El aullido de la flauta

Esta crítica fue parte de los deberes de Historia do Cine del curso 2010-2011. La materia era parte del programa del tercer curso de la Licenciatura en Xornalismo de la USC. De aquella la impartía Juan A. Hernández Les, quien nos enseñó, de una manera muy particular y visceral, a amar (un poco más) el cine. Una de las películas que analizamos fue Sanshô dayû (1954) de Mizoguchi Kenji.

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La brisa marina trae canciones perdidas por encima de las olas. El llanto de una madre pide justicia en tierra de tiranos, lugartenientes protegidos por la ley. Los señores feudales, corrompidos por el poder, ya sólo añoran su fortuna y la de sus inferiores, para ellos quien no tenga nada bien puede morir como esclavo. ¿Quién protegerá a sus hijos, arrebatados de sus manos por desalmados impunes? ¿Dónde están los hombres justos como su desaparecido marido? El planto ahogado llega a oídos de los oprimidos. La mecha de la revolución comienza a arder en el corazón de los que ya no tienen nada que perder.

Inspirados en el teatro tradicional, los escenarios de Mizoguchi, muy limitados, transforman el cuadro noh en una estampa paisajística de gran realismo. Los límites establecidos por la cámara son más que respetados por los actores, que se mueven con soltura dentro de un shite [sic] imaginario. Quizás debido a esta gran semejanza con las obras dramáticas el director de cine Terrence Malick adaptó El intendente Sansho para teatro, siendo la primera función en 1993 en la Academia de Música de Brooklyn.

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Los parajes naturales se dejan contemplar, dando mayor fuerza a las acciones de los personajes, que se perciben más que trascendentes, como el secuestro o el suicidio. La contemplación de los sucesos es siempre un deleite visual gracias al cuidado que se da a los detalles. Todo momento que da un giro a la trama gana fuerza gracias a una iluminación y una puesta en escena preciosistas, que aportan una belleza mórbida a la tragedia.

Cabe decir que el papel de la mujer es muy importante en la filmografía de Mizoguchi: a pesar de soportar dolores inconmensurables siempre salen adelante con una fortaleza envidiable. Las damas que retrata Mizoguchi son los primeros símbolos feministas del cine japonés.

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“Si una persona no siente la caridad, no es una persona”.
El intendente Sansho, tiránico jefe administrativo a las órdenes de un cruel shogun, es un ser inmisericordioso que se ha elevado a sí mismo a un estado de oscura divinidad, pues en su mano está el decidir sobre la vida de cientos de personas que él y sus hombres tratan como a alimañas. Zushio, recordando las palabras de su justo padre, sufre su primera desilusión al descubrir que la caridad, una faceta indispensable, no sirve de nada cuando eres un mero esclavo, cuando no eres nada. El honor, una máxima nipona, sólo está en manos de quien lo compra.

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“Todos los seres humanos son iguales y no se les puede privar de la libertad”.
Las diferencias de poder entre la plebe y la clase política se hacen patentes cuando Zushio descubre la autoridad que le otorga el puesto de gobernador de Tango. La libertad que él otorga a los esclavos es un privilegio en el Japón del siglo XII.

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“Incluso ante tu enemigo hay que sentir caridad”.
Tan pronto Zushio descubre que la mansión de Sansho ha sido devorada por las llamas, se da cuenta de que su enemigo ha sido castigado desmesuradamente.

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El descontrol de sus actos lo lleva a la isla de Sado, donde su madre, envejecida y hundida, se deja morir en una chavola de madera. Abrazados y bañados en lágrimas, se dan cuenta de que a pesar de todos los sacrificios han perdido más de lo que han ganado. Su recuperada libertad, la frágil abolición de la esclavitud y su reunión materno-filial no son nada al lado de todas las pérdidas, su padre, su hermana Anju, su honor y su tierra.

Como si un tsunami hubiese arrasado con la conciencia nipona, Zushio y Tamaki se abrazan, sabiendo que pueden ser las únicas personas caritativas en un mundo cegado por la ambición y las almas corruptas. Ya no hay canción que los guíe. Su futuro es incierto. Se abrazan porque sólo se tienen el uno al otro, y nada más.

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Sobre adaptar

Rescato un texto de mis primeros años de la Licenciatura de Xornalismo de la USC con una pequeña crítica acerca de la infravalorada Where the Wild Things Are (Spike Jonze, 2009). Este artículo es parte de los deberes de clase de Xéneros Xornalísticos del curso 2009-2010, si no me equivoco. Se publicó en Filmaffinity en agosto de ese mismo año.

vlcsnap-2018-11-10-23h26m32s215Estamos ante un extraño ejemplo de película recomendada para aquellos chavales que estén pasando por esa incómoda y difícil edad de transición en la que uno pierde la inocencia y descubre que todo es cambiante y efímero, al igual que nuestro protagonista, Max. Estamos, por fin, ante una obra para niños cruda, que no toma por tontos a los pequeños.

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La estabilidad trípode de la cámara desaparece cuando entramos en el violento mundo de fantasía de Max, exagerando la sensación de crudeza y pureza animal, apostando por giros violentos y travelings temblorosos. Los planos están manchados de un tono sepia y gris, colores de tierra y planta caduca. Estas propiedades de la imagen aportan un ambiente muy silvestre que nos introduce en un ambiente natural y salvaje.

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Es digno de comentar el trabajo de los efectos especiales, centrándose especialmente en el trabajo dedicado a la realización de los disfraces y marionetas. La artesanía y los CGI se combinan dando como resultado unas criaturas realistas y más que vivas. Es un punto a favor que el equipo creativo no se decantase por modelos generados completamente por ordenador, pues está muy difundida la falsa creencia de que las imágenes virtuales funcionan mejor que los animatrónicos más simples.

La música es emotiva. Penetra en el pecho e intenta hacernos gritar y saltar como posesos. Sin embargo las virtuosas melodías se ven lastradas por la voz que más que cantar chilla, animándonos a arrancarnos las orejas.

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Al turrón. Veamos cómo la historia complica infinitamente el cuento de Sendak.

Convierte a las criaturas delirantes en personajes complejos emocionalmente inestables. Quizás sea una forma extrema e hiperbólica de acercarnos a la psique del ser humano y de mostrarnos que nadie es plano. Max debe aprender de su experiencia en tierras hostiles que la convivencia y la amistad va más allá de juegos de pelota y del desenfreno infantil. Relacionarse con la gente implica un cuidado constante y cariño para evitar conflictos. Los niños deben encontrar, por las buenas o por las malas, este mensaje tan importante antes de cruzar la puerta hacia la madurez. De este modo, la historia de Jonze complementa y extiende hacia otros territorios el relato original.

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Esta genial y novedosa adaptación al cine es excelente, ya que altera el material base para transformarlo en un largometraje que nunca deja de respetar el espíritu del libro de Sendak. Otros creativos optarían por trasladar al pie de la letra las situaciones de la fábula, que daría como resultado una obra clónica carente de personalidad propia. Definitivamente, esta cinta demuestra que el cine infantil tiene los sesos suficientes para hacer reflexionar sobre la infancia, tanto a los nostálgicos como a las pequeñas bestias pardas.

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El cómic, testimonio hacia la democracia

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Umberto Eco lee fumetti allá por los años 50.

El libro Apocalittici e integrati es una selección de reflexiones y valoraciones muy caviladas sobre las herramientas, las prácticas y las consecuencias de la comunicación contemporánea. Igual que Pierre Bourdieu en Sur la télévision, Umberto Eco pretendía dignificar y democratizar los nuevos medios del siglo XX: la radio, la televisión y el cómic. Los tres se consideran medios de comunicación de masas, si entendemos ‘masa’ ‒ese horrible término peyorativo sociopático‒ como un conjunto homogéneo que compone la ciudadanía. Aquí ‘democracia’ es la palabra clave, ya que la finalidad de una comunicación ética debe ser la construcción de una sociedad justa y equitativa. La constitución de esta comunidad ideal, equilibrada y horizontal se podría alcanzar cumpliendo tres máximas: un uso didáctico y responsable de los mass media, la alfabetización de la población acerca de los códigos y las técnicas de cada medio, y la concienciación política, cultural y social en clave de igualdad entre individuos. .

Según Eco, existen dos concepciones diferentes de ‘masa’: por un lado, designa lo «vulgar, del vulgo» mientras que, por otro, llamamos así a lo «popular, del pueblo» A primera vista son definiciones muy semejantes; nada más lejos, porque más bien poseen connotaciones antagónicas. A cada una de estas concepciones se adscribe un tipo de crítico cultural o supervisor del buen gusto: los apocalípticos y los integrados, respectivamente. En primer lugar tenemos la vigilancia apocalíptica, más preocupada por la banalidad de lo popular y lo kitsch. Le sigue la mirada integradora, que acepta la industria cultural concebida como fruto del buen gusto por consenso colectivo. En el proceso de democratización de los productos mediáticos, tanto los unos como los otros fracasan a la hora de democratizar el acceso y el análisis de los medios. Los apocalípticos pecan de presumir pretenciosamente que son los paladines de una cultura superior; los integrados yerran al promover el consumo y la intranscedencia materiales. Ambas disciplinas constituyen actitudes paternalistas y elitistas que pasan por alto alternativas de sectores de la sociedad que no ostentan el poder mediático de las grandes empresas.

No solo los grandes medios emiten mensajes. La comunicación efectiva provoca feedback, la respuesta. El consumidor de información no tiene un papel pasivo y puede establecer un diálogo. Del mismo modo, la comunicación no es efectiva sin la comprensión del interlocutor que lee, ve y escucha, pues la decodificación es esencial en este proceso. Las mal llamadas ‘masas’ estudian e incorporan las técnicas y los códigos de los medios de comunicación en sus propias creaciones y emisiones. A este respecto Umberto Eco habla del nuevo medio del cómic, que coge prestados los convencionalismos y los estereotipos del imaginario popular establecido. El arte secuencial, antecesora de nuestros tebeos actuales, nació en algún momento indeterminado cuando las escenas de los templos cristianos adaptaban historias bíblicas complejas en pequeños cuadros que dividían el argumento en varias escenas. En los primeros siglos de nuestra era las secuencias gráficas cofiguraban un lenguaje visual comprensible para una maioría analfabeta. Los fumetti que leía Eco son la síntesis perfecta entre literatura y cine, en la que texto y composición visual trabajan de forma conjunta para complementarse mutuamente. Sin embargo, como producto dependiente de la familiaridad de los lectores con los medios precedentes, la ideología de las historietas solía ser tristemente conformista y no exploraba nuevas técnicas narrativas.

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Página de Le photographe, de Guibert, Lefèvre y Lemercier

Es interesante ver cómo a medida que la bande dessinée ganaba en popularidad esta visión pesimista de Eco ha ido perdiendo fuerza. Las historietas de la primera mitad del siglo pasado ‒pensemos en Steve Canyon y en Superman presentaban, en sus títulos más leídos, tramas derivadas de los estilos y los personajes de Hollywood. En realidad los comic books siempre han obedecido a los tipos y a las ideas de las grandes obras del pasado y están muy unidas a las realidades sociales de las que surgen. Aun mejor, el hecho de que este medio estuviese a medio camino entre los libros ilustrados y las películas hizo posible la proliferación de estudios y de manuales sobre su gramática y su sintaxis particular. En la segunda mitad del siglo XX algunas de estas reflexiones metaliterarias se plasmaron dentro de las propias viñetas, con personajes conscientes de su condición de icono dentro del relato. Estos estudios mediáticos acabaron por llegar a los aficionados, que interiorizaron las normas y las teorías que rigen el proceso creativo. Por ser un medio consumido y producido en todos los estratos sociales, cualquiera puede aportar su grano de arena al rico patrimonio de la bande dessinée. Los nuevos autores renuevan las viejas fórmulas y llevan sus historias hacia horizontes insondados mediante recursos y fórmulas quijotescas.

Desde hace más de 30 años, a medida que la edad media de los lectores de viñetas iba en aumento, los autores más familiarizados con la narrativa secuencial comenzaron a usarlo para explorar temas más transcendentales que hiciesen madurar la narrativa gráfica en pos de su validación cultural. Hoy en día los movimientos vanguardistas del cómic se suceden año tras año y la problemática entre la alta cultura y la industria cultural sigue vigente. Desde la aparición del movimiento underground de los años 60 han existido autores que rechazan las historias escapistas y la perpetuación de los convencionalismos. Gracias a esta doctrina ahora podemos encontrar reportajes y páginas informativas, puramente periodísticas, en un lenguaje en viñetas. Por citar a los más aclamados: Joe Sacco retrató de primeira mano anécdotas paradigmáticas de los principales conflictos armados de los años 90, Art Spiegelman dio forma a los horrores del Holocausto a través de los recuerdos de su padre, Jacques Tardi ilustró las atrocidades de la Gran Guerra desde las miserables trincheras francesas, y Marjane Satrapi rememoró la revolución iraní desde un punto de vista adolescente.

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Viñeta de Safe Area Goražde, de Joe Sacco.
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Portada del segundo tomo de Putain de guerre!, de Jacques Tardi y Jean-Perre Verney

La tira dibujada está muy ligada laos medios impresos, desde el Yellow Kid del New York World hasta la sátira moderna de Orgullo y Satisfacción. Cumple, además, una doble función de entretenimiento y de información. Es cierto que la confluencia entre periodismo y narrativa secuencial da lugar a productos vistosos y de gran calidad, sin embargo debemos preguntarnos si vale la pena el esfuerzo de cubrir, guionizar, dibujar, entintar y colorear una noticia en detrimento de la inmediatez y del nivel de veracidad que pueden ofrecer otras técnicas. Una respuesta simple sería crear cómics periodísticos de una estética simple con predominancia de texto o, si acaso, realizar colaboraciones entre reportero y artista. De hecho, el resto de medios presentan limitaciones inherentes a sus técnicas: plasmar un hecho en prensa escrita a través de la literatura es problemático si tenemos en cuenta que lo que describe el reportero no es lo mismo que entenderá el lector, incluso los medios audiovisuales fallan a la hora de representar acontedimientos. Eso sí, que el relato, escrito o gráfico, no sea completamente fiel a la realidad no quiere decir que se esté traicionando a la Verdad. El periodismo en viñetas no es ética y teóricamente inviable, ni exige una cantidad desmesurada de recursos para funcionar correctamente. Se puede crear un código deontológico y un libro de estilo de acuerdo con los criterios éticos y profesionales del redactor. Arte e información pueden ir de la mano.

Dignidad y democracia son los términos clave de Apocalípticos e integrados. Como crítico cultural, filósofo y autor, Umberto Eco se zambulle en debates y mesas redondas para sacar conclusiones socráticamente. Quizás de esta dialéctica procede el espíritu integrador de la obra: no hay élites de críticos que puedan reclamar una fruición o disfrute correcto de las cosas, todos los colectivos culturales son relevantes y los medios de comunicación deben formar una red de debate que sirva a la educación del pueblo. Solo queda pensar cómo acabaría este libro con un nuevo epílogo sobre internet, sin duda un tema que expandiría con innumerables matices las reflexiones del gran pensador italiano.

Bateeiros arousáns

Este artículo se publicó originalmente en la difunta página  Transgrediendo.com el 25 de diciembre de 2014. El texto es exactamente el mismo, incluso he respetado las palabras destacadas en negrita. Los únicos elementos que se han alterado han sido algunos enlaces, ahora actualizados, y la galería de imágenes, de la que se han descartado fotos de menor calidad y se han añadido otras inéditas.

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La rutina de la recogida de marisco en una ría gallega

Eran las dos de la madrugada en el pantalán del puerto de Xufre, en la punta septentrional de la Illa de Arousa. Hacía unas semanas que había acordado una cita con la tripulación de mi nao senlleira. Son seis hombres que cada día de trabajo, como manda la rutina, salen a faenar a las dos de la madrugada para recoger el mejillón de las bateas. Desatracamos en una lancha al encuentro del Cobecho Tres, una de las embarcaciones bateeiras más grandes de la ría arousana. La nave cuenta con 22 metros de eslora y otros 7 de manga, además posee dos grúas: la mayor en  popa y la más pequeña en el tejado del puente. Por fin zarpamos, con la tripulación preparándose en cubierta y el capitán al mando del timón. Nos confiamos en secreto a la enorme imagen de la Virgen del Carmen que cuelga de una pared del puente de mando y rezamos, sobre todo, al radar de superficie, ciegos como éramos en las densas tinieblas de la noche.

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Caladas apuradas de tabaco precedían a la labor que realizarían a poco más de 4 grados. Tuvimos la fortuna de que el tiempo acompañaba, porque es mucho más desagradable faenar con viento o con las punzadas de la condenada lluvia gallega. Arribamos a la primera batea y el Cobecho se arrimó cuidadosamente a ella por el lado de babor. La grúa bajó el  enorme cazo de acero y lo hundió en el agua para que dos tripulantes procediesen a introducir los sacos desde la plataforma flotante. Mientras, en cubierta, se iban colocando un total de 19 palés para amontonar sobre ellos las bolsas de marisco, que contenían entre 35 y 40 mejillones maduros. Hace unos meses habían separado los moluscos de las cuerdas trenzadas en el proceso de clasificación y separación, llamado desdoble, que aligera los cabos y previene una posible caída de la cosecha al fondo del océano. Aquí los mejillones crecen muy rápido, llegando a alcanzar su talla comercial en unos 8, 9 meses o, como mucho, en un año. Hay que pensar que las cuerdas pasan de pesar una media de 14 kilos cuando contienen las larvas y acaban quintuplicando su masa el tiempo de desdoblar. Pero volvamos al Cobecho: Tan pronto se abría la base del cesto metálico los marineros de a bordo ponían las bolsas sobre las tablas de madera. Con el chorro a presión de una manguera limpiaban las conchas del fango que había traído la corriente del río Ulla. Una y otra vez repetían la faena apenas sin pausa, parando unos segundos para beber o encender un cigarrillo que no se mojaba jamás. Dos horas después, sobre las cuatro y media, un muro de mejillón macizo de 2 metros de alto por 8 de grosor ocupaba la cubierta de lado a lado. A ojo, habían sumado 19 toneladas al peso del Cobecho Tres. Con suerte la mitad de lo recogido sería la carne comestible del interior. Dimos media vuelta de regreso al puerto.

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La descarga pareció suceder en medio suspiro. La misma grúa que operaron junto a la batea se empleaba  para dejar en tierra los palés. En el muelle esperaban los camiones para su transporte. Estos sacos iban directos al mercado, con el mejillón fresco de la ría. No pasó mucho tiempo hasta que volvimos a soltar amarras y apuntamos la proa hacia la segunda y última batea de la jornada, como a una hora de travesía. Con todos los focos apagados, los marineros recuperaban energías con repostería industrial y bebidas ricas en azúcar. En el puente, el capitán Javi me enseñaba la geografía de la ría (O Grove al sur, Ribeira al oeste y la silueta del Illote Areoso muy cerca de nosotros) y los faros y luces que aparecían de repente, y, por supuesto, hablábamos de trabajo. Me explicó cómo consiguen las larvas de mejillón de las rocas azotadas por el mar abierto: armados con una rasqueta para arrancar las crías de la piedra, un traje de neopreno para abrigar y un cesto para cargar hasta 30 quilos. Es un oficio arriesgado, en las mismas condiciones que los perceberos, sino peores, y cada vez es un negocio menos rentable. Desde el inicio de la crisis el consumo de marisco ha ido decreciendo hasta llegar a un mínimo donde la mayor parte solo se consume en fechas de Navidad. Rememoraba Javi aquellos tiempos nada lejanos cuando los puertos y los astilleros eran un borrón de bullicio y no quedaba barco amarrado en el muelle.

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Iniciaron la segunda parte: desde la batea rellenaban el cazo con las cuerdas repletas, y luego la grúa se ocupaba de colgar el recipiente a unos 3 metros sobre la cubierta. La boca del cazo se abría, dejando caer las cuerdas mientras un extremo de la misma permanecía atado a las poleas de la máquina. Acto seguido las mandíbulas mecánicas se volvían a cerrar atrapando la parte superior de la trenza entre dos cepillos, y los engranajes se ponían a girar, recogiendo la trenza sin dejar pasar los moluscos. Llovían mejillones, maná protegido por tapas frías y cortantes, así que lo mejor era quedarse a cubierto y dejar trabajar de cerca a los profesionales. En el barco, la tripulación golpeaba las cuerdas violentamente contra el suelo, liberando el resto de la cosecha con ademanes de latigazos.  Sobre las tablas de cubierta podías encontrar cangrejos diminutos, con una pinza desproporcionada, que intentaban huir del frenesí. La criaturillas que no interesaban se barrían inmediatamente y se arrojaban por la borda. En un momento ya se acumulaba una pila de conchas de azabache que llegaba por encima de las rodillas. Cuando me retiré para tomar notas y calentar los pies ya teníamos un montón de más de dos metros. Contaron 20.000 kilos cuando ya se veía la luz del alba. Satisfechos y con el deber cumplido, volvimos definitivamente rumbo al pantalán.  En la próxima parte de la historia esta mercancía a granel se prepara para enviarla a naves industriales y a restaurantes. En el muelle se pesa la carga, se distribuye desechando el llamado ‘escombro’ (ejemplares que no dan la talla, conchas rotas, cagrejillos y anémonas principalmente) y entonces  se cuecen los mejillones en ollas por grupos de 4 kg en turnos de 5 minutos. Solo falta pesar la carne (una cantidad óptima si supera el 20% del peso total) y finalmente dividen la cosecha en lotes destinados a las conservas o a cámaras frigoríficas.

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Pero aún era muy temprano para para pesar, cocer y separar. ¡Era lo que faltaba después del frío y el dolor de espalda! Cuando unos madrugan para ir a currar, los bateeiros se retiran a tomar un café en el bar, que ya tocaba. Con una taza calentando las manos y sin atender demasiado al noticiario matinal, pienso en la cantidad de platos y tapas de mejillones que servirán en casas, restaurantes y comedores solo en Galicia. Detrás de las etiquetas y los códigos de barras se esconden marineros, conserveros, cocineros, transportistas, otros tantos intermediarios y tenderos que paso a paso nos acercan el alimento a la boca. Me quedo embobado mirando hacia la tele sin verla, contando todos los eslabones que hacen posible nuestro modo de vida. Todos tenemos una deuda muy grande con alguien que no conocemos. Salgo del trance y me despido poco antes de las nueve, que el cuerpo pide cama. La tripulación del Cobecho Tres seguirá currando en el muelle hasta más tarde del mediodía, ficharán y cada cual volverá a su casa a descansar. Mañana volverán a faenar. Otras 40 toneladas saldrán del mar.

 

 

 

 

Golpe de Historia

Allá por principios de 2010 mis colegas de promoción y yo creamos la primera versión de Transgrediendo.com. El 10 de mayo de ese año yo publicaba una pequeña lección de historia, realmente un homenaje a un gran amigo. Creía que ese texto se había perdido para siempre hasta hace poco, momento en que me llevé una grata sorpresa al releerlo. No puedo asegurar al 100 % que este suceso haya ocurrido tal y como me lo contaron, pero tengo buenas razones para confiar en mi fuente. Podemos considerar este relato otro hito nebuloso ocurrido en esos lugares hiperbólicos, tangentes a los reales, como fueron Macondo o Ultocoche. He respetado el texto original a excepción de algún que otro error ortográfico y he añadido imágenes ajenas que he atribuido a sus fuentes y autores.
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Vista de El Hoyo. Carlos Mir

Se puede decir que la Historia del mundo toma la apariencia de un copo de nieve de Koch, compuesto por pequeñas puntas formadas por otras tantas puntas diminutas, que a su vez están compuestas por más puntitas microscópicas y un etcétera sucesivo. Así, a medida que nos acercamos a esta figura hipotética, vamos descubriendo más y más detalles fraccionarios, lo que hace el número de puntas infinito. La silueta de esta curiosa e imposible figura, al igual que la idea superficial de la Historia, estaría recortada por infinitas puntas reducidas a la infinitésima fracción de la punta base. Con este símil podemos hacernos a la idea que todo hecho histórico o suceso relevante está formado por una serie de pequeñas piezas que le dan forma además de una raison d’être. Pequeños hechos cotidianos y casualidades van configurando una futura actitud o idea que puede repercutir notablemente en la configuración de -digamos- un país o pueblo, llegando a mover a numerosas personas decididas a desbancar lo establecido: los granos de arena se acumulan hasta formar una montaña, como sucedió en los sucesivos levantamientos y revoluciones populares que marcan los hitos de la historia humana. Pequeños cambios en las puntas más pequeñas del copo de nieve pueden alterar a las más grandes hasta cambiar por completo la forma de todo el copo.

Linda inundación en la Nacional 40

El Hoyo se trata de una pequeña localidad del noroeste del departamento Cushamen, en la provincia argentina de Chubut (la que abarca el centro de la Patagonia), y se haya a unos 20 kilómetros al este de la frontera con Chile. Su casco urbano se asienta en el valle del río Epuyén, a unos 226 metros sobre el nivel del mar, y sus alrededores están rodeados por ciclópeas montañas pertenecientes a la cordillera de los Andes, unas de las cuales, el Cerro Piltriquitrón, al norte, alcanza los 2.226 metros. La zona está pintada del verde la flora patagónica, el blanco de la nieve de los Andes y el azul de profundos lagos, todo salpicado por trazos negros de las carreteras. Fue en una de estas gastadas vías de asfalto, hará unos quince años, donde un mal volantazo provocó una inundación de dicha y gozo en las calles y campos de este pueblecito durante siete días de verano.

Recuerda Martín –testigo directo y memorioso de los hechos- aquella buena noche de madrugada, allá por 1995, en la que pueblo tembló al son de un trueno antinatural. Agentes de la policía local y curiosos se acercaron inmediatamente al foco del estruendo, cerca del quilómetro 1900 de la Ruta Nacional 40, al norte del centro urbano. Tremenda fue su sorpresa cuando se toparon el la carretera tapizada con cientos de cajas repletas de miles de litros de malta, cerveza peruana y vino chileno de buena marca, unas en lata y otras en botella. «Parecía un Edén de borrachos», señala Martín. Esta cascada de vidrio, aluminio y alcohol había salido de dos remolques enormes, tirados por un camión que se encontraba volcado no muy lejos de la carga. Al parecer, el vehículo transportaba mercancía del norte al sur de Chile, teniendo que rodear parte la cordillera de los Andes por el lado argentino debido a que las rutas chilenas no estaban habilitadas para la circulación de cargas pesadas. Justo antes de llegar al pueblo, el conductor tomó dos de las tres curvas que marcan la entrada del pueblo; la tercera no la vio venir y, intentando frenar todo el peso que llevaba, acabó despeñándose por un desnivel no muy pronunciado. Los agentes tomaron el control de la situación vigilando la carga y asegurándose de que el camionero había salido ileso, a pesar del nefasto estado de la cabina del automóvil. Hasta ahí la noticia oficial, quizás reseñada en algún periódico local.

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Viñedos de El Hoyo. Fuente: http://revistasublime.com.ar/vinos-que-pintan-paisajes/

El relato de Martín continúa, porque, de algún modo, pocas horas después del accidente los policías se enteraron de que toda la carga estaba asegurada contra cualquier tipo de accidente –seguramente el camionero los puso al tanto de la situación- y que la pérdida de miles de litros de alcohol no iba a suponer ningún problema económico ni para los transportistas ni para las bodegas y destilerías. Recordemos que El Hoyo es un pueblo pequeño y alejado de las emociones de la ciudad, podemos decir que allí el aburrimiento y el calor se suele combatir estimulando el ánimo con unos buenos tragos fríos de licor. Con esta idea en mente las autoridades del pueblo decidieron, pues tenían delante de ellos una montaña de cargamento oficialmente “perdido”, dar un informe “correcto” que dijese que un camión de doble remolque se había salido de la carretera sin causar víctimas ni heridos y que, en efecto, se habían despilfarrado cientos de litros de alcohol; nada más y nada menos. Hecho esta especie de “pacto de silencio”, los policías procedieron a beneficiarse de la mercancía dispersa. Rápidamente fueron llenando los coches patrulla y particulares con cajas de cerveza Cristal y tinto Gato Negro. Ante tal falta de etiqueta, los casi cinco mil pueblerinos no fueron menos y, empujando carretillas y empleando cualquier medio de transporte a mano, invadieron el campo para hacerse con el delicioso néctar. Se organizó un pillaje masivo en poco tiempo y en medio del caos más de uno se vio ahogado por la embriagadora sensación de nadar en la abundancia: «Estaban los típicos que se sentían en el paraíso. Uno agarraba la botella de abre fácil, la destapaba, se tomaba un trago, tiraba la botella y cogía otra». El pillaje fue seguido de días de fiesta y asados como nunca antes se había vivido en El Hoyo. Fueron días dichosos, de salir a hacer una visita y toparse de repente y sin razón aparente en medio de una verbena con una copa de vinito o una lata de cerveza en la mano. Hizo falta una semana para que se acabase la bebida y todos se tumbaran al fin a recuperarse de una larga resaca.

Recordará Martín, junto con los vecinos de El Hoyo y de sus alrededores, aquellas buenas noches de madrugada, allá por 1995, en la que el pueblo tembló ebrio al son de la música.

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Ruta Nacional 40 y Cerro Pirque. Carlos Mir

Ejemplo de (r)evolución histórica

Un hecho casual y pequeño, equiparable a las puntas infinitesimales del copo de nieve de Koch, cambió por completo la cara de un pueblo apacible para transformarlo, por un período de tiempo, en algo completamente distinto: un paraíso veraniego donde cualquier cosa era motivo de celebración.

Es cierto que el ser humano es oportunista y, si puede, es capaz de aprovechar cualquier incidencia de su entorno para transformarse y evolucionar. La Historia está repleta de “cambios de rumbo” sucesivos que hacen progresar a la humanidad, pues el hombre es incapaz de permanecer mucho tiempo estancado en una situación que a largo plazo acaba siendo contraproducente, inviable u obsoleta (como la tranquilidad que reinaba en El Hoyo). Los pueblos del mundo –y todo lo que existe- están en constante cambio y movimiento, respondiendo al comportamiento natural del universo.

Por mucho que nos duela, la interacción entre infinitos factores políticos, sociales, económicos o naturales, siempre acabará por alterar el orden establecido. En estos instantes nos estamos dando cuenta de que nuestro país, entre otros, se está viendo afectado por una serie de cambios bruscos que, dejando de lado que sean buenos o malos para este o aquel, simplemente suceden, porque nada es para siempre, todo es efímero por naturaleza.

Hustlin’

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Cuando estás en apuros te agarras a lo que sea, cualquier cosa que pueda sacarte del atolladero. Lo aprietas y lo abrazas con todo el amor que le tienes a la vida, ya sea un asidero recubierto de suave seda o un clavo ardiendo.

Atlanta, además de la capital del estado norteamericano de Georgia, es una serie que retrata y rinde extraño tributo al ambiente del trap y el hip hop en la ciudad homónima. Creada por el polifacético Donald Glover (aka Childish Gambino), la trama se centra alrededor de la figura del rapero Paper Boi, alias de Alfred Miles (Brian Tyree Henry), un auténtico trapper de las zonas empobrecidas que ha saltado al estrellato local y tiene todas las papeletas para hacerse famoso a nivel nacional. A su lado siempre están su amigo y adlátere Darius (Lakeith Stanfield), el paradigma de la excentricidad, y su primo Earn Marks (Donald Glover), que se ha lanzado a convertirse en manager de Paper Boi. Darius es un personaje importante y genial, sin duda alguna, pero tiene un papel secundario al lado de Earn, el punto de referencia de la historia.

Earn Miles dejó la universidad antes de graduarse por razones que nunca quedan muy claras. Quizás optase por conseguir sustento para su propia familia: tuvo una hija con Vanessa (Zazie Beetz), con la que mantiene una relación amorosa intermitente. Las responsabilidades paternas y la posibilidad de acabar viviendo en la calle atormentaban a Earn, atrapado en un trabajo de comercial sin futuro. Ahora que ha descubierto que su primo se está abriendo camino hacia las listas de los músicos más populares de Estados Unidos, ha jugado todo lo que tiene a la carta más alta. Pero ¿realmente tiene lo que hace falta para poder representar a Paper Boi? El hip hop, si en sus tiempos era de una competencia brutal, en la era de la información es un mundo surrealista.

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Tengo poco tiempo, así que iré al grano: Atlanta es una comedia, y tampoco lo es. No me explico. Estamos ante un espectáculo hipnótico, primero suscita nuestro interés con la promesa de la risa y después nos descubre un universo extraño donde la alegoría y la metáfora se vuelven tangibles.  El espectáculo surrealista es una interpretación visual del pensamiento, medio a través del que filtramos los estímulos del mundo. A pesar de esta inquietante visión de la realidad, los aspectos más hiperbólicos y estilísticos de Atlanta parecen apuntar al absurdo de nuestro propio mundo. Nuestra percepción gira en torno al aspecto de las cosas, de la gente. El mundo de la farándula es pura apariencia, una imagen que gana valor en base a la atención que le presta su público. Los intereses de la masa acaban por configurar las corrientes cambiantes del mercado y los algoritmos que dirigen nuestra mirada en cada una de nuestras diminutas pantallas.

A primera vista Atlanta un anecdotario inconexo, pero realmente es una revelación, o más bien una reiteración sincera, sin cinismo ni ironía, acerca del motor que mueve las vidas de los desfavorecidos. En las zonas más deprimidas de Atlanta nos encontramos caras morenas, sin esperanza en una urbe que aún los recluye en un ghetto. ¿Qué queda por hacer en una situación miserable sin vistas a resolverse o siquiera a ser reconocida por la sociedad? Lo mejor, para muchos, es recurrir a la filosofía del hustle, del timo, del chanchullo. La economía sumergida es la fuente de ingresos de muchos negros de clase baja: narcotráfico, prostitución, latrocinio, extorsión, tráfico de armas, fraude, apuestas… Vale la pena acabar en la cárcel o en el cementerio con tal de no morir en la miseria. Sin embargo el arte del engaño no se limita a los negocios ilegales.

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Existe la teoría que dice que los negros no han dejado de ser artículos de consumo a ojos de los blancos que detentan el poder. Desde que se democratizó el ocio muchos artistas afroamericanos han sacado tajada de su talento y del de otros para poder llevarse mendrugos a la boca y, con suerte, ganar fama y fortuna. Lo único que han tenido que hacer es sonreír al respetable y trabajar duro para que los culturetas y los estirados pagasen por tragarse su cultura, hasta entonces invisible. Con la llegada de internet la visibilidad se ha convertido en un recurso precioso, ya que es el criterio que decide el valor de la gente dentro del llamado mercado de ideas. Hoy en día cualquiera, incluso el marginal, puede recibir y, más importante, producir contenido en las redes sociales. Por lo general estos productos, sean del tipo que sean, buscan entretener y crear un compromiso de seguimiento con su audiencia. De esta manera entran en juego los sponsors, situados en las altas esferas de la economía, para invertir en estos productores de ideas y asociar su marca a mensajes que llegan a posibles clientes que engorden sus arcas. Ahora pregúntate si habrías conocido a tus atletas y artistas de color preferidos si una empresa anunciante no los hubiese puesto delante de una cámara.

Ahora es cuando volvemos a la serie Atlanta. ¿Qué es entonces un trapper y, por extensión, todo creador que quiere publicitar y vender sus productos en el espacio de la comunicación mediática? Es un hustler, un timador, un farsante, un engañabobos, un delincuente. Al principio la palabra ‘trap‘ se empleaba para referirse al tráfico de estupefacientes, la temática que dio nombre al género en esa misma localidad georgiana. La fascinación por el opulento y emocionante estilo de vida del gangster es la que lleva a mucha gente a prestar sus oídos a las letras de los nuevos rapsodas. El negocio no está en ser un criminal, sino en aparentarlo; fake it till you make it. El postureo y la polémica son las dos herramientas más útiles en el escaparate de la Red. Actualmente quien no es visto no existe, como dictan los principios del marketing. En Atlanta y en todas partes, si uno quiere salir de su particular gueto, tiene que ponerse la máscara del éxito y estar en boca de todos.

En todas las series de televisión se nos muestra el poder de los medios de comunicación. Unas tendrán un argumento en torno a los tejemanejes empresariales y políticos de las corporaciones de los mass media, mientras que otros, más frívolos, se delatarán como piezas de la maquinaria empresarial de la comunicación. En todo caso, el medio es el mensaje, como dijo Marshall McLuhan, por tanto no son las emisiones, sino las estructuras, los agentes y las técnicas empleadas en el proceso comunicativo las que definen los conceptos que se transmiten a la audiencia. Aprendamos del continente, no del contenido, y así comprenderemos los entresijos de la maquinaria que mueve el capital. En nuestro sistema social y económico (con sus injusticias y sus desigualdades) la riqueza, el reconocimiento y la independencia se hacen realidad gracias a una fórmula que hasta ahora nos había sido vedada. Para subir a este podio hemos de jugar sucio y deshacernos del lastre de los escrúpulos, porque para hacer dinero hay que ensuciarse las manos.

El trap, la fama, es un clavo ardiendo recubierto de seda.

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Ilustración de Jakub Rebelka

Mientras que los postulados de Albert Einstein nos señalaban cuatro dimensiones que rigen el continuo del universo, el siguiente simulacrum presenta un solo principio básico: la actividad del sistema motor y el paso del tiempo van de la mano. En el videojuego polaco Superhot (Superhot Team, 2016) el reloj avanza solo cuando el observador se mueve. Se diría que la maquinaria metafísica que mueve este tiempo se alimenta de la energía cinética que genera un demiurgo, o acaso se trata de la antítesis del síndrome de Max Payne. En este extraño mundo la misión del jugador es derrotar miríadas de enemigos sin recibir daño alguno, usando todos los recursos disponibles a través de una perspectiva en primera persona. Los contrincantes van armados con tres tipos de armas de fuego (pistola y rifle automáticos, más escopeta de dos cañones) y una variedad de objetos contundentes y cortantes más propios de la yakuza. No son todo disgustos, el propio avatar puede hacerse con estos instrumentos, repartidos por el escenario, además de herramientas y adornos, en principio inofensivos, y emplearlos contra las hordas de matones. La clave, por supuesto, es calcular con cuidado cada paso y cada gesto dentro del escasísimo margen de maniobra que ofrecen las balas. Toda acción tiene un precio cronológico que se resta a tu rango de posibilidades, así que será mejor que inviertas sabiamente.

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La heterodoxia de esta premisa afecta al apartado gráfico, de estética minimalista desde su humilde concepción. El director artístico Marcin Surma optó por modelos de escasez poligonal o low poly; texturas cristalinas, planas y monocromáticas; una iluminación uniforme y partículas geométricas. Los elementos interactivos presentan diferentes colores según su función: los elementos arquitectónicos del nivel son blancos, los rivales, de un amenazante rojo, y los objetos, negros en contraste con el decorado. Esta gama tan limitada ayuda al jugador a asimilar rápidamente el entorno y a identificar fácilmente los diferentes factores, favoreciendo así la jugabilidad por encima del espectáculo visual. Por si fuese poco, las figuras y los instrumentos estallan en cientos de fragmentos vidriosos, una visión bella y satisfactoria que aporta mayor fisicidad a los impactos. Los menús imitan los viejos interfaces de texto (como los sistemas MS-DOS y Amiga) proyectados en un monitor de tubo de rayos catódicos y dan forma al metajuego y ‘mundo real’ de la ficción narrativa.

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La trama, poco importante pero uno de los motores de la campaña principal, cuenta un relato retrofuturista con muchos puntos en común con metrajes cyberpunk de los 90 como Kôkaku Kidôtai (Oshii Mamoru, 1995) y The Matrix (Lana y Lily Wachowski, 1999), o la serie Serial Experiments Lain (Nakamura Ryūtarō, 1998). Vivimos la historia a través de los ojos o, mejor dicho, de la pantalla del ordenador de un aspirante a hacker que ha conseguido hacerse con una copia de un misterioso programa. La aplicación es la propia simulación dentro de la simulación: Superhot, aquí un prodigio de la realidad virtual tan intenso y adictivo que se ha convertido en la comidilla de los bajos fondos de internet. Sin embargo también circulan rumores que relacionan este videojuego de última generación con extraños incidentes violentos.

El guión construye un puente entre realidad y la ficción con constantes rupturas de la cuarta pared, dirigidas indirectamente hacia el jugador a través del personaje protagonista que a su vez tiene un yo virtual. De algún modo este recurso, algo tosco en mi opinión, busca reforzar la inmersión en un proceso de superposición de identidades o, quizás, de apilamiento de capas de percepción que intentan sepultar y anular los estímulos externos que evidencien la falsedad física de esta experiencia videolúdica. Además esta doble introducción al mundo digital y las constantes apelaciones directas parecen señalar, de forma poco sutil, la influencia de los programadores sobre el participante, al que guían y limitan en todo momento; paradójicamente esto solo resalta la naturaleza artificiosa de Superhot. De todos modos, la intención principal de los desarrolladores parece ser la de crear el entorno emocional y cognitivo ideal para que los consumidores imiten ciertos hábitos sociales a los que les condicionan mediante mensajes con propiedades de memes. En el propio juego se pide insistentemente a los adeptos llenar las redes sociales con una frase cargada de falsa ironía: «Superhot es el shooter más innovador al que he jugado en años». Todo busca intensificar una operación de marketing viral y crear vínculos de complicidad y de compromiso (o engagement en la jerga comercial) que conlleven a la difusión y al refuerzo de la imagen de la marca. No hacía falta hacerme sentir doblemente manipulado en un flagrante caso de interacción parasocial para recomendar Superhot, la verdad.

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Los méritos de Superhot Team se remontan a 2013, cuando participaron en el 7 Day FPS Challenge, una plataforma online para destacar los mejores first-person shooters creados en siete días. Piotr Iwanicki, director del proyecto, dijo haberse inspirado en el minijuego en Flash Time4Cat (Megadev, 2012) y el videoclip Bad Motherfucker (Ilya Naishuller, 2013). Poco después del desafío semanal, lanzaron un prototipo para navegador un poco más pulido que llamó la atención de la prensa especializada. En poco tiempo se hicieron un hueco en la tienda de Steam e iniciaron una colecta en Kickstarter que, después del enorme interés que había suscitado la demo, superó la meta de 100.000 dólares en menos de 24 horas. Al cabo de 30 días, el 14 de junio de 2014, el crowdfunding cerró con una recaudación de 250.798 $. La versión final, a la venta para PC desde febrero de 2016, fue todo un éxito de crítica y un hito en la historia del ambiente indie.

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El encanto de Superhot se encuentra más allá de la campaña, en los niveles de desafíos. En esta sucesión de episodios regidos por normas y objetivos especiales es donde la jugabilidad irradia la esencia transgresora del juego. Existe un ritmo marcado por la aparición de enemigos en el escenario y por la cadencia de cada arma; el jugador debe sincronizarse y fluir con el compás para aniquilar el mayor número de tipos rojos. La concentración y la comprensión de las leyes son la clave del triunfo: lo primordial es que en realidad el tiempo nunca se detiene, se mueve a una fracción de su transcurrir normal incluso cuando el avatar está completamente quieto. Esto quiere decir que existe una tensión que nos apura a movernos juiciosamente y no quedarnos con el culo sentado esperando que una solución caiga del cielo. Visto así, se diría que estamos ante un híbrido que fomenta comportamientos más propios de los juegos de estrategia por turnos (véase XCOM o Civilization). Las masacres acaban convirtiéndose en coreografías improvisadas al tempo que establezca el usuario según su habilidad y su osadía.

Opciones como el Endless Mode son un buen ejercicio de entrenamiento para dominar las técnicas avanzadas: aturdir momentaneamente a los adversarios, esquivar proyectiles sin emplear cobertura, desarmar a balazos, romper balas enemigas con las tuyas, utilizar objetos a modo de escudos, predecir la trayectoria del oponente y adelantarte a él, priorizar blancos según su peligrosidad, provocar que los malosos se disparen entre ellos, cortar plomazos con una katana y una habilidad especial de intercambio de posición que te puede sacar de más de un apuro. Desde el instante en que esquivas la primera media docena de balas consecutivas entras en un trance que te permitirá entrar en lo más alto de los rankings con cifras mortales de tres dígitos. Es completamente adictivo y el contenido parece no tener fin, pero lo mejor es que aún queda mucho por aprender fuera de esta primera entrega.

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El año pasado salió Superhot VR para varias plataformas con soporte para dispositivos de realidad virtual.  La ficción se hace realidad y ahora puedes disfrutar de Superhot de la manera más inmersiva disponible hasta que llegue la tecnología de digitalizaión de cerebros. Eso sí, si prefieres no gastarte cientos de euros en montar un sistema de realidad virtual, siempre te quedará la expansión Superhot: Mind Control Delete, un añadido, aún en construcción pero jugable, con nuevas situaciones y mayor cantidad de variables. Podremos ver si la versión definitiva de Mind Control Delete supera a su predecesora a finales de este año.

Superhot está disponible para las consolas PlayStation 4 y Xbox One, y para PC, Mac y Linux a través de Steam, Humble Store y GOG.

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