimentando los programas electorales de los partidos ultranacionalistas. La propia UE se ha pegado un tiro en el pie al dar la razón al discurso que insistentemente nos dice que no es igual un alemán que un griego, un italiano o un español; de hecho, por como se les trata, parece que no hay nada peor que ser un inmigrante ilegal procedente de África o de Oriente Medio. La semilla se plantó hace tiempo y ahora empiezan a brotar los retoños; puede que estemos a tiempo de cortar la planta de raíz, pero para eso harían falta votantes concienciados que renovasen la dirección de los diferentes gobiernos. Aquí, por desgracia, parece que andamos escasos de gente con sentido común y un mínimo de humanidad.

No nos queda nada.

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La líder del Front National Marine Le Pen durante una rueda de prensa en la que propuso un referéndum sobre la membresía de Francia en la UE, 24 de junio de 2016. Matthieu Alexandre/AFP/Getty Images
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Más que dos carretas

Hola, buenas. ¿Es el Internet? Mire, que quería contribuir a la bilis online con un apunte insignificante sobre una obra que yo, desde mi punto de vista subjetivo y limitado, aprecio no sin algo de vergüenza. Sí, le cuento. Quería dejar claro mi descontento a todo aquel al que le importa un culo mi opinión. Pues es sobre el tipo este, ¿cómo era? Shirow. Shirow Masamune, o Masamune Shirow. Lo mismo da, es un nom de plume. Estaba yo sentado en el retrete, con perspectivas de hacer de vientre, y entre mis manos sostenía el tomo, copia del manga realizado por este señor japonés. Este volumen es la semilla del fruto de mi descontento por la página en la que mis ojos repararon al azar. Ponte en situación: las ilustraciones son una representación del espacio virtual en el que se enfrentan dos conciencias digitales del futuro 2035, donde la barrera entre máquina y ser humano está a punto de desaparecer. Primera viñeta, a la izquierda está el cyborg Motoko, espía informática que vende sus servicios al mejor postor, en este caso intenta hackear la mente de Millenium, una pirata que está saboteando a sus benefactores.

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En esta página se aglomeran los elementos idiosincráticos de este manga de título Man-Machine Interface, secuela de Ghost in the Shell publicada en 2001. El clásico Ghost in the Shell (1989) se puede resumir en un manga de acción que en esencia especula sobre la dirección que puede tomar la evolución humana con la ayuda de cuerpos cibernéticos, inteligencias artificiales y una Red informática en constante expansión. En cambio Man-Machine es un despropósito afectado por tecnicismos, jerga ininteligible, abstracciones incoherentes, ilustraciones recargadas, anotaciones innecesarias, detallismo obsesivo, forzados puntos en común con las religiones asiáticas y mujeres clónicas vestidas según los fetichismos más sugerentes. Uno de los pecados que comete repetidamente Shirow podemos encontrarlo, sin ir más lejos, en el texto a pie de página; léelo y pregúntate dos cosas: ¿Cómo afecta esta información al desarrollo de la historia? ¿Por qué no dibujar la acción de manera que no entre en conflicto con este detalle al que el autor parece darle suficiente importancia como para meterla con calzador en los márgenes de la página? En páginas sucesivas descubrimos que estos datos son completamente irrelevantes, ya que ni la apariencia ni la visibilidad de las representaciones virtuales de los personajes afecta a su toma de decisiones. Desde el comienzo del manga se entiende que el espacio virtual es una abstracción artística y que en la práctica Motoko y Millenium están alterando códigos e intercambiando malware. Este comentario al margen es, en definitiva, una confesión desde el propio autor admitiendo que su dibujo deja mucho que desear y que no hace justicia a la parte literal del relato.

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Me atrevería a decir que esta torpeza narrativa se ve acentuada por el ansia por colocar el mayor número de modelos femeninas por pulgada cuadrada: proporciones propias de El Greco, ropa ajustada, materiales plásticos, generosos senos desafiantes y bragas, muchas bragas. Man-Machine Interface padece del tipo de estímulos más básicos que puedes encontrar en un producto japonés, el fanservice. Masamune Shirow parece haber caído erróneamente en la cuenta de que los cuerpos estilizados de sus féminas son más interesantes que el contexto histórico y filosófico de sus mundos de ciencia ficción, y no digo que sus obras anteriores no tuviesen sus dosis de sílfides semidesnudas pero es que esto ya clama al cielo. Con la llegada del siglo XXI Shirow pasó de ser un filósofo del cyberpunk (Appleseed sería su obra más compleja jamás acabada) a un maestro del hentai digital de gran calidad artística [ojo, que lo que sigue es porno: W Tails Cat 2]; es una conversión que aún a día de hoy me parece una lástima. El erotismo visual cobra fuerza frente al argumento real del tebeo, así este último se pone al servicio del primero como un simple escenario de peli porno. El esteticismo, la adoración del imposible canon  de belleza y la estética industrial futurista, es la meta, por lo que el producto físico resta importancia al mensaje que va más allá de las tintas. Sin embargo, Man-Machine no deja de ser un relato en un formato visual, ciertamente existe un afán por explicar una visión del mundo a través de una fábula. Shirow se ve en una encrucijada: debe darnos una continuación de su discurso posthumanista sin renunciar a su concepto fetichista y cosificador del erotismo visual. Para entender la historia de Man-Machine hay que leer bloques cargados de texto que muchas veces narran procesos paralelos o ajenos a la acción ilustrada, centrada por defecto en las siluetas voluptuosas de la protagonista. La atención del lector se divide en dos frentes que por lo general son piezas difíciles de encajar en el corpus de Ghost in the Shell. Cuando los lenguajes gráfico y literario por fin se aúnan en la misma línea argumental los diálogos pueden arrojar algo de luz sobre el despliegue de gráficos 3D, pornografía mecánica, interfaces de realidad aumentada y el recurrente plano de tetas y culo. A pesar de los esfuerzos de redacción muchas veces es difícil descifrar el ruido visual de cada página,  por lo que siempre queda el recurso del personaje que explica malamente los acontecimientos y de paso ralentiza el ritmo de la lectura. Es la victoria de la superficialidad frente al contenido contextual. Shirow Masamune confiesa así su entrega total al arte por el amor al arte, ¡y que se pudran los filisteos bajo el peso de sus libros de filosofía fútil!

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Este es uno de esos libros que duele leer, a nivel físico, quiero decir. El despliegue de información es tan excesivo que cerebro y ojos se ponen de acuerdo en desconectarse para ahorrarles el esfuerzo inútil a las pobres neuronas. A medida que el lector pasa páginas —muy a su pesar— se da cuenta de que muchas tramas no afectan a la conclusión final del cómic o simplemente quedan sin resolver. Las aventuras cibernéticas de Motoko son una lectura definitivamente prescindible, incluso  si las situamos dentro del canon de Ghost in the Shell. De hecho apenas tiene nexos con el argumento de la obra original, y los que tiene son pocos y mal integrados en la nueva historia. Es una pena que un artista de gran calibre como Shirow haya decidido encerrarse en su casa de muñecas. Al igual que una figurilla a escala de la esbelta protagonista de un anime, Man-Machine Interface es un hermoso cascarón que aliena constantemente todo significado trascendental que pudiese contener el modelo original para apaciguar los instintos más básicos del público.

Soma

French labour union workers and students attend a demonstration against the French labour law proposal in Paris
Manifestación contra la reforma laboral en París, 28 de abril de 2016. Charles Platiau/Reuters

Odio el puto fútbol. Bueno, no. Odio la puta maquinaria mediática y mercantilista que se ha ido construyendo alrededor del balompié. Durante la segunda mitad del siglo pasado los medios audiovisuales han ido perfeccionando las técnicas del montaje y han tomado prestados los recursos líricos de la literatura épica para acabar convirtiendo un deporte popular en un panteón mitológico con sus particulares acólitos, sus predicadores, sus peregrinaciones, sus sectas y sus corruptelas. No siempre segrego bilis cada vez que oigo hablar del mundo de ensueño de las grandes ligas y las competiciones de élite, ese paraíso de cartón piedra  donde todo es camaradería interesada, patriotismo del palo y alguna que otra patada en la espinilla. Estos días les tengo especial tirria a televisiones, emisoras y deportistas por igual con razón de un conflicto de intereses, en el cual, a mi modo de ver, solamente hay una clara prioridad. Para unos lo importante es la fiesta del fútbol, la tradición que abandera los valores occidentales. Para otros, c’est la grève, la huelga, uno de los derechos e instrumentos que garantiza un estado democrático. El corazón de muchos tira hacia el calor de los aficionados en las gradas y el glamour de los futbolistas. El alma de otros tantos mira hacia el futuro de los trabajadores.

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Enfrentamientos entre manifestantes y agentes de policía en Lyon, 28 de abril de 2016. Laurent Cipriani/AP

Las protestas se han ido sucediendo en las principales urbes galas desde que a finales de febrero se anunciase la puesta en marcha de la reforma laboral. La nueva legislación, inspirada en la española de 2012, supondría un duro golpe para la clase trabajadora: las medidas en su conjunto favorecerían a los empresarios y abaratarían los costes laborales. Nos suena, ¿no? La reforma también ha creado un cisma dentro de la izquierda francesa, de la que el partido de François Hollande se desentiende al ceder ante las exigencias de la Comisión Europea. Del desacuerdo entre gobierno y sindicatos surgen las revueltas sociales en medio de una alerta terrorista que tiene razones para prolongarse indefinidamente. Eran pocos los quebraderos de cabeza cuando finalmente llega la Eurocopa, la gallina de los huevos de oro. Putain. De repente se habla de la Euro 2016 como una festividad necesaria para combatir el descontento y el terror. Tengamos la fiesta en paz, en esto están de acuerdo Hollande y los medios de comunicación. Parece que el fútbol se ha convertido en un pretexto perfecto para apaciguar a los manifestantes, que se verían perjudicados si interrumpiesen el transcurso normal del torneo; para evitar posibles altercados, el primer ministro Valls amenaza con prohibir preventivamente las movilizaciones convocadas para el 23 y el 28 de junio. Los grandes medios, en sincronía con el discurso oficial, apartan su foco de atención del Senado, donde se ha tramitado la reforma, y de la Asamblea Nacional, futuro escenario de la votación definitiva prevista para el 5 de julio, un día antes de las semifinales.  La lucha obrera sería en vano si periodistas y políticos lograsen deslegitimar la huelga en una campaña que la convirtiese, a ojos de la opinión pública,  en la ruina del campeonato de la UEFA. Ante semejante perspectiva sindicatos y manifestantes tienen las de perder tanto si salen a la calle como si no.

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“en cenizas todo se hace posible”. Graffiti en el Boulevard des Invalides de París, escrito durante la manifestación del 15 de junio de 2016. Jacques Demarthon/AFP/Getty Images

Como en una distopía una competición deportiva actúa igual que la droga de Huxley, otra forma de la manida metáfora del opio del pueblo. El fútbol no es el Mal, sino aquellos que lo usan como herramienta política y de control social. Volveremos a ver más manipulaciones en Río 2016; otra vez acapararán las portadas las victorias de los medallistas nacionales y quedará relegada a un segundo plano la violencia policial permitida por corruptos de… ¿Pero qué estoy diciendo? Somos malfollados como yo los que no sabemos disfrutar del espectáculo y de la pasión de apoyar a nuestros campeones. Mira, será mejor para todos que me deje de chorradas y me ponga a hacer lo que siempre he querido: un blog dedicado a las proezas del eminente Predrag Mijatović. ¡Me bajo al bar! Desde hoy gritarle a la tele y discutir con los patrones serán mi hobbies favoritos. Te quiero, Manolo Lama. ¡Vamos, España! ¡¿Ya la estás liando, Piqué?! ¡Que no te la metan, De Gea! ¡Fuera de juego, me cago en Dios! ¡Huy! Eso es roja, ¿no? ¡Me cago en tu pecho, árbitro! ¡Gol, hostia! ¡Goooooool! ¡Œ, œ, œ, œeeee…!

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[She] only found another orphan.

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Desde 2008 llevo la cuenta de los libros que he leído. En total he contado 132 títulos en casi ocho años. Por supuesto, algunos se repiten (American Psycho, Miedo y asco en Las Vegas, Para leer al Pato Donald…) y además no he contado la ingente cantidad de cómics, revistas y artículos que he devorado en estos ocho años. ¿Por qué este registro? En general no he sido buen lector; en mi peor año leí solo nueve novelas cortas. Creo que me estoy malcriando engullendo medios más estimulantes para la vista. Controlar mi consumo de literatura acaba siendo una medida que debo imponer para fortalecer mi disciplina, inherentemente laxa. Debo tener en cuenta que el esfuerzo y dedicación que exige un libro es uno de los mejores ejercicios al que se puede someter el cerebro. A veces, durante mis sesiones de clavar codos, me pierdo en pensamientos y preocupaciones y me doy cuenta de que estoy repasando las líneas con la vista para aguantar el tipo hasta el final de la lectura; una parte de mi cerebro ha registrado las palabras, pero no su significado. A mi edad aún necesito mejorar. Como lector y receptor mi labor es comprender de dónde surgen estas palabras y cuál es el lugar que ocupa la obra (el mensaje) en el mundo. Descifrar la tinta dentro de un bloque de papel (o el negro sobre blanco de una columna de texto digital) es un proceso costoso hasta instante en que pasa la última página. Cuando todo queda atrás una nueva pieza encaja en el rompecabezas. Siempre. Incluso cuando la lectura ha sido más que dolorosa e inane salimos de la experiencia más sabios.

Recientemente el título más duro de parir ha sido el Moby Dick de Herman Melville. Recibí un golpe bajo en cuanto descubrí que me encontraba ante un estudio biológico sobre el misterio de los cetáceos a principios del siglo XIX. Ahab e Ishmael comparten su obsesión por los leviatanes, no tanto por la bestia per se como por el monstruo representante de una ínfima fracción de Dios. El primero desafía el poder descomunal que le desposeyó de parte de sí mismo mientras el segundo, años después de los hechos que conforman el argumento, intenta estudiar al animal descomunal que no obedece ni la voluntad ni a la comprensión humana. El uno fracasó al intentar tomar el mundo por la fuerza y el otro perdió menos al intentar dar sentido a la ballena albina. De esta filosofía se puede realizar una lectura metaliteraria del ladrillo que es Moby Dick: la recompensa se encuentra en descubrir la anatomía de la inmensa obra y situarla dentro de una filosofía de acuerdo con sus referencias. Abordar esta novela/ensayo con una idea preconcebida de su contenido es una mala idea, no saldrás bien parado. Puedo recomendarla si posees la paciencia y la curiosidad que hacen ver el mundo desde la lente de la fascinación. No es imprescindible, pero sí muy interesante.

Ahora el delirio de cachalotes descansa bajo la sobria prosa de Cormac McCarthy. Mi estantería corre el peligro de derrumbarse en cualquier momento. Encima de las tablas los lomos escritos atraen la mirada a combinaciones de letras como Woolf, Sade, Fole, Welsh, Márquez, Fallaci, Tusset, Gibson, Salas… El colmo de las listas de espera. Como grimorios encantados mi colección parece respirar en notas de resuellos pesados. Las páginas silban lascivamente y susurran obscenidades en pentámetros yámbicos. Muchos tienen la esperanza de reposar por sus cantos en mis manos tiernas, promesas de caricias en cada dedo. Sueñan con la mirada del voyeur repasando sus pliegues y las sombras de su piel nívea. Algunos fantasean con atraer a los abejorros más exigentes con los perfumes que otorga el tiempo. Dos almas colisionan en cada encuentro, transformándose progresivamente al perderse y mezclarse en el cuerpo del otro. La cita llegará a su fin, pero el recuerdo prevalece en la nostalgia de un romance o en el trauma de una relación tumultuosa.

Tengo que irme. Ulysses me hace ojitos. ¡Leed, malditos!

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No homo, bro

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Muestra de solidaridad con las víctimas del atentado de Orlando en París, 13 de junio de 2016. Geoffroy Van Der Hasselt/AFP/Getty Images

En noviembre de 2009 me disponía a salir del baño de un pub de Derry cuando el attendant junto al lavabo me llamó la atención: «¿Eres español?» Si la memoria no me falla se trataba de un ecuatoguineano venido a Irlanda desde España. Se ganaba la vida como podía para cuidar a su hijo y no tenía buen recuerdo de su paso por mi patria. Al parecer estuvimos hablando un rato largo, porque una amiga abrió la puerta para comprobar que no me había ahogado en la taza del váter. Cuando volvimos a estar solos mi interlocutor me preguntó si ella era mi novia. Le comenté que no era el caso, que de hecho mi colega era lesbiana. Pude ver su gesto de sorpresa ante revelación tan banal. La conversación perdió fuelle en el momento en que expresó su opinión de que a mi compañera le hacía falta un hombre. A mi réplica sobre la normalidad de las diferentes preferencias sexuales él confesó que nunca compartiría espacio con un hombre gay, no fuese a ser que este aprovechase para violarlo mientras durmiese. Caramba. Me despedí tras informarle educadamente que a lo largo de mi vida había pasado varias noches bajo el mismo techo que un homosexual y que jamás me había visto en la tesitura de que me quisieran separar las nalgas con intenciones aviesas. De vuelta en la mesa mis amigas no podían creerse que una víctima de la discriminación xenófoba no fuese capaz de ver esa misma repulsa en su actitud hacia los gays. Una cosa no quita la otra, me temo; cualquier persona puede ser homófoba, solo hace falta ignorancia.

Es un tópico destacar el descontento que algunos tienen con el Día del Orgullo: ¿Y por qué no un Día del Orgullo Hetero? Sin irnos muy lejos, encontramos buenas razones en la historia reciente de España, cuando el régimen franquista criminalizó la homosexualidad a partir del 15 de julio de 1954 al incluir a los homosexuales en el listado de indeseables dentro de la Ley de vagos y maleantes republicana. Durante la dictadura y parte de la Transición más de 5.000 personas, mujeres y hombres, fueron arrestadas por ser homosexuales, la mayoría ingresaría en prisión o en las llamadas colonias agrícolas entre uno y tres años bajo condena de trabajos forzados. El 6 de agosto de 1970 entró en vigor la Ley de Peligrosidad Social y Rehabilitación Social por la cual el gobierno fascista buscaba el tratamiento que curase la homosexualidad: ahora los invertidos detenidos se repartirían especialmente entre el penal de Badajoz (para los pasivos) y el de Huelva (para los activos), también eran destinados a otros centros, como el de Carabanchel en Madrid. Los reclusos no saldrían de la penitenciaría hasta cumplir penas que rondaban entre 3 meses y 3 años, dependiendo de cómo ‘mejorase’ su comportamiento. Las condiciones eran deplorables y muchos perdieron la cabeza al ver cómo su condena se prorrogaba constantemente. El calvario no acababa al salir de prisión, sino que se alargaba otro año durante el cual tenían que dar parte de su comportamiento ante las autoridades locales cada 15 días, lo que para muchos significaba estar lejos de sus hogares y familias. Para colmo los presos entraban a formar parte del registro de homosexuales peligrosos, como le sucedió a Antoni Ruiz, uno de tantos «pasivos» que fueron enviados a la cárcel de rehabilitación social de Badajoz aún tras la muerte de Franco. Se dice que en esta última etapa hubo reclusos que fueron torturados e incluso lobotomizados para reconducirlos por el camino recto de la heterosexualidad, si es que el tratamiento no los mataba. Para estas víctimas del franquismo no hubo amnistía durante la Transición; los últimos encarcelados por su orientación sexual fueron liberados en 1979. No fue hasta la llegada del nuevo siglo que sus antecedentes criminales fueron eliminados de los archivos policiales, así limpiando su nombre definitivamente.

Recientemente se oyeron voces disidentes en contra de la dirección mercantilista que está tomando la celebración del Día del Orgullo Gay. Quizás la actitud festiva ha ido apartando poco a poco el espíritu de protesta con el que se inició en Barcelona allá por 1977. En vista del avance del conformismo y de los constantes casos de violencia homófoba, dentro y fuera de nuestras fronteras, creo que el Orgullo debería acentuar mucho más su carácter de manifestación y de evento de concienciación social. Siguen existiendo nostálgicos y retrógrados incapaces de convivir con alternativas a la llamada heteronorma, por lo que se debe visibilizar la viabilidad de estilos de vida que no se ajusten a la moral puritana y conservadora. A todos nos beneficia exigir una educación sexual más completa, una en la que la sexualidad no sea tema tabú, una que haga obsoleto el arquetipo del macho patriarcal y que elimine los estereotipos y las falacias relativos al colectivo LGBTQ. Espero que algún día, no muy lejano, no exista la necesidad de celebrar el Orgullo y que este se convierta en un país (un mundo) donde la orientación sexual de una persona sea una trivialidad que solo importa a la hora de encontrar pareja. La sociedad no se va al garete si dos hombres van de la mano por la calle o, no lo quiera Dios, si dos mujeres crían a sus hijos en la intimidad de su casa. Y cabe recordar que mis amigos de la otra acera no me han dado por culo subrepticiamente y que vivo sin miedo a un apocalipsis marica donde camioneras feminazis me cortan la polla; más que nada porque resulta que muchas personas decentes son gays.

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Conchita Wurst durante el pregón del Orgullo de Madrid, 2 de julio de 2014. Carlos Rosillo

Hazte un katamari

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Faltaba una alegría en mi estantería, algún juego que no implicase liquidar hordas de mellizos de madres distintas. Un día de bochorno gris firmo mi condena a muerte cerebral, dulce coma envuelto en paquete de mensajería. Marqué, en unas pocas horas, las primeras plusmarcas en las cuentas de S.M. El RoboRey. Acumulo toda materia en mi prodigio esférico de constante crecimiento exponencial. Tiemblan los continentes a mi paso ―firme, constante, imparable― y naciones enteras sucumben al oír la música del fin del mundo ―etérea, arrebatadora, incomprensible. Está clara mi misión: devolver al universo su resplandor pretérito forjando los nuevos astros. Un nuevo firmamento se dibuja de la mano del monarca autómata, a quien proveo de las esencias que forman las estrellas. Nunca es suficiente, debo apuntar a la perfección en nombre de mi Señor del Cosmos.

Creado por Namco en 2004, Katamari Damacy, exclusivo para PS2, cogió por banda a Occidente llevando al extremo el non sequitur propio de Japón. A lo largo de los años fueron apareciendo sucesivas secuelas para las consolas de Sony y otras plataformas, todas ellas con la misma o semejante mecánica, simple y a la vez desconcertante. Las reglas son las siguientes: manejar el rodamiento del katamari, esfera multicolor provista de protuberancias, desde su tamaño original y adherir a su superficie objetos de igual o menor tamaño. A medida que el katamari crece su poder de adherencia aumenta, por lo que es capaz de atraer objetos más y más grandes. Motivado por mandato real del extravagante y pomposo Rey de Todo el Cosmos, el jugador debe cumplir una serie de objetivos reglados por unas normas: generalmente se trata de alcanzar cierto tamaño dentro de un tiempo determinado o de las diferentes variantes de recoger objetos que obedecen a una temática concreta. Al final de cada sesión es el mismísimo Rey quien califica y puntúa la bola de miscelánea según un criterio quizás demasiado exigente. Resultan de estas pelotas nuevos cuerpos celestes, de las más estrafalarias formas, que permanecerán como recordatorios de tus hazañas hasta que decidas romper tu propio récord.

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Quisiera destacar el humor de la entrega que nos concierne, un capítulo no tan sorprendente llamado Katamari Forever, publicado en 2009 en exclusiva para Playstation 3. Uno tiene a elegir dos frentes de comedia muy diferentes, clasificados según la participación activa del jugador. El primero es el que ofrecen los monólogos del Rey (y también su sustituto, el RoboRey) y los sketches protagonizados por  la Familia Real y por secundarios variopintos; en estos casos las personalidades extremas de los personajes y los elementos incoherentes del mundo virtual son los que pueden provocar alguna sonrisa. El segundo caso, que pasaremos a explicar en detalle, se da cuando el jugador interactúa con los elementos de cada escenario y descubre motu proprio los estímulos hilarantes del juego. Será largo de describir, así que pasemos al siguiente párrafo, no sin antes apreciar un humilde katamari de 796.933 kilómetros de diámetro a punto de absorber un agujero negro.

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Una partida usual de Katamari Forever implica aterrizar en un mundo colorido envuelto en música machacona o naif, dependiendo de los antojos de los programadores. No atender a la explicación del Rey es normal teniendo en cuenta el abanico de excitantes posibilidades que se presentan ante tu balón mágico. Miras a tu alrededor y te encuentras con un diorama móvil atrapado en un instante que se repite una y otra vez. Este cuadro bucólico con constantes referencias a la cultura pop nipona se ve finalmente desgarrado por la fuerza gravitatoria de una esfera rodada torpemente por un ser diminuto. Los gritos de auxilio fruto del terror cósmico enmudecen frente a las melodías machaconas y el carácter imperturbable del día de la marmota, en el futuro siempre recordado por este pequeño genocidio. O te vuelves loco al darte cuenta de lo destructivo que es el atractivo del katamari rodante o te cagas de risa ante el contraste entre el J-pop y el caos que siembras. Capaces sois de tomároslo a mal, si os pilla de malas. Otro elemento que frivoliza estos desastres es el estilo low poly de los gráficos, o sea, que los modelos en 3D se definen con un número relativamente pequeño de polígonos, como si fuesen figuras de papel. Todo realismo es prescindible y con él lo es nuestra empatía con los damnificados por los caprichos del ególatra Rey. ¡Oh, Magnánimo! ¡No somos dignos! Así se pierde la poca cordura que te queda cuando conviertes un mercado de abastos  —personal y clientela incluidos— en componentes para una estrella en forma de caja registradora. ¡Zas! Olvídate de volver a mirar a tu madre a los ojos.

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Desde hoy tendréis el gusanillo de rodar katamaris cual escarabajos peloteros. El juego tiene varias versiones —ojo, de calidad fluctuante— repartidas en diferentes plataformas: Playstation 2, PSP, Playstation 3, Playstation Vita, Xbox360, iOS, Android, Windows Phone e incluso un mod no oficial para Minecraft. Creo recordar que mi primera experiencia con esta saga ineludible fue con un mini-juego flash, un buen comienzo para los profanos. Una cosa está clara, si queréis disfrutar de este juegazo en todo su esplendor tendríais que haberos comprado una consola de séptima generación. Igual os libráis de pagar si recurrís a métodos poco legales, pero este no es lugar para recomendar emuladores. Daos cuenta que sumergirse demasiado en una sesión de Katamari podría significar viciar de 16:20 a 4:20. Avisados estáis.

¡Ósculos de arcoíris!
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Phantassie

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Hace más o menos dos años estuve viviendo una temporada en un híbrido de remolque y casa prefabricada en el concejo de East Lothian. Mi compañero y anfitrión era un carpintero oriundo del D.F. y tenía doble nacionalidad azteca y canadiense. Fue la primera persona que me ofreció porros en Escocia («¿Gallo?») y era el alma de la fiesta en tanto que era imposible pararlo tan pronto se ponía a bailar. Puede que fuese la morriña o la facilidad con la que me embelesan los acentos y jergas foráneos, pero tengo que admitir que se ganó mi cariño tan pronto me llamó ‘carnal’ al final de una noche de acuarelas y caleidoscopios. Se sumó a su encanto particular el amor que sentía por el dubstep, género con el que yo ya había tenido algún que otro escarceo amoroso durante la carrera. Unos meses más tarde me enteré de que casi pierde un pulgar manejando una radial. Hoy en día Vicente sigue sembrando buen rollo y dándolo todo en las fiestas de Edimburgo, con su dedo reimplantado, como si nada.

Mi hogar temporal estaba a kilómetro y medio del centro de East Linton, pueblo al que sólo podía acceder siguiendo un camino que atravesaba un campo de ejercicios de hípica, en mi memoria siempre abonado con mierda de oveja. El cercano río Tyne cortaba el pueblo en dos y su ribera formaba parte de la ruta John Muir, un paseo de gran valor paisajístico que incluye  las curiosidades arquitectónicas locales del molino de Preston y el palomar de Phantassie. Precisamente Phantassie era el nombre de la granja donde había estado trabajando como voluntario a través de la organización WWOOF para productos orgánicos y ecológicamente viables. Mi voluntariado había terminado a comienzos de junio, por lo que ya no disfrutaba de mi derecho a dormir en la pequeña caravana que había sido mi refugio durante poco más de mes y medio. No sé qué hubiese pasado si mi estancia se hubiese prorrogado unas semanas más, porque al parecer había un avispero en construcción dentro del armario; nice. Mi antigua casa con ruedas estaba situada en un campamento de caravanas que rodeaban un tráiler verde, una vieja cocina y comedor móvil para uso de los trabajadores. A este remolque lo llamaban The Goddess quizás por una asociación simbólica con la Madre Tierra, que nos cuida y alimenta… a la vez que puede jodernos la vida, como demostraban las ortigas que brotaban alrededor de nuestra diosa verde.

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Lo mejor de Phantassie eran sus empleados y voluntarios. Estaba Lizz, mi jefa, un ejemplo del humor y el sarcasmo escoceses; por mi cumpleaños me regaló dos libros: una novela de Stephen Fry y una edición en inglés de El amor en los tiempos del cólera, ambas con dedicatorias que a día de hoy hacen que me tiemble el morrillo. También estaba la australiana Happy —lovely Happy— la nueva encarnación de la contracultura hippie y una de las criaturas más amables (dignas de ser amadas) que he conocido. Hice buenas migas con Gary, un autodenominado hobo (vagabundo) de Glasgow memorable por su descaro y sus canciones, sobre todo por su versión de Across 110th Street. Guillaume, de Lyon, se vino desde Francia en coche (¿era un Citroën o un Peugeot?) y calculaba los límites de velocidad de millas/hora a km/hora por la cuenta de la vieja. También coincidí con la risueña Patricia, actriz sevillana que, junto a otras anécdotas, me contó cómo montó un follón al comer jamón en una comuna de hare krishna. Kim, alemana venida de Nueva Zelanda, era difícil de tratar, y lo más extraño de ella era su fijación obsesiva por las gallinas. Merece una mención especial Travis, un auténtico kiwi que parecía sacado de una peli de Mad Max. Y estos son solo algunos de muchísimos personajes con los que conviví en Phantassie: Hana, Lela, Cécilia, Sarah, Monica, Michala, Fiona, Moss, Cindy, Kevin, Skye…

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A veces echo de menos esas noches en las que la vejiga me pedía salir al campo de madrugada. Mientras la meada rociaba la hierba me quedaba embobado mirando el horizonte, negro sobre casi negro. Una madrugada, cuando el cielo se tornaba azul por el este, pude ver a unos 20 metros de mí una cabeza con cornamenta que me devolvía la mirada. Huyó saltando antes de que pudiese adivinar qué era exactamente. La magia de viajar se encapsuló en ese corto instante de duermevela, en los primeros piares de pájaros madrugadores y el brillo de esos ojos de presa astada. Los días de bajón siempre había alguien dispuesto a alegrarte, ya fuese con partidas de ping-pong o una sesión de dibujo y filosofía vespertina. Algún fin de semana fue obligatorio ir al pub del pueblo a bajarse unas pintas, y de paso preguntarse por qué entre los juegos de mesa tenían a elegir el Twister. En otra ocasión fuimos a Edimburgo en el coche de Vicente, con un mix de dubstep retumbando en los bafles; ya en el garito (sesión de minimal/techno/acid) un tipo sudoroso me dijo que el MDMA le hacía hablar con desconocidos. You don’t say, mate?

Destaquemos este episodio del Studio 24, shall we? Afuera, lejos de los bucles insípidos del techno/minimal/acid/whatever, conocí a dos gallegos que estaban currando en Edimburgo. Como yo, las circunstancias económicas de la patria los obligaron a buscar trabajo en el sector servicios del Reino Unido. Muchos salen de la universidad o de formación profesional con lo justo de inglés para lanzarse a la aventura. Todos conocemos a alguien que ha encontrado mejores oportunidades en el extranjero, ya sea de lo suyo o de hosteleria. Muchos son curros en ETTs donde el sueldo es justo para permitirse vivir en un pisito compartido en Leith o en cualquier otro barrio obrero de Europa o América. Las pasan putas y luego se los trata como ciudadanos de segunda en el país de origen; y para colmo al final vienen cabezas cuadradas nacionalistas como los del UKIP a decirles que no hay sitio para usurpadores. Son tiempos jodidos en los que muchos tenemos la soga al cuello y estamos dispuestos a hacer lo que sea para evitarnos la miseria. Emigrar es un último recurso y a la vez un acto de protesta: pone en relieve el estado deplorable de un país cuya población se ha convertido en mercancía a repartir entre los conglomerados empresariales que se confunden con legisladores y altos funcionarios. Al final todo se reduce a hacer circular la moneda de cambio dentro de esa ilusión que es el consumismo global, donde el valor se expresa en números y en beneficios potenciales. No eres un ser humano consciente de tu condición en el mundo, sino otro engranaje prescindible en la maquinaria del cajero automático de una sucursal de un banco exclusivo para las élites. No hay derechos, hay CVs crecientes que repartir y una ansiedad que se alimenta de la incertidumbre. Arbeit macht frei, vivir es trabajar y trabajar es desvivirse para malvivir. El único consuelo que queda en este conato de distopía es que puedas sufrir en buena compañía. Viva. Bravo. Y si acaso un hurra.

Es increíble pensar que puedes sentirte más seguro lejos del hogar donde creciste.

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