susser

Fotos movidas. Grabaciones saturadas. Un cardenal por brazo y viernes de resaca. Un momento dichoso dilatado en tres años de Éxtasis y uno de amnesia. Bailábamos ciegos y sordos, encadenados por los golpes que se daban nuestros cuerpos entre sí. Unidos en un coro de Mierda de ciudad sobre el Gaudeamus igitur. Éramos mis hermanos (sin parentesco) y yo, y que ardiese el mundo.

Y en el momento en que dejamos de vernos a diario me despedí de mi juventud. La parca reclamó el tiempo suspendido, pero no pude reclamar el título de mi madurez. Desde entonces he vivido bajo un umbral. Un impasse burocrático prorrogado por mi deseo de revivir el pasado, de mejor manera, para tallar un presente ideal. Hoy sé, demasiado tarde, que la nostalgia es lento veneno.

Al final de aquel verano volví a la carga. Me ahogué en una soledad autoimpuesta, la penitencia por mi desidia. Fracasé de nuevo por todo lo que me estaba devorando por dentro, tanto el alma como la carne misma. Para el dolor de la realidad encontré mi opio particular en las escapadas. Me rendí. ¿Por qué? La razón era yo mismo, sin más. ¿Cómo destruirse y empezar de nuevo?

Seguramente fue la desolación de la meseta la que me inspiró en la víspera del nuevo año: viajaría a tierra de flores de cardos, a buscarme en el ciclo de la semilla y el estiércol. No sé si logré transcender a base de apreciar esta metáfora a diario, pero al menos reuní fuerzas y lana para volver a las aulas. El optimismo me hizo precipitarme con mayor fuerza. Resultó ser otra derrota estrepitosa en casi todos los frentes, que ya empezaban a ser pocos. Ya apenas había nada en juego, pues se acumulaban las pérdidas.

El último verano se filtra en mi memoria dejando nombres de calles desconocidas, regresos a un río de inocencia, las agujetas de la envidia, proyectos hechos jirones y hechos añicos, la parálisis de la potencialidad, huidas a los tiempos del Éxtasis, el arte de perder el tiempo, una calavera entre un tulipán y una ampolleta, la angustia bajo la careta impasible y el alivio del sueño.

En la capital fue donde me carbonicé por completo. Una nueva huida se convirtió en un siniestro total; colisión frontal contra mis miedos de inactividad y necesidad. Podría resumir el viaje en la figura del mendigo tambaleante de barbas canas en la línea 6, tras ver que su reiterado relato de frío y calamidades no sacaba a la luz limosna alguna: «Gracias por su miserabilidad».

Vivimos en constante disonancia cognitiva, exigimos soluciones a problemas al mismo tiempo que repelemos o ignoramos las consecuencias de estos. La responsabilidad se difumina en un efecto espectador a gran escala. Yo voy a tomar las riendas. Tengo una misión didáctica para mí y para con la sociedad. No tengo credenciales, pero sí formación y un código deontológico.

Voy a redescubrir el mundo hasta hacerme daño.

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