Relatos de lo extraordinario

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The League of Extraordinary Gentlemen
, de Alan Moore y Kevin O’Neill, es sin lugar a dudas uno de los fanfics más elaborados de la literatura moderna. La Liga cuenta las aventuras de un grupo especial del Servicio de Inteligencia británico durante el ocaso de la era victoriana. Sus miembros son nada más y nada menos que personajes salidos de los clásicos literarios de la segunda mitad del siglo XIX: la profesora Wilhelmina Murray, el legendario cazador y aventurero Allan Quatermain, el sanguinario pirata Nemo, el neurótico Dr. Henry Jekyll y el esquivo Hawley Griffin. La saga de cómics de la Liga está ambientada en un universo donde gran parte, si no todos, los hechos y personas de las obras de ficción ―literatura, teatro, música, bande desinée, cine y televisión― se funden con eventos históricos reales; de esta manera la extensión y la profundidad narrativa de la Liga, tan solo insinuadas, harían enrojecer a los defensores de la hipótesis universal de Tommy Westphall. El resultado de este proyecto gargantuesco ―una épica que cubre desde la época mitológica hasta la primera década del siglo XXI― es una narración intrigante, surrealista, madura, sorprendente y estimulante. Lo familiar se distorsiona, o caricaturiza, gracias al carácter de la ficción que surge dentro de su correspondiente contexto histórico, como si el imaginario popular alterase la realidad. La serie es al mismo tiempo un homenaje a la creatividad de la que mana nuestra cultura popular y un comentario sobre nuestras circunstancias presentes, además alimenta la curiosidad del ávido lector presentando referencias a otros trabajos que pueden enriquecer sucesivas lecturas de la Liga.

The League of Extraordinary Gentlemen es un ejercicio de escritura que comparte muchos puntos en común con la fan fiction. La definición  de fanfic es un tanto problemática por su amplitud, pues abarca tanto la novela histórica como los escarceos eróticos ambientados en Hogwarts (Ron y Harry se dan el lote y mucho más, sí). El fenómeno fanfic ― y por extensión el del fan art― es tan viejo como la literatura misma: no tendría reparos en incluir dentro de esta categoría  el Edipo Rey de Sófocles, El cuento del cortador de bambú,  La Divina Comedia de Dante, Ricardo III de Shakespeare, el Quijote de Avellaneda, la revista El Jueves o El Evangelio según Jesucristo de Saramago. A muchos les rechinará que los trabajos de aficionados puedan codearse con estos grandes clásicos, pero no es la originalidad lo que da valor a una obra sino su calidad. Es muy fácil despreciar las obras menores ―al igual que se vilipendió el penny dreadful en el siglo XIX, el pulp en el XX o la literatura pornográfica desde siempre―, sin embargo por cada Mary Sue siempre habrá auténticos ensayos y sesudas exploraciones de universos que los autores originales no pudieron realizar en su momento. ¿Nunca te has parado a especular sobre los rituales de los Fremen de Arrakis, la identidad de género de Heliogábalo , o los bajos fondos de Midgar? Por supuesto no todas las propuestas son viables como productos mercantiles, ya que existen leyes que garantizan y protegen los derechos de los autores originales hasta cierto tiempo tras su muerte. Si los relatos fanfic no pueden entrar dentro de la obra canónica, no se puede negar que por lo menos son el resultado del imaginario colectivo y del debate en torno al arte, y por tanto constituyen una parte considerable de nuestra cultura. Uno puede adoptar el postmodernismo o creer en la muerte del autor y siempre dará la bienvenida a nuevas perspectivas de ideas ya asentadas. Como mínimo debemos concederle a la fan fiction la capacidad de ser el entrenamiento básico y esencial para mejorar el proceso de escritura de los aspirantes a novelistas. Copiar, transformar y combinar son los principales recursos de la mente creativa, porque nada es original. Como diría Kirby Ferguson, «todo es un remix».

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Toda idea acaba formando parte del dominio público, al fin y al cabo los derechos de autor tienen sus límites. Muchos equiparan a Alan Moore con Walt Disney Pictures, acusándolo de apropiarse de material que ya es parte de la cultura popular. Para mí el mérito de unir de manera tan magistral y detallada elementos tan dispares como Alicia en el País de las Maravillas y los mitos de Cthulhu es razón suficiente para darle a Moore, y por supuesto también a O’Neill, el privilegio de la autoría. De por sí muchas situaciones y personajes no son suyos per se, pero tiene todo el derecho a usarlos y de hecho se los ha ganado añadiéndoles nuevas facetas que combinadas forman una totalidad única.

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