Del desamparo y la deshumanización

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Refugiados en Harmanli, Bulgaria, noviembre de 2013. Nikolay Doychinov/AFP/Getty Images

En 2015 se registraron las tasas más altas de inmigración irregular dentro de la llamada crisis de inmigración en Europa. Más de un millón de personas, procedentes de África y Asia en su mayoría, arriesgaron sus vidas para conseguir asilo en la Unión Europea a cualquier precio. Cabe destacar la cantidad de refugiados sirios que se contaban entre los desplazados, una pequeña porción de los casi 5 millones registrados en países vecinos, sin contar los 6 millones de vagan dentro de Siria. Ese mismo año las cifras europeas de desplazamientos masivos aumentaron hasta cuatro veces con respecto al 2014. Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones, sólo el año pasado dieron cuenta de las muertes o desapariciones de 3.692 migrantes que intentaban llegar a las costas de Italia y principalmente Grecia atravesando el Mediterráneo. Este año 2016 el flujo de entrada irregular  a la Unión Europea se ha visto mermado con respecto a los datos mensuales del año pasado, quizás una reacción a las medidas drásticas llevadas a cabo por países como Macedonia y Hungría junto con el acuerdo UE-Turquía de marzo.

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Migrantes llegan a la isla de Rodas después de naufragar, 20 de abril de 2015. EPA/Loukas Mastis

Desde noviembre del año pasado la Europol ha estado advirtiendo sobre la vulnerabilidad de estos desposeídos ante las mafias del tráfico de personas, un turbio negocio clandestino que, se calcula, mueve cada año 134 mil millones de euros a escala global. Rob Wainwright, director de Europol, concretó que los traficantes europeos obtuvieron un beneficio cercano  a los 5 mil millones en 2015, el año más multitudinario de la crisis migratoria, a base de cobrar a cada migrante una cifra que oscila entre 3.000 y 5.000 €. Hay que señalar que en este contexto la denominación de «tráfico de personas» abarca el tráfico ilegal —el negocio de facilitar el traspaso de fronteras— y la trata —traducido como mercado de esclavos—. Los representantes del órgano policial europeo afirman que en todo el mundo 21 millones de personas son víctimas de la trata de seres humanos: explotación sexual, servicios domésticos, trabajos forzados, mendicidad y extracción de órganos. Brian Donald, jefe de gabinete de Europol, aporta un dato aun más escalofriante: un tercio de estos verdaderos esclavizados son menores.

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Fuerzas policiales desalojan un campamento de refugiados en Calais, 21 de septiembre de 2015. Philippe Huguen/AFP/Getty Images

El pasado enero Brian Donald anunció que se había perdido la pista de 10.000 menores que llegaron a territorio europeo. A riesgo de sonar demasiado alarmante, aclaró que el hecho de que hayan desaparecido no implica que hayan sido captados o capturados por organizaciones criminales, sino que podrían haber pasado al cuidado de familiares sin el conocimiento de las autoridades. Sin embargo Donald insistía: el 27 % del millón de inmigrantes registrados en 2015 eran menores, de los cuales al menos 26.000 no iban acompañados por adultos, según informes de Save the Children. El colectivo infantil es un objetivo preferente y una fuente de ingresos ideal para los traficantes, pues son una inversión a largo plazo y  es relativamente sencillo transportarlos, retenerlos y cuidarlos. Cuando decimos  «cuidar» hablamos de mantenerlos hacinados en condiciones deplorables para explotarlos y abusar de ellos de tal manera que quedan reducidos a algo menos que objetos de consumo desechables. Hoy, 25 de mayo, está señalado en los calendarios de varios países como el Día Internacional de los Niños Desaparecidos, en su origen una efemérides en la que se mira a casos concretos y no al rampante fenómeno global de la trata de seres humanos. Cada caso de desaparición es una ínfima punta visible de una empresa monstruosa que aporta nuevas facetas al sufrimiento de la humanidad.

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Lama y sus dos hijos, Motasim y Mutaz, cruzan la frontera de Serbia a Hungría, septiembre de 2015. Sergi Cámara

Rob Wainwright ya nos advertía que los sindicatos del crimen están coordinando simultáneamente el tráfico de personas con el de estupefacientes, lo que significa una garantía de crecimiento a largo plazo. La colaboración entre los Estados Miembro de la UE es esencial si realmente quieren desmantelar las redes criminales internacionales, asegurando así la protección y la garantía de los derechos humanos. No sólo deben destinar recursos a la lucha contra los traficantes, también debería haber un cambio estratégico radical a la hora de resolver la crisis de los desplazados, porque de un modo u otro llegarán y atravesarán las fronteras hacia Europa. No se trata de actuar por caridad, sino porque es nuestro deber moral.

Actualización: Organizaciones como ACNUR y MSF lo están dando todo por ayudar a estas personas, para ello necesitan la colaboración desinteresada de ciudadanos preocupados. Si puedes permitírtelo, apoya proyectos humanitarios que alivien las necesidades de gente que, como tú, quiere vivir feliz y dignamente. Y, por supuesto, movilízate y participa para que nuestros políticos protejan los derechos básicos.
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